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sábado, 24 de septiembre de 2016

NECROWORLD Capitulo 130

Día 22 de Octubre de 2010
Día 845 del Apocalipsis.
09.00 de la mañana.  Las Vegas…

Carlos había dado la orden de sacarles el paradero de su hermano costase lo que costase. Por eso, dos de sus hombres habían cogido a Silvia y Cloe. Después las habían llevado a una sala oscura donde las sentaron en sillas, la una frente a la otra. Silvia estaba asustada, mientras que Cloe estaba serena, no era la primera vez que vivía algo así al parecer.
—¿Por cual empezamos?— preguntó uno de ellos mirando a las dos chicas.
—De momento solo una. La otra solo mirará, así sabrá que si no habla, lo mismo le esperará a ella. Veamos— el que llevaba la voz cantante miró a Silvia. Cuando vio que se estremecía, sonrió satisfecho. –Creo que empezaremos por ti. Tienes pinta de que comenzarás a cantar de un momento al otro. Además, eres la más guapa de las dos… De momento. Cuando hayamos acabado contigo ya no lo serás tanto— en ese momento le dio un puñetazo a Silvia. –Esta es la primera. Y la violencia irá subiendo si no dices lo que queremos saber.
—¿Qué harás con ella?— preguntó el otro. Cloe observó que no parecía muy listo.
—Pues primero la forraré a hostias. Intentaré no tocarle mucho la cara por si decide hablar. Si así no lo consigo… Pues me la follo y luego le voy cortando los dedos de las manos y los pies.
—Carlos no quiere que las violemos. Solo nos ha permitido golpearlas, pero nada de violar.
—Tú debes ser marica o algo así. Tienes aquí dos oportunidades cojonudas. ¿Las vas a dejar escapar por lo que diga ese gilipollas. Solo es un mierda que se ha hecho con el control de la ciudad. Cualquier día alguien se hartará de el y le cortará el puto cuello. Quizás incluso lo haga yo.
—No digas eso. Si te oye estarás muerto.
—No me jodas. No me escuchará. Está demasiado ocupado con la morena esa que dice que es su hermana. Nosotros aquí tenemos carta blanca. Basta con que no las matemos para nada. Si nos las follamos no creo que lo digan, por que no tendrán lengua para hacerlo.
—No pienso participar en esto.
—Pues vete. Vete a llorar a tu mamaíta. Yo pienso divertirme de lo lindo con ella.
Cloe los observaba a los dos tipos y también observaba a Silvia. En sus ojos vio el terror y supo en lo que estaría pensando. Estaba temiendo volver a revivir lo que ocurrió antes de que se uniera al grupo. Cloe la apreciaba y en ese momento tomó una decisión.
—¡Eh! Tu— ambos tipos se giraron y Cloe miró al que mandaba de los dos. –Si, tu. El mil hombres que dice que hará esto y lo otro. El que se cree que va a meterle su sucia polla a alguien. ¿No te parece que estás un poco flipado?
—¿De que coño estás hablando?
—De nada. Solo opino que eres un fantasmón de mierda que intenta presumir de ser un macho alfa delante de los que tienen una inteligencia inferior. No eres más que un mierda tío. He conocido muchos como tu, tanto en la calle como en la trena y se os va la fuerza por la boca.
En ese momento aquel tipo le pegó a Cloe una patada en el estomago, después miró a su compañero. –Mira tu por donde hay un cambio de planes— después miró a Cloe. –Vas a catar como un ruiseñor.
Cloe pesé al dolor, levantó la cabeza y miró a su agresor. –Con esa patada de nenaza no harás cantar a nadie. Cretino.
Silvia enseguida entendió lo que estaba haciendo Cloe. Ella estaba provocando a aquel tipo para que se olvidara de ella y se centrase solamente en Cloe. Cloe estaba protegiéndola.
—Ya no me importa si hablas o no, pero tú vas a sufrir. Te juro que vas a arrepentirte.
—Si tengo que elegir entre que me aburras o me des de hostias, prefiero lo segundo— dijo Cloe escupiéndole un gargajo mezcla de mocos, sangre y saliva a la bota de aquel tipo. Eso lo enfureció todavía más. Seguidamente comenzó a golpearla sin compasión ante la mirada atónita de Silvia y la asustada mirada de su compañero.
*****
Carlos preparó un par de tostadas con mermelada. La dejó dentro de un plató y se dirigió a la cocina, allí puso una taza en la maquina de café y comenzó a llenarla. Cuando la llenó, volvió a donde había dejado las tostadas, puso el plato de estas y el café en una bandeja, la cogió y se dirigió a la puerta, cuando la abrió se encontró frente a frente con Butch.
—¿A dónde vas?— preguntó Butch.
—No es asunto tuyo— respondió Carlos saliendo y cerrando la puerta. –Ignoraba que ahora tuviera que darte explicaciones de lo que hago o dejo de hacer.
—Se lo llevas a esa que dice que es tu hermana ¿Verdad? ¿En serio te has creído eso? Solo quiere salvar el culo ¿Quieres un consejo? Sácale la verdad. Reviéntala si es necesario. Si quieres yo me ocupo de ella. La habré hecho cantar antes de la hora de comer.
—No te acerques a ella. Ni se te ocurra— dijo Carlos —¿Has venido a interrogarme o vas a decirme algo más?
—Ese tipo. El hermano de la que murió. Está estable y fuera de peligro. Los médicos han trabajado duro, pero sobrevivirá. Aunque sigo sin entender el por que lo hemos hecho. Se supone que lo curábamos a cambio de que hablara.
—Lo he pensado mejor. Es mejor que nos esté agradecido. Así sospecho que cuando despierte, estará tan contento de lo que hicimos que nos lo dirá todo— respondió Carlos. –Se que solo quería a su hermana, pero ella ya no vive. Ahora tiene algo mucho más valioso. La vida ¿Qué habéis hecho con el resto? Con las rubias y las lesbianas.
—Las rubias están con Robie y Marco, ellos les sacarán algo. Las lesbianas están aun en la celda.
—A las lesbianas sepáralas. Si quieren volver a estar juntas que hablen. Si aun así no dicen nada… A la jaula. Será divertido para los demás. Ahora, si me disculpas.
Carlos se alejó de Butch y fue hasta la habitación donde estaba Katrina. En las últimas horas la habían trasladado allí. Nada más llegar vio a los dos guardas. Al verlo, estos se apartaron de la puerta y dejaron que pasara. Cuando entró, se encontró con Katrina sentada en la cama. Ella lo miró a el y este sonrió.
—Te he traído el desayuno. Espero que te gusten las tostadas con mermelada y el café. Si no te gustan, puedo prepararte otra cosa— Carlos dejó la bandeja sobre la mesita de noche que Katrina tenía cerca, después se sentó en una silla que había al lado del escritorio. –Pedí que te trajeran aquí expresamente. Es una habitación de lujo. Creo que en su día se hospedaron aquí grandes estrellas y personas de alto estatus social. Algo así como reyes, Jeques… Ya me entiendes— Carlos entonces la miró fijamente. –Es increíble… Realmente eres mi hermana. Te miro a los ojos y son los ojos de nuestro padre— recordar eso hizo que Carlos comenzara a reírse. –Menudo cabrón. Que callado se tenía lo de que tenía una hija al otro lado del mundo… Y que casualidad que haya sido necesario el fin del mundo para que nos encontremos. Es hasta irónico. Adelante, come.
—¿A que viene tanta amabilidad de repente?— preguntó en ese momento Katrina. –Creí que ibas a dejarme en una celda como a los demás.
—Eres mi hermana. Creo que no debemos dejar la oportunidad de conocernos y empezar con buen pie. Supongo que te habrán hablado ya de mí. Te habrán dicho cosas como que soy un cabrón. Un ser despreciable, pero quiero demostrarte que no es así. Soy una persona como tu.
—Por eso quieres saber donde está Juanma. Para ir a por el y matarle— respondió Katrina cogiendo una tostada y dándole un bocado. Masticó un poco y tragó, después la dejó otra vez en la bandeja. –Está buena.
—En un principio si quería matar a Juanma. De verdad, el hecho de tener que verlo me enervaba, pero ahora ya ni siquiera pienso en eso. Yo no mataré a Juanma. Si el no me obliga a ello, claro. Simplemente quiero recuperar lo que es mío. A Eva y a mi hijo. También necesito a Vicky. Lo de esa niña es por una buena causa.
—Juanma no te las entregará por las buenas.
—Lo convenceré de que lo haga. Si no, si se niega, entonces si tendré que matarle. A el y a todo el que se interponga en mi camino. Pero si tu me dices donde está. Si tu me confiesas su paradero, le daré más de una oportunidad. Todo puede marchar bien entre nosotros, pero el tiene que asumir que hay cosas que me pertenecen. A Vicky ni siquiera pienso quedármela para siempre. Solo un mes o dos, después, se la devolveré.
—Y si no cede. ¿Qué harás entonces?
—Atacar con todas mis fuerzas. Muchos morirán por su culpa.
—¿Sabes? Si atacas a Juanma y comienzas a matar indiscriminadamente a la gente… Bueno, eso incluye también a tu sobrina. Mi hija.
—¿Tienes una hija? ¿Cómo se llama?— preguntó Carlos sorprendido.
—¿Para que quieres saberlo si vas a matarla en el ataque?— preguntó Katrina.
—Es mi sobrina. No tengo por que hacerle daño. Podemos hacer un trato. Verás. Si tú me dices donde está nuestro querido hermano. No solo traeré a Eva, Vicky y a mi hijo conmigo. También traeré a tu hija para que os reunáis. Luego como amo y señor de esta ciudad, os daré una lujosa casa. Allí tu hija crecerá y tú envejecerás felizmente. Tendrás mi protección. No se ni donde está Juanma, pero joder. Seguro que esto es mucho mejor que ese agujero donde es seguro que os tiene metidas. Aquí hay más gente y más recursos.
Katrina tomó un sorbo de café y luego miró por la ventana. En la calle vio a varias personas paseando como si nada, luego miró a Carlos. –Parece un sitio mejor, desde luego.
—Entonces… ¿Hay trato? Tú me dices donde puedo encontrar a Juanma y yo os garantizo una vida de lujo aquí. No os faltará de nada. Te doy mi palabra.
—Eres buen negociador, podrías haber sido policía… Pero conmigo no es suficiente. Prefiero vivir en un agujero proporcionado por Juanma, feliz con mi hija y mis sobrinos, antes que vivir aquí bajo el mando de un jodido loco. No es que dude de tu promesa, de hecho no noto la mentira. Sin embargo, como ya te dije. No quiero vivir cerca de alguien como tu.
—Creo que no eres consciente de tu situación. Te recuerdo que estás en la última planta de un hotel. De aquí no saldrás si yo no quiero… Y si yo quisiera, podría tirarte por esa ventana ahora mismo.
—No lo dudo. Nuevamente veo que hablas muy en serio, pero aun así, no pienso decirte una mierda. Vas a tener que torturarme mucho si quieres sacarme algo, pero también veo que no tienes cojones a hacerlo, prefieres dar órdenes. Creerte que tienes la sartén por el mango. No eres más que un loco megalómano.
En ese momento, Carlos se levantó de la silla, sacó su pistola y se la puso a Katrina en la frente, pero ella se mostró imperturbable. Solamente sonrió –Puedo matarte si quiero.
—¿Y por que dudas? ¿Por qué solo hablas y hablas? Si quisieses matarme. Si quisieses matar a alguno de nosotros. Ya lo habrías hecho, pero temes hacerlo. Por dos razones. Temes quedarte sin conocer el paradero de Juanma. Quieres saberlo por encima de todo y la ejecución de uno de nosotros podría dejarte sin conocer lo que tanto deseas saber. Nos cerraremos en banda y no abriremos la boca. Y la segunda razón y la más importante, temes la reacción de Juanma. Por eso quieres que desaparezca, por que le temes. El es el tipo de persona que puede llegar a cambiar el mundo, el es el tipo de persona que antepone la seguridad de los otros a la suya propia, pero tu… Tu solo eres escoria. Quisieras ser como el y no le llegas a la suela del zapato. Eres basura y lo mejor de todo es qu tu lo sabes. ¿Quieres matarme? Adelante. Hazlo.
Carlos apartó la pistola y solamente le dio un puñetazo a Katrina en la cabeza, seguidamente tiró la bandeja al suelo y salió de la habitación dando grandes zancadas. Mientras caminaba apretaba los puños y los dientes, los rehenes estaban resultando ser más fuertes de lo que pensaba.
*****
Silvia seguía sentada en la silla sin poder apartar la vista de lo que estaba sucediendo. Cloe estaba en el suelo tumbada boca abajo, desnuda de cintura para abajo. Sobre ella, el que llevaba la voz cantante, también desnudo de cintura para abajo, embestía con fuerza. La cara de Cloe había perdido toda expresividad por culpa de la hinchazón y la sangre. El otro hombre, estaba cerca de su compañero esperando a que este terminara. Finalmente, el que mandaba mostró una mueca y lanzó un gemido, de pronto se detuvo. Descansó unos segundos y luego se puso en pie para subirse los pantalones. Cloe seguía en el suelo sin moverse.
—Ya puedes. Créeme tío. Te encantará.
—¿Te has corrido dentro de ella?— preguntó el otro con voz tímida.
—Pues claro. ¿A que estás esperando? Bájate los pantalones y métesela a la fuerza, esa zorra tiene el coño más seco que la mojama.
—No. Da igual. Ya no tengo ganas— respondió el otro dando unos pasos atrás.
—Venga hombre. No me digas que ahora te da asco. No vas a pillar nada. Estoy sano.
—No. Da igual— dijo el otro.
—Bueno. Tu mismo. Levántala, súbele los pantalones y átala de nuevo a la silla— dijo el mandamás. Este se acercó a Silvia y la miró a los ojos. –Espero que hayas disfrutado por que luego más tarde te toque a ti. Espero que tú no lo tengas igual de seco.
Silvia entonces le escupió a la cara. –Tú y todos los que son como tú, sois escoria. Vivís en un mundo hecho a vuestra medida.
En ese momento, Cloe que estaba siendo levantada por el otro tipo, pareció recobrar la consciencia de golpe. Le arrebató el cuchillo que llevaba en la cintura al otro y lo inmovilizó rápidamente poniéndole el cuchillo en el cuerpo. El que llevaba la voz cantante se dio la vuelta y los miró a ambos. Primero miró a su compañero y luego a Cloe.
—¿De verdad crees que me importa la vida de ese maricón? Por mi puedes cortarle el puto cuello. No es nadie, es solo un media mierda al que protegía cuando estábamos en la cárcel. Si no lo hubiese protegido, habría sido la putita de los gorilas que allí había. Por mi puedes matarlo si quieres.
—Aléjate de ella— dijo en ese momento Cloe. –Aléjate.
Sin embargo, aquel tipo hizo caso omiso. Cogió a Silvia de la barbilla y miró a Cloe. –A el puedes matarlo por que me importa una mierda… Pero… ¿Ella te importa a ti una mierda? Tira ese cuchillo y volveréis a vuestra celda sin más problemas. ¡¡¡Venga!!! O le rompo el cuello— Cloe miró a Silvia y seguidamente dejó caer el cuchillo. Soltó a aquel tipo y el otro soltó a Silvia. –Muy bien. Así me gusta— entonces se abalanzó sobre Cloe, la empujó y está se cayó dándose un golpe en la espalda. Quedándose tendida en el suelo con los ojos muy abiertos y la boca abierta.
—¿Qué has hecho?— preguntó el otro.
—Da igual. Coge a esa, yo cogeré a la otra.
—Esta no se mueve. Creo que la has matado. Si Carlos se entera, si Carlos lo ve…
—Que te calles ya coño. Haz lo que te dije. Las dejaremos en la celda y se acabó. A esta no le queda mucho. Morirá, se reanimará y matará a la otra sin dejar cabos sueltos. ¿Quién nos culpará entonces? Por mucho que vea los golpes. Venga, hazlo.
Ambos hombres cogieron a las dos chicas. Las llevaron a las celdas, las echaron dentro y cerraron la puerta. Seguidamente se alejaron. Cuando ya se quedaron solas. Silvia corrió a socorrer a su amiga.
—Cloe. Mírame. ¡¡¡Cloe!!!— entonces Cloe la miró. –Gracias a dios. Estás viva. Por que has hecho eso, por que dejaste que te hicieran todas esas cosas?
Cloe intentó hablar, pero entonces tosió algo de sangre. Luego habló. –No podía dejar que te hicieran daño. Somos amigas. Bajo ningún concepto iba a dejar que abusaran de ti— Cloe volvió a toser sangre.
—Pero… No puedes protegerme siempre. En cualquier momento me tocará a mi o a cualquiera de nosotras. Estamos en sus manos. Tampoco tendrías que haber hecho lo del cuchillo. Has sido muy imprudente. Pero ya da igual, te ayudaré a levantarte y te llevaré a la camilla.
—No… Me…— Cloe tosió. —…Iento… Piern… as…
—No te entiendo— dijo Silvia bajando el oído hasta la boca de Cloe para escucharla y entenderla mejor.
—No me siento las piernas— dijo en ese momento Cloe. –No puedo moverlas.
—Seguro que si que puedes. Inténtalo— dijo Silvia tocándole una pierna, esperando que la moviera, pero no fue así. –Vamos. Tienes que intentarlo.
—No puedo— Cloe comenzó a llorar. Silvia era la primera vez que la veía así. –No puedo— fue en ese momento cuando Cloe miró a su amiga. La cogió de las mejillas y la miró directamente a los ojos. –Tienes que matarme. Se que me muero y aun así no querría vivir así. Si me muero, seré un peligro para ti. Tienes que hacerlo ahora. Tienes que sobrevivir a cualquier precio para reencontrarte con tu hija.
—No puedo— comenzó a decir Silvia. –No puedo matarte.
—Hazlo por mí. Si eres mi amiga lo…— Cloe tosió. –Los golpes deben haberme dañado algún órgano. Seguir viva hasta que muera sola, será un sufrimiento. No quiero morir así.
—No quiero quedarme sola— respondió Silvia.
—No lo estarás. Confía en mí. Se fuerte y sobrevivirás a esto, te reunirás con tu hija algún día y serás feliz. Confió en ello.
—¿Cómo quieres que lo haga?— preguntó en ese momento Silvia.
Cloe miró hacia la cama de la celda y hizo un gesto con la cabeza señalando a la almohada. –Ponla sobre mi cara. Luego cuando este muerta. Coge mi cabeza y golpéala contra el suelo hasta que quede el cerebro tan dañado que no me permita volver.
Silvia se levantó del suelo y fue hasta la cama. Allí cogió la almohada y volvió junto a Cloe.
—No puedo hacerlo— dijo Silvia con lágrimas en los ojos. –Tiene que haber otra manera.
—Mírame bien. No duraré mucho… Y aunque sobreviva… Ya no podré andar. No sería más que un lastre. Es el único favor que te pido. Míralo… Cloe tosió sangre de nuevo. —…Míralo de este modo. No me estás matando, me estás dando el descanso eterno. Me estás sacando de esta pesadilla. Por favor, hazlo ya. Pero primero prométeme que te reunirás con tu hija.
Silvia asintió y puso la almohada sobre la cara de su amiga. Ejerció presión al mismo tiempo que las lágrimas comenzaban a brotar sin descanso de sus ojos. Cuando Cloe dejó de respirar, Silvia retiró la almohada. Se quedó mirando el rostro de su amiga, la cual aun tenía los ojos abiertos. Se los cerró y seguidamente cogió su cabeza y la golpeó varias veces contra el suelo hasta que escuchó el crack y la sangre comenzó a extenderse por el suelo de hormigón.
Silvia comenzó a llorar, pero se detuvo cuando vio una silueta al otro lado de los barrotes. Se trataba de Carlos. El hermano de Juanma.
—¿Qué has hecho? ¿Por qué la has matado?
Silvia dejó de llorar de repente y se dirigió a los barrotes, mirando fijamente a Carlos. –Fueron tus hombres. Ellos la dejaron así. Medio muerta y sin poder moverse. La maté para ahorrarle más sufrimiento.
Carlos dio un golpe a los barrotes y se alejó rápidamente de allí dando grandes zancadas. Salió por la puerta que daba a las celdas y después salió al exterior. Caminó por la calle y fue al bar donde se reunían varios de los hombres. Nada más entrar vio a Robie y Marco. Ambos estaban tomándose una cerveza. Enseguida se dirigió a Robie.
—¿Sois vosotros las que habéis hablado con las dos rubias?— preguntó Carlos.
—¿Qué?— preguntó Robie. Marco simplemente apartó la vista.
Carlos se acercó más a Robie y repitió la pregunta. —Qué si fuisteis vosotros quienes hablaron con las rubias. ¿Tengo que volver a preguntártelo?
—Si. Fuimos nosotros— Robie miró a Marco de reojo. –Bueno. Solo yo. Este mariconcete de aquí no dijo nada.
—¿Y dijeron algo?— preguntó nuevamente Carlos.
—No. Pero mañana hablarán seguro. Intuyo que están a punto de cantar. Solo hay que ponerse duro con ellas. Solo así entenderán su situación. Yo me encargo jefe— dijo Robie dándose una palmada en el pecho.
—¿Si? Quizás tenga que hablar yo con ellas— respondió Carlos. Cuando dijo eso, el trago casi se le atragantó a Robie.
—No. En serio. No es necesario. Yo les saco toda la información.
—Si. Claro— en ese momento. Carlos golpeó a Robie. Lo cogió del cuello y lo tiró sobre la barra del bar. Cogió la botella de cerveza por el cuello y rompió el culo de esta. Seguidamente le clavó la parte rota en la cara a Robie ante la mirada atónita de todos los presentes. Marco se había retirado al ver la escena. –Quería que les sacarais el paradero de los otros sin hacerles daño, pero no, tú, tenias que ir mucho más allá ¿Verdad? Tú, tenias que ser el puto macho alfa. Has matado a una de ellas. Pedazo de mierda— Carlos comenzó a clavar la botella repetidas veces la botella en la cara de Robie mientras este gritaba angustiosamente y la sangre salpicaba a Carlos. Cuando Robie dejó de gritar y de moverse, Carlos tiró al suelo su cuerpo, sacó la pistola y le disparó dos veces en la cabeza. Después se dirigió a todos los demás. –Os aviso a todos. Quien haga daño a esas chicas sin que yo se lo ordene, correrá la misma suerte que el— Carlos señaló el cuerpo de Robie. –Aquí se obedecen mis órdenes.
Nadie dijo nada más. Carlos salió del bar y comenzó a caminar por la calle. Los rehenes no podían morir, no de momento, no hasta poder encontrar el paradero de su hermano. Tenían una menos y eso lo único que hacia era empeorar las cosas. Juanma podría no querer aceptar el trato y eso provocaría un enfrentamiento. Un enfrentamiento que el no estaba seguro de ganar. Al no conocer nada de el desde que se separaron, este estuviese donde estuviese, podría haber formado un grupo mucho más grande y preparado, podría incluso tener mucho mejor armamento que el. Su hermano le daba miedo aunque no quería admitirlo.
Carlos se paró en un callejón y comenzó a pensar. Quizás lo que tenía que hacer, era encontrar a su hermano y tratar de hacer un intercambio, pero entonces, tendría que ser mucho más duro con los rehenes. Entonces llegó a la conclusión de que únicamente necesitaba a tres de los rehenes. Solo necesitaba decidir quienes serían los tres a los que ofrecería en el intercambio, el resto, eran simples peones sacrificables. Entonces comenzó a elaborar un plan. Salió del callejón y comenzó a caminar hasta el Caesar Palace. Subió hasta la habitación donde estaba Katrina. Cruzó la puerta y se plantó delante de ella.
—¿Otra vez aquí? No tengo nada que decirte.

—Vas a decirme donde está nuestro hermano o te juro que no volverás a ver a tu hija. Aquí me sobran dos y me da igual que seas mi hermana.

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