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sábado, 27 de mayo de 2017

NECROWORLD Capitulo 157

Día 23 de Diciembre de 2010
Día 908 del Apocalipsis
Thomaston 07:00 de la mañana.

Me encontraba dentro de la ducha dejando que el agua cayera sobre mi piel. Hacía tiempo que no me daba una ducha tan relajante. Cuando terminé, salí de la ducha y me quedé mirándome al espejo, donde me vi reflejado, tenía el pelo bastante largo y una espesa barba, así que decidí deshacerme de todo ello. Busqué en el armario y saqué unas tijeras, espuma de afeitar, una maquinilla de afeitar y una maquina para cortarme el pelo. Con sumo cuidado comencé a recortarme la barba, cuando ya la había recortado lo bastante, comencé a afeitarme. Incluso me corté un par de veces. También hacía tiempo  que no me afeitaba. Cuando estuve afeitado comencé a cortarme el pelo, dejándomelo totalmente rapado.
Regresé a la habitación y me puse ropa nueva que había en el armario. Una vez arreglado, bajé al salón y allí me encontré a Keity sentada en la cocina leyendo un libro, al verme abrió mucho los ojos.
—La hostia. Realmente había una cara detrás de tanto pelo. Pareces otro.
—Muy graciosa. ¿Dónde están los demás?— pregunté caminando hasta la  cocina.
—Luci y David salieron temprano a dar una vuelta. Vicky se fue con la hija de Amparo a ver el colegio… Por cierto. He preparado algo de café— respondió Keity.
Una vez en la cocina, me  preparé una taza de café y miré por la ventana. Vi a gente haciendo una vida normal. Había gente sacando la basura, paseando perros, niños cargados con mochila yendo al colegio con la sirena de este de fondo. Entonces vi a una mujer rubia y gruesa cargada con una cesta que irrumpía en el jardín y terminaba llamando a la puerta.
Cuando abrí la puerta me encontré cara a cara con esa mujer, llevaba una especie de cinta del pelo de color rojo que le cubría parte de la frente.
—Hola. Buenos días. Soy Gladis. Bienvenidos a Thomaston. Os traigo un regalo de bienvenida. Son frutas sacadas de mi huerto.
—Gracias. Yo soy…— dije, pero enseguida Gladis me interrumpió.
—Juanma. Ya lo se, todos lo saben. No hablan de otra cosa. Acabáis de llegar y ya sois algo así como famosos. Aunque supongo que es normal. Por lo que se cuenta. Habéis vivido mucho tiempo ahí fuera. Os ven como super hombres, ya que dudo que alguien de aquí durara mucho tiempo ahí fuera. Bueno, solo quería presentarme. Os sugiero que más tarde paséis por la plaza, hay algo así como un mercadillo. Hasta luego.
Gladis se marchó y yo dejé la cesta de fruta sobre la mesa. Keity aprovechó para coger una manzana y darle un mordisco. –Creo que has ligado.
—No digas tonterías. Voy a dar una vuelta. ¿Vienes?— pregunté.
—No. De momento no. Quiero darme una ducha también. Luego si que saldré a dar una vuelta— respondió Keity.
—Muy bien.
Salí de la casa y caminé por el jardín hasta que llegué a la carretera. Desde allí comencé a caminar mirando a mí alrededor. Pasé junto a una casa donde un hombre estaba regando, al verme me saludó. Yo le devolví el saludo.
Seguí caminando y entonces vi dos siluetas conocidas. Se trataba de Luci y David. Estos se acercaron a mí.
—Llevamos un rato dando vueltas y todo por aquí es normal. No hay nada raro— dijo David mirando alrededor. Yo me fijé que también ellos se habían arreglado para estar más presentables.
—Yo también veo que no hay nada raro. De hecho, creo que es bastante normal todo. Puede que incluso demasiado. Es como si de repente hubiésemos empezado a vivir en felizonia. Llámame rara, pero no acabo de fiarme.
—Lo raro es que te hayas despegado de tu katana. Eso si que es raro— bromeó David.
—No quiero parecer una chiflada caminando por ahí con una katana. Ya me entendéis— dijo Luci.
—Veamos. Este lugar no parece peligroso, de hecho dudo que lo sea, aun así no  quiero que bajéis la guardia en ningún momento. ¿De acuerdo? Los ojos bien abiertos— les dije a ambos.
Justo en ese momento apareció Amparo subida en una bicicleta. Esta llevaba puesta ropa de deporte y se acercó a nosotros nada más vernos.
—Buenos días. Veo que estáis explorando. Lo veo lógico— dijo Amparo con una agradable sonrisa.
—Si. Nos estamos familiarizando con el pueblo. Es bastante más grande de lo que pensábamos— respondió David –Me asombra lo que habéis conseguido. Aunque no deja de ser extraño. Todo es muy tranquilo.
—Eso es gracias a nuestros vigías— dijo Amparo mirando a los vigías de las torretas que había junto a los muros mientras se cubría los ojos del sol.
—¿Alguna vez habéis tenido algún intento de invasión? Tanto de vivos como de muertos— preguntó Luci.
—Si. Ambos casos, pero nosotros mismos nos ocupamos. Lo único que hicimos fue hacer muros más altos y reforzados. Incluso hemos triplicado el numero de  guardas y les hemos dado mejores armas— nos explicó Amparo. –Simplemente nos hemos tenido que adaptar para sobrevivir— Amparo hizo una pausa y se miró el reloj. Luego nos miró. –Ahora si me disculpáis debo ir a casa de los señores Hantomp. Debo llevarles unos medicamentos. Nos vemos después en mi casa a la hora de comer. Os espero allí.
Los tres asentimos y nos despedimos de Amparo para seguir explorando el lugar. Seguimos caminando y llegamos a un edificio grande y en muy buen estado. Se trataba del hospital. En ese momento vimos a alguien llegar con una mujer sentada en una silla de ruedas. A los que enseguida atendieron dos hombres, era evidente que esa mujer iba a dar a luz en cualquier momento. Me quedé mirando a David, este se había quedado como pensativo.
—¿Qué es lo que ocurre?— pregunté.
—¿Ves este sitio? Es un lugar muy limpio y tiene mejor preparación que el JFK. Es aquí donde quiero que nazca mi hijo. Quiero estar ahí presente cuando ocurra. Quiero vivir aquí— respondió David. –Quiero formar aquí una familia, quiero que esto sea para siempre. Creo que podemos conseguirlo.
—Yo también— respondí.
Seguimos caminando y entonces llegamos a lo que parecía un taller. Confirmamos que lo era cuando nos acercamos más todavía. Allí había varias personas trabajando en unos autobuses. En ese momento apareció una chica morena de pelo muy corto y con gafas, llevaba un mono de trabajo y algunas manchas de aceite de motor en la cara.
—Vosotros sois los recién llegados. He oído hablar de vosotros. Vuestra llegada ha corrido como la pólvora. La gente está como loca con vuestra llegada— la chica se limpió las manchas de la cara y se presentó. –Mi nombre es Ana, pero aquí todo el mundo me llama  Nana. Soy la mecánico jefe.
—Yo soy Juanma. Ellos son Luci y David— dije presentando a mis compañeros.
—Habéis llegado en buen momento. Estamos preparando estos cacharros para vosotros. Ordenes de la alcaldesa. Es decir, ordenes de Amparo— explicó Ana. –Es para que traigáis al resto de vuestro grupo ¿Verdad?
—Así es— respondió David. –Estábamos dando una vuelta para explorar todo esto. Es más grande de lo que pensábamos. Acabamos aquí por casualidad.
—¿Cuándo estarán listos?— pregunté avanzando hasta uno de los autobuses.
—Pues…— Nana hizo una pausa para rascarse la cabeza –No quiero parecer muy optimista, pero si mantenemos el ritmo de trabajo que llevamos… Esta misma tarde estará todo listo. Si, creo que estarán listos sin ningún problema.
En ese momento llegó Amparo con la bicicleta. La dejó apoyada en una de las vigas y se acercó a nosotros con una sonrisa. –Imaginé que estaríais aquí. ¿Qué os parecen los autobuses? ¿Creéis que habrá suficiente para todos los que están en el hospital?
—Yo diría que si— respondí acercándome a nuestra anfitriona.
—¿Y que opinas de Thomaston?
—Sinceramente. Es mucho mejor  de lo que esperaba. Desde lo de Manhattan no habíamos visto nada que estuviera tan tranquilo como esto o que hubiese tanta paz. Es como retroceder en el tiempo a antes de la epidemia. Has hecho un buen trabajo.
—Me esfuerzo cada día para ello. Para mí, lo más importante es esta gente. Debo hacerlo lo mejor posible, por ellos— en ese momento, Amparo se acercó a uno de los mecánicos. –Prepárame un coche. Voy a hacerles una visita guiada.
—Si señora— dijo uno de los mecánicos.
—¿Aun hay más por ver?— pregunté.
—Por supuesto— respondió Amparo con una sonrisa. –Aun no habéis visto lo mejor.

Thomaston… Instituto…

—Y aquí es donde suelo dar clases de cocina— explicó Ariadma entrando en una de las aulas seguida por Vicky.
—La cocina no es lo mío. Ni siquiera me interesa. Me daría miedo  envenenar a la gente— respondió Vicky sentándose en un taburete.
—De todos modos deberías probar un día en una clase para ver si te llama la atención y le coges el gusto— entonces, Ariadna vio la pistola de Vicky. —¿La has usado mucho?
—¿Eh?— preguntó Vicky extrañada. Ariadna señaló la pistola. –Ah… Si. No esta precisamente, pero si otras. Ahí fuera es necesario saber usarlas si no quieres morir. Ya sean caminantes o vivos. Tu también las has usado ¿No? Llevabas un arma cuando nos encontramos.
—Únicamente la llevaba como protección, pero nunca he disparado contra nada ni nadie. Creo que no sería capaz.  Yo he salido a veces, pero nunca sola, siempre he ido con gente que si sabía disparar.
—Pues deberías aprender— respondió Vicky. –Por si algún día pasa algo y los caminantes entran. Debes saber defenderte si no quieres morir. No van a estar siempre para salvarte el culo. Saber cocinar no te servirá de nada ahí fuera.
—No seas borde— replicó Ariadna. –Hago lo que puedo.
—No soy borde. Soy realista. Te has acostumbrado a vivir detrás de unos muros y les has confiado  tu vida  a otros. Esos muros pueden no aguantar siempre y los demás no van a estar siempre para protegerte— respondió Vicky. –Puedo sonar dura, pero es así.
Ariadna iba a decir algo, pero entonces sonó la sirena del recreo y el pasillo se llenó de voces. Ariadna y Vicky salieron del aula de cocina y se encontraron en medio de varios niños.
—Hola Ari— dijo en ese momento una mujer saliendo de una de las aulas. Entonces, la mujer miró a Vicky. —¿Quién es tu amiga?
—Es Vicky. Es una recién llegada, del grupo que llegó con mi madre— respondió Ariadna.
—Hola Vicky. Soy Rose Mary. Profesora de Matemáticas— dijo la profesora tendiéndole la mano a Vicky para que se la estrechara.
Vicky le estrechó la mano. –Odio las Mates.
—¿Y quien no?— respondió la profesora con una sonrisa. Entonces se miró el reloj. –Escuchad. Son las nueve de la mañana y hay una hora de recreo. ¿Por qué no me acompañáis a la cafetería? Os invito al almuerzo. Así me cuentas todas las aventuras que has vivido ahí fuera. Me interesa mucho conocerla.
—Me parece bien— respondió Vicky.

Thomaston… Parque…

Tras ducharse, Keity había hecho lo mismo que sus compañeros. Había decidido salir a explorar lo que Thomaston les ofrecía. Para ella era como un mundo nuevo. Desde que todo se fue al más absoluto infierno, su vida había sido lucha, hospital, incursiones en lugares donde no había vida, más lucha y más hospital. Había llegado incluso a la conclusión de que nunca volvería a ver algo que se pareciera lo más mínimo a la civilización. Hasta que llegó a Thomaston. No solo se había dado una ducha de agua caliente, también se había tomado un café y había salido a pasear por la calle. Se había cruzado con gente y estos la habían saludado con una sonrisa.
Caminó por las calles hasta que llegó a un parque y allí se sentó a la sombra de un árbol. Allí era todo normal, había personas mayores alimentando palomas y mujeres paseando con sus carritos. Thomaston era un lugar idílico y que dejaba el apocalipsis fuera en el olvido. Lo único que le recordaba la realidad eran los altos muros que mantenían a los muertos fuera. En ese momento vio algo que le llamó la atención. Un joven corrió hacia los muros y comenzó a treparlos. Rápidamente, Keity se puso en pie y corrió hacia los muros voceando para que aquel muchacho la escuchara, aunque este, hizo caso omiso. Cuando Keity llegó, trató de seguirle, pero entonces un chico la detuvo.
—Hola. Keity ¿Verdad? Soy Xander. Estaba en las puertas cuando llegasteis ayer— dijo el joven presentándose.
—Si… Te recuerdo— respondió Keity, seguidamente miró hacia el muro. —¿A dónde va?
—Gareth es así. Le gusta salir de los muros. No dice a nadie a donde va. Siempre vuelve de todos modos. A nadie le preocupa. A veces, trae cosas para la comunidad. Así que por eso, nadie tiene en cuenta sus salidas.
—Pues alguien debería decirle que no es seguro andar por ahí fuera. Hay muchos caminantes, hace unas semanas vimos un rebaño que acojonaba solo con mirarlos— Keity vio que el muchacho ladeaba la cabeza como si no entendiese de lo que ella hablaba. –Cuando hay muchos de ellos juntos desplazándose los llamamos rebaño.
Xander sonrió. –Se lo que es un rebaño de caminantes. Mostré mi sorpresa por que no conozco a nadie que haya sobrevivido a un encuentro con un rebaño. Nadie que se haya topado con uno ha vuelto con vida. Vosotros sois los primeros…— Xander se quedó un rato pensativo y miró a Keity. –Oye… Aquí cerca hay una cafetería… Podemos ir allí a tomarnos algo mientras me cuentas un poco como es la vida ahí fuera actualmente. Llevo mucho tiempo aquí y no logro hacerme a la idea de como es ahí fuera actualmente. A ver, se que pasa, pero solo al principio. Después de eso… No tengo ni idea de lo que pasa— Keity miró a Xander y este le sonrió. –Por favor. Pago yo… ¿O tienes algún noviete en ese grupo con el que llegaste? Te juro que no pretendo nada raro.
—No tengo ningún noviete en mi grupo. Estoy soltera y feliz— respondió Keity. –Acepto tomarme ese café contigo. De todo primer café se llega a la conclusión de si se debe o no se debe repetir.
—Perfecto pues— dijo Xander con una sonrisa. –Luego podemos ir a mi casa a jugar una partida de billar. Hace tiempo que no le doy una paliza a nadie.
—Lo del billar suena interesante, pero lo de darme una paliza suena a broma— respondió Keity. Seguidamente, ambos comenzaron a caminar hacia la cafetería.
******
Llegó la hora de comer y todos nos reunimos en casa de Amparo para comer. Nada más entrar por la puerta nos llegó el olor del estofado que nuestra anfitriona nos había preparado. Nos sentamos alrededor de una mesa. No tardamos en comenzar a comer.
—Bueno. ¿Qué os parece Thomaston?— preguntó Amparo mirándome a mi. Esperando conocer mi opinión.
—Bueno. Es evidente que habéis trabajado duro para mantener este lugar. Se os ve muy unidos y eso genera la fuerza para sobrevivir. Por mis experiencias, es mejor estar unidos para sobrevivir en este mundo. Es un claro ejemplo de que la unión hace la fuerza— expliqué. –Nosotros hemos sobrevivido todo este tiempo por que hemos estado unidos— dije mientras miraba a David, Luci y Vicky. –Probablemente, si no hubiésemos trabajado juntos y protegido los unos a los otros, hoy no estaríamos alrededor de esta mesa. Además de otras cosas que hemos tenido que hacer— junté las manos sobre la mesa como si fuese a rezar y adopté un tono serio. –No quiero mentiros. Debéis saber algo muy importante. Ninguno de nosotros tiene las manos limpias. Todos hemos tenido que hacer cosas horribles para seguir vivos. Cosas inhumanas.
—Te refieres a matar a otros— dijo en ese momento Reed. –Se lo que es eso. Yo  mismo también he tenido que hacerlo. Este es el nuevo mundo. Hacemos lo que tenemos que hacer.
—Si, pero no como nosotros. Yo he matado a personas que nos amenazaban, se que era lo justo, pero han sido tantos que yo ni lo recuerdo. Algunos… Únicamente por venganza.
—Puedo entenderte hijo… Y créeme, que eso no te hace mala persona. Has hecho lo que debías o lo que creías que debías hacer. Lo hecho, hecho está— en ese momento, Reed cambió de tercio y nos miró con una sonrisa. –Tengo en mente un proyecto y vosotros chicos, me vendréis muy bien. Se os ve fuertes.
—¿Qué proyecto?— preguntó David.
—Ampliar Thomaston y ocupar más pueblos y ciudades. Recuperar lo que es nuestro— dijo Reed. –Y una vez hayamos hecho eso. Construir un camino o carretera que nos facilite los viajes. Levantando muros a ambos lados del camino. Ese es el proyecto.
—Suena interesante— respondió Luci. –Si se hace, me apunto.
—Perfecto— dijo  Reed con una sonrisa.
La comida transcurrió con tranquilidad. Reed estaba en el jardín trasero con los demás. Yo entré dentro de la casa y entonces me quedé mirando una foto. En ella aparecían Amparo, Reed, Ariadna y un chico joven de unos dieciséis o diecisiete años. Era un muchacho delgado y rubio. Sus ojos eran marrones. Lo miré de más cerca, no recordaba haberlo visto.
—Ese es mi hijo, Martin— la voz de Amparo me sorprendió y me di la vuelta. Ella se acercó y cogió la foto. –No volvimos a verlo después de los primeros casos. Se lo llevaron, probablemente murió.
—Lo lamento— respondí. –Es muy duro perder a un hijo.
—Lo más duro de todo es que no pudimos hacer nada para impedir que se lo llevaran a la fuerza. El corrió la suerte de muchos jóvenes. Se los llevaban a la fuerza de sus hogares para alistarlos cuando los soldados desertaban. Nunca olvidaré sus últimas palabras. Se lo llevaron y nos dijo que nos odiaba. Nosotros no pudimos hacer nada.
—Seguro que os perdonó en algún momento— dije yo. –Ningún hijo odia a sus padres eternamente. El entendería que vosotros no pudisteis evitar que se lo llevaran.
—Eso quiero creer— respondió Amparo.
—Admiro el trabajo que has hecho aquí. La gente es feliz. Tu cuidas de todos— dije en ese momento avanzando hacia Amparo. –Eres una gran líder. Si Martin estuviese aquí estaría orgulloso de ti.
—Lo cierto es que Thomaston no fue siempre un sitio feliz. Tiene un pasado oscuro que ya te contaré algún día.  Ahora debemos prepararnos para partir de vuelta al hospital. Si salimos ahora, estaremos allí en menos de una hora— respondió Amparo.
—Si. Quiero traer a toda mi gente aquí cuanto antes— dije con una sonrisa. Lo cierto es que tenía muchas ganas de que Eva viera Thomaston. Allí se sentiría segura y podríamos ver crecer a nuestros hijos tranquilamente.
Tras la comida fuimos todos al taller mecánico. Allí ya habían acabado de preparar los autobuses que íbamos a usar para el transporte. Reed y Ariadna nos  acompañaron.
—Ya está listo. Los tres lo están. Por favor cuidadlos, son mis mejores apaños. Si les pasa algo, me ocuparé personalmente de destriparos. Los caminantes parecerán un chiste a mi lado— dijo Anna mirándome.
—No te preocupes. Cuidaré de ellos como si fueran mis hijos. De hecho, los tendrás aquí antes de que pasen dos días— respondí abriendo una de las puertas. Una vez arriba del autobús miré por la ventana y me quedé mirando a Amparo mientras se despedía de su marido y de su hija.
—¿De verdad es necesario que vayas tú también?— preguntó Reed.
—Es parte de mi trabajo. No os preocupéis. Estaré fuera dos días… Como mucho. Si os hace sentir más tranquilos…— Amparo rebuscó dentro de su mochila y sacó un walkie talkie. –Estaremos en contacto, pero por favor, estad tranquilos, estaré de vuelta antes de que os podáis dar cuenta. Ya lo veréis.
—Si tardas en volver tendré que volver a salir  a buscarte— dijo Ariadna.
—No será necesario cielo— respondió Amparo abrazando a su hija. Segundos después, Reed se unió al abrazo.
Amparo se separó de ellos y subió a uno de los autobuses. Vicky se subió al autobús donde estaba yo y me miró. –Ya es hora de regresar. Pronto estaremos viviendo aquí y siendo felices.
—Veo que te ha convencido el colegio. Te veo emocionada— respondí con una sonrisa.
—Eso es por que lo estoy. El ambiente del colegio me ha recordado como es ser una adolescente normal y corriente. Quiero recuperar esa vida. Te aseguro que no echaré de menos esta vida actual. Cuando vivamos aquí no volveré a coger una pistola.
—Ya somos dos— respondí encendiendo el motor. Unos minutos más tarde, los tres autobuses habían salido de Thomaston y estábamos de regreso al hospital. Pronto estaríamos con nuestros compañeros.

Hospital JFK…

Eva se encontraba dándoles el biberón a los bebés. Silvia la estaba acompañando haciendo lo propio con su hija. Entonces se fijó en Eva.
—Te noto decaída. ¿Te ocurre algo?— preguntó Silvia.
—Solo estoy un poco preocupada. Hace más de un día que Juanma y los otros se fueron. Aun no hemos recibido noticias suyas. Me preocupa que pueda haberles pasado algo. Se fueron a pie y eso es un largo camino— respondió Eva.
—Tranquila, ya verás como vuelven— dijo en ese momento Silvia.
En ese momento alguien llamó a la puerta y Silvia fue a abrir. Cuando abrió la puerta se encontró cara a cara con Mélanie. Ella llevaba días que ya estaba recuperada.
—¿Qué ocurre?— preguntó Silvia. Eva rápidamente acudió a la puerta también.
—Acaban de llegar tres autobuses— respondió Mélanie con una sonrisa. –Son Juanma y los otros. Han vuelto.
*****
Me bajé del autobús seguido por Vicky. David, Luci, Keity y Amparo también bajaron de los autobuses. Todos nos encaminamos hacia la puerta principal y entonces fuimos recibidos por Juan y por Johana. Este enseguida se me acercó.
—Pensé que estaríais allí viviendo la vida loca y que os habíais olvidado de nosotros— dijo Juan dándome una palmada en el hombro. Yo le devolví la palmada y luego nos abrazamos.
—Casi, pero no. Hemos decidido compartir el paraíso con los demás. ¿Dónde está Eva?
Justo en ese momento, Eva apareció y corrió a abrazarme. Seguidamente me besó y nos miramos con una sonrisa en los labios.
—Temí que no volvieras.
—Siempre vuelvo— me volví hacia los demás y los miré. –Reunidlos a todos en el hall. Tengo algo importante que decir— Tal como dije. Unos minutos después nos encontrábamos en el hall. Estábamos todos a excepción de los niños, algunos celadores y el Dr. Kirk. –Gracias por estar aquí. Se que no estáis todos, pero no importa. Hemos estado en Thomaston como ya sabéis. Lo que hemos visto allí nos ha gustado, es tal como Amparo nos dijo. Es un lugar idílico para vivir todos juntos. Vamos a prepararnos y entonces nos pondremos en camino. Tardaremos alrededor de unos cincuenta minutos en llegar. Simplemente prepararos con tranquilidad y cuando estemos listos partiremos.
*****
El doctor Kirk no había ido a la reunión. Se había encerrado en una estancia, una habitación que había convertido en su laboratorio particular. Allí tumbados en camillas y encadenados a la pared, tenía caminantes. Eran caminantes que habían sido enfermos, había llegado a un acuerdo con los celadores, había pactado que lo avisaran cuando uno de los enfermos muriera. Así podría proseguir con sus investigaciones.
Kirk se acercó a uno de los enfermos y comenzó a hablarle a la grabadora. –El señor  Beck murió por un fallo respiratorio hace dos horas. Se reanimó hace veinte minutos. Vamos a proceder…— un ruido le hizo parar la grabación y darse la vuelta. Entonces vio a Jeremy, el hijo de Mike. Este estaba de pie en la puerta, mirando a los caminantes con los ojos muy abiertos.
—Caminantes… Cami…— balbuceó Jeremy.
—Tranquilo chico. No son peligrosos— dijo el doctor acercándose con las manos en alto.
—No pueden estar aquí. Se lo voy a decir a…— dijo Jeremy dándose la vuelta para gritar, pero antes de que pudiera decir nada. El doctor Kirk se abalanzó sobre el tapándole la boca y llevándoselo al interior del laboratorio. No podía permitir que el chico lo delatara. Cerró la puerta y el muchacho pataleó con todas sus fuerzas. Kirk lo inmovilizó y entonces el niño le mordió en la mano. Kirk gritó de dolor y en un arranque de rabia empujó a Jeremy contra una de las camillas, fue en ese momento cuando uno de los caminantes lo agarró y le mordió en el cuello. El niño ni siquiera pudo gritar. Kirk tiró de el y lo alejó del No Muerto. Poco después, el niño agonizaba en el suelo mientras la sangre iba formando un charco. Rápidamente el doctor se acercó al niño y puso su mano sobre la cara del muchacho.
—No te preocupes. No te dejaré sufrir… Y me ayudarás en mis investigaciones— dijo mientras asfixiaba al muchacho. –Me ayudarás…


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