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sábado, 25 de julio de 2015

NECROWORLD Capitulo 81

Día 25 de Marzo de 2010
Día 635 del Apocalipsis…
Greenwich… Connecticut…

Abrí la puerta de la casa con delicadeza. Con el suficiente cuidado para si había No Muertos en el interior, no llamar su atención. Con la puerta ya abierta pasé al interior seguido por Juan, Rachel y Alexandra. Con extremo cuidado, Rachel cerró la puerta detrás de ella. Nos encontrábamos en una casa de dos plantas, era una de las más alejadas.
Llevábamos dos meses dando vueltas por allí. Muchas de las veces buscábamos casas vacías en las que quedarnos a pasar la noche o buscar comida, esta se nos había acabado debido a que éramos muchas bocas, y hasta ese momento habíamos sobrevivido de lo que podíamos cazar o lo que habíamos saqueado en casas y huertos. Siempre teniendo que luchar y huir. Después de salir de Manhattan y que mi hermano dividiera el grupo nos habíamos encontrado con más personas, pequeños grupos rezagados que al igual que nosotros trataban de sobrevivir… Y otros que habían tratado de quitarnos lo poco que teníamos. Contra los cuales habíamos tenido que luchar con uñas y dientes y que no siempre habíamos salido bien parados. Habíamos tenido varias bajas tanto por causas naturales como por ataques de otros grupos o caminantes.
—Juanma— la voz de Rachel me llegó como un susurro. Alcé la cabeza y la vi abriendo la puerta de una despensa. Yo caminé rápidamente hasta ella y le hice un gesto para que parara, no sabíamos lo que podía haber tras la puerta.
—Espera— le dije con un susurro. –Recuerda que es posible que no estemos solos.
—Ya lo se— respondió Rachel. –Lo tengo controlado. Te comportas como si fueras mi padre. Me tienes sobreprotegida. Confía un poco más en mí.
—Confío en ti y en lo bien que haces las cosas, pero te tengo cariño. No puedes culparme de que me preocupe por ti. Además, Sheila me mataría si a ti te pasara algo.
—Creo que piensa que estás coladito por mí. Si sigue pensándolo puede que acabe matándote de todos modos. Ahora voy a abrir. ¿Listo?
Yo me retiré unos pasos y apunté con el fusil hacia la puerta. Entonces con un rápido movimiento Rachel abrió y yo apunté al interior esperando que surgiera un caminante, pero no fue así. Seguidamente saqué mi linterna y enfoqué al interior mientras entraba seguido por Rachel. Evidentemente tampoco había nada de comida.
—¿Aun no se lo has contado? Ya sabes. Los demás se empiezan a preguntar a que se deben esas pesadillas que hacen que te despiertes gritando en plena noche… Y Sheila… Pues tampoco es que sea tonta…
—Ya lo se… Pero contarle que me violaron… Puede que haya superado eso, pero hay veces que no puedo evitar soñar con ello… Bueno, supongo que no lo tengo superado del todo— respondió Rachel al tiempo que salíamos de la despensa. Entonces nos encontramos con Alexandra. Esta venía del salón.
—¿Algo?— pregunté esperando una respuesta afirmativa, pero el gesto de negación de Alexandra hizo que me decepcionara. –Supongo que tendremos que seguir buscando. Aun nos quedan siete casas por inspeccionar.
En ese momento escuchamos un ruido en el piso de arriba y un minuto después apareció Juan bajando las escaleras mientras metía un ave en una bolsa que llevaba.
—Había palomas ahí arriba. He logrado coger cinco en total. Las otras han huido— dijo plantándose a nuestro lado. –Aunque no es mucho.
—No. No lo es. Somos demasiadas bocas que alimentar… Y ya conocéis a Larry. Seguro que está esperando a que volvamos con las manos vacías para ponerse a despotricar de todo y de todos— dije con una mueca de fastidio.
Larry era un hombre de sesenta y dos años que formaba parte de un grupo que encontramos unas dos semanas después de abandonar Manhattan, el cual viajaba con sus dos hijas, Tamara y Arianne, de treinta y veinticinco años.
Ya podía imaginarme la reacción de Larry cuando nos viera aparecer, quizás únicamente llevando las palomas que Juan había cazado, el se empeñaría en decir que lo habría hecho mucho mejor si lo hubiésemos dejado acompañarnos, pero para ser sinceros, lo cierto era que Larry ni sabía disparar ni sabía ser sigiloso, su mayor virtud era quejarse de todo durante todo el día.
Los cuatro salimos de la casa. Nos quedamos un rato en el porche mientras Rachel tachaba la casa del papel donde Juan nos había hecho el mapa de distribución de las casas que queríamos saquear ese día. Nos quedaban unas horas de luz y queríamos regresar al campamento antes de que anocheciera. Este estaba a unos kilómetros de donde nosotros nos encontrábamos. Estaba en una zona donde no habíamos visto caminantes, aun así se montaban muchas guardias para evitarnos sustos.
—Esto ya está. Podemos seguir— dijo Rachel mientras se guardaba el papel en el bolsillo tras doblarlo. –Las otras casas parecen más grandes. Quizás en alguna encontremos algo que nos sirva. Aunque me da la impresión de que aquí se largaron a toda prisa cuando todo comenzó.
—Es posible, pero me niego a no intentarlo— respondí mientras bajaba las escaleras del porche. Cuando salí al camino lleno de hojas secas miré a mi derecha y vi nuestro coche. Quería asegurarme que nadie que pasara por allí por casualidad no se lo había llevado, pero allí seguía.
Caminamos hacia nuestra izquierda y entramos en el jardín que daba a otra casa. Este jardín era mucho más amplio. En el pudimos observar varios gnomos de jardín. Unos columpios un poco más al fondo que colgaban de la rama de un árbol. A la derecha de la casa había una glorieta en la que pudimos observar un banco junto a una mesa redonda.
—Me imagino que los dueños solían tomar el te ahí durante los veranos al atardecer. Seguramente era una pareja ya mayor…— decía Alexandra. Nosotros nos la quedamos mirando. –Bueno, es la impresión que me da.
Seguimos caminando y entonces Juan que iba un poco más adelantado se paró y se agachó. Rebuscó entre las hojas y entonces cogió lo que parecía un brazo esqueletizado que aun conservaba algo de ropa, luego miró hacia delante. –La puerta de esa está abierta.
Con cautela avanzamos hasta el porche. Cuando comenzamos a subir notamos como los escalones de madera crujían bajo nuestros pies. En ese momento uno de ellos cedió bajo el pie de Rachel y está lanzó un débil grito cuando se estaba cayendo, justo antes de caer se agarró a la barandilla.
—¿Estás bien?— le pregunté ayudándola a incorporarse.
—Si…— respondió ella rápidamente. –Siento haber gritado. Se me escapó.
—No creo que un grito tan débil haya sido escuchado. No te preocupes— respondió Juan.
Justo en ese momento escuchamos un ruido dentro de la casa. Como si alguien estuviese andando. No tardamos en escuchar el gemido, seguido de una silueta que comenzaba a mecerse al otro lado de la puerta, dejándose ver por el trozo que estaba abierto. Segundos después apareció el caminante. Era una mujer de unos cincuenta años a juzgar por la apariencia, aunque realmente al estar pálida y con la piel acartonada era difícil saberlo con exactitud. Llevaba una camisa azul con rayas rojas que formaban cuadros, y lo que quedaba de su cabello nos dio la pista de que en vida lo había tenido corto y rojo.
La No Muerta al vernos comenzó a avanzar arrastrando un pie y con los hombros caídos.
—Yo me ocupo de ella— dijo Juan sacando el cuchillo al tiempo que avanzaba hacia ella. Cuando la tuvo enfrente la agarró del cuello, la apresó contra un poste y le clavó el cuchillo en la cuenca del ojo. Cuando el cuerpo de la caminante se desplomó como un saco de patatas, Juan nos miró. –No son gran cosa cuando van de uno en uno ¿Verdad?
Ciertamente era así, nunca habíamos tenido grandes problemas cuando eran como mucho tres y los veíamos venir. Lo malo era cuando eran un rebaño, avanzando todos a la vez sin nadie que pudiera hacerles frente. Las únicas veces que habíamos tenido problemas con un par de ellos habían sido cuando no los habíamos visto llegar. Habíamos acampado en un bosque cerca de lo que parecía un estanque, allí algunas mujeres habían decidido que seria buena idea lavar las ropas. Mientras lavaban, un caminante sumergido surgió de repente y mordió a una señora, luego la arrastró hacia el fondo, ese día acabamos con dos No Muertos, el agresor y la agredida cuando se reanimó. En otra ocasión fuimos sorprendidos durante la noche mientras cenábamos, nuestro vigía, un joven inexperto se había quedado dormido y no vio como un caminante atraído por el resplandor de la hoguera se colaba en nuestro campamento y acababa con la vida de un hombre estaba orinando.
Otras veces mientras íbamos por carretera, habíamos tenido que dar media vuelta horrorizados al ver un rebaño quizás de miles de ellos. Y eso era algo que se repetía demasiado.
Entramos en la casa con cuidado, repitiendo el mismo proceso de siempre, entrando con la más extrema precaución. La casa era idéntica a la anterior. Mientras Juan iba hacia la cocina, yo decidí subir las escaleras seguido por Rachel. Cuando estuvimos arriba nos encontramos en un pasillo largo y oscuro. Ambos encendimos las linternas y lo primero que descubrimos en el suelo fue una mancha de sangre seca. Seguimos avanzando por el pasillo y entonces noté el olor, me di la vuelta y miré a Rachel, entonces le hice un gesto con la mano, seguidamente le señalé una puerta que estaba entre abierta.
Rachel asintió con la cabeza y se pegó a la pared mientras avanzaba a mi lado. Cuando estuvimos junto a la puerta acerqué la mano y empujé levemente mientras el olor a descomposición se iba haciendo más intenso.
Con la puerta ya abierta cogí el pañuelo que había en mi cuello y me lo puse sobre la nariz para evitar que el olor siguiera penetrando en mis fosas nasales. Entonces vi que nos encontrábamos en una habitación de matrimonio bastante grande. Las ventanas estaban cerradas y en un lado de la habitación había un baño.
—No creo que aquí encontremos nada— dijo Rachel alumbrando por todas partes. Entonces se quedó quieta un momento y avanzó hasta un mueble donde alumbró una foto donde curiosamente aparecía la mujer que Juan había matado un rato antes. En la foto aparecía un hombre en silla de ruedas y la mujer detrás de el, abrazándolo. Ambos eran un matrimonio mayor. –Mira esto. ¿Te suena?
—Parece ser que esa No Muerta vivía aquí— dije caminando hacia el baño. Cuando entré dos brazos trataron de agarrarme, tuve que dar un salto hacia atrás para evitar que me cogiera. Enseguida enfoqué hacia abajo y vi a un No Muerto dentro de la bañera. Sus tripas estaban esparcidas sobre su cuerpo y el resto de la bañera. Aun había agua, al menos creo que era agua. Sin duda era el hombre de la foto.
Salí del baño para encontrarme de nuevo con Rachel. Allí en la habitación no íbamos a encontrar nada de provecho. Entonces en ese momento escuchamos unos disparos. Rachel y yo nos miramos. Salimos de la habitación a la carrera, bajamos los escalones pensando que eran Juan o Alexandra, pero cuando nos encontramos con ellos descubrimos que no eran ellos quienes disparaban. Entonces volvimos a escuchar los disparos acompañados de un grito.
—Vienen de la parte de atrás— dijo Juan
Los cuatro salimos corriendo de la casa. Llegamos al jardín trasero. Allí nos quedamos quietos hasta que de nuevo volvimos a escuchar los disparos y el grito que a juzgar por el tono era de una niña. Juan salió corriendo en primer lugar y atravesó la valla de tablones. Antes de salir corriendo miré a mi izquierda y vi un hacha clavada en un trozo de tronco. La arranqué pensando que nos podía servir y salí corriendo también.

En algún lugar de Arizona…
Área de servicio…

Habían montado el campamento junto a un área de servicio junto a una carretera, de nombre Geronimo. Allí habían montado vallas rodeando toda la zona. Esa iba a ser su base de operaciones hasta que pudieran ir a Las Vegas  y por supuesto arreglar el autobús. El cual se había estropeado.
Carlos salió de la tienda, entonces se encontró con Butch sentado en una silla bebiéndose una cerveza. —¿Tienes idea de cuando podremos seguir nuestro camino? La gente está comenzando a hablar. Llevamos aquí demasiado tiempo. Por aquí no suelen pasar podridos, pero aun así están asustados por si sufrimos algún ataque.
—Aquí estamos bien de momento. No hay prisa— respondió Carlos. –Y que tampoco se preocupen por los saqueadores. No tienen ni media hostia y saben que tienen las de perder contra nosotros. ¿Acaso los has vuelto a ver desde hace dos semanas? Pues eso. No volverán por aquí. Ahora voy a dar una vuelta por el campamento a ver como están todos.
Carlos se alejó de Butch y comenzó a dar vueltas por el campamento saludando y hablando con varios de los que allí había. Habían llegado a aquella área de servicio dos semanas después de que salieran de Manhattan, fue llegar allí y estropearse el vehículo. Ciertamente habían tenido suerte de que el autobús no se estropeara lejos de allí, habrían tenido que caminar y eso habría hecho que algunos cuestionaran su liderazgo.
Durante el trayecto habían saqueado casas y tiendas. Incluso se habían topado con otros grupos que pedían ayuda a gritos, pero aunque David, Sandra y Alicia habían insistido en que los recogieran, los demás habían dicho que no lo hicieran, no merecía la pena recoger a más, ya que eso implicaba más bocas que alimentar. Finalmente siguieron su camino dejando atrás a esos grupos, si vivían o morían poco le importaba.
Carlos fue a la parte trasera del área de servicio, allí había plantadas varias tiendas de campaña. Junto a una de ellas estaba David preparando algo en el fuego mientras Alicia le cambiaba los pañales al niño.
—¿Cómo os va?— preguntó Carlos cogiendo una caja de madera y usándola para sentarse frente a David. —¿Es un conejo lo que estás preparando?
—Lo cogí de la trampa esta mañana. Nos servirá para todos hoy para la comida. Para esta noche tendremos más carne. Los hermanos Spencer están de caza. Hay que aprovechar la zona para cazar y dejar las latas de conserva solo para emergencias— explicó David.
Los hermanos Spencer habían formado parte del grupo de caza de Manhattan. Estos habían sido retenidos en la iglesia por los hombres de El bebé y habían logrado escapar cuando el asalto a la iglesia. Carlos estaba contento de contar con ellos, ya que eran los mejores cazadores del grupo, desde que habían llegado al área de servicio, ellos se habían ocupado de conseguir la tan preciada carne.
—Escuchad… Se que esto no es lo que prometí, pero dadme tiempo. Se que Las Vegas no están lejos, pero tenemos que escoger muy bien el como nos acercamos y lo que decimos para que nos dejen pasar— respondió Carlos. –Por cierto David. Mañana por la mañana me gustaría que me acompañaras a Joseph City. Tengo entendido que durante la pandemia, los militares habían levantado allí un puesto desde donde dirigían la evacuación de esta zona. Es de esperar que nos encontremos más armamento. La vieja gloria del rock y tu vendréis conmigo. ¿Qué me dices? No te lo pediría si no fuera por que confío en ti. Al contrario de ese bufón de Butch se que eres bueno en incursiones, a ese capullo se le dispararía el arma en un pie o peor.
David miró a Alicia. –No me gusta dejarlos solos.
—No se quedarán solos. Hay casi unas treinta personas que pueden cuidar bien de ellos. Recuerda que están Sandra y su perro. Estarán bien. Bueno, ya esta noche si te parece me das tu respuesta. Hasta luego— Carlos se levantó y se fue alejando.

Greenwich… Connecticut…

Siguiendo los gritos llegamos hasta una zona rodeada de arboles y maleza. Una muestra del paso del tiempo y de la falta de la mano del hombre. De nuevo el grito de una niña nos llamó la atención seguido de disparos. Echamos a correr y entonces llegamos a un lugar donde vimos a un hombre tirado en el suelo junto a otro que estaba en cuclillas a su lado. Al otro extremo había una chica protegiendo a una niña de un grupo de caminantes que habían acudido al lugar. La chica había dejado caer el arma de fuego y había comenzado a blandir lo que parecía un pico. Nosotros estábamos observando todo aquello desde detrás de unos matorrales.
—¿Qué hacemos?— preguntó Alexandra.
Yo ni siquiera me lo pensé, salí disparado de mi escondite y abatí a uno de los No Muertos más cercanos ante la mirada atónita de la chica. Mis compañeros también aparecieron y comenzaron a hacer lo mismo.
—¿Quiénes sois?...— preguntó la chica cuando pasé por su lado. Yo no le respondí, no había tiempo para ello, me acerqué a los dos hombres y vi lo que había pasado. El pie del que estaba tumbado en el suelo estaba atrapado en un cepo.
—Tenemos que salir de aquí ahora mismo— dijo Juan al tiempo que disparaba a otro caminante. –Por ahí vienen más de ellos. Nos van a rodear.
—Intenta hacer palanca— le dije al otro tipo mientras el herido me agarraba de la camisa suplicando ayuda. Estaba tan desesperado que me estaba molestando mientras intentaba separar el cepo para liberar su pie. Miré a mi alrededor y vi a más caminantes salir de entre los arboles en dirección a nosotros. Tuve que pensar a toda velocidad, agarré el hacha y miré al herido.
—Eh… ¿Qué vas a hacer? No, no, no. No lo hagas— suplicó.
En ese momento dejé caer el hacha sobre la pierna una vez tras otra hasta que se la corté. Aquel hombre pareció quedar en shock y le espeté al otro que me ayudara. Este aun boquiabierto me ayudó a coger al herido y comenzamos a llevarlo a cuestas mientras la chica y la niña pasaban al frente. Por detrás. Juan, Rachel y Alexandra nos cubrían la retirada.
—Tenemos nuestra furgoneta aquí cerca— dijo en ese momento la chica. –Por aquí.
Podría habérmelo pensado y desconfiar, pero no fue así y la seguí. Llegamos a un camino cercano al que habíamos dejado nuestro vehículo. Allí vi una furgoneta de color rojo que parecía en buen estado, en un lateral había una porción de pizza dibujada y el nombre de una pizzería al que no le presté mucha atención. Me acerqué a la parte trasera y abrí la puerta, ayudé a mi nuevo compañero a subir al herido y yo les indiqué a Rachel y a Alexandra que fueran a nuestro vehículo y que lo cogieran para vernos luego en las afueras de Greenwich. Estas me hicieron caso mientras la chica, la niña, Juan y yo nos subíamos a la furgoneta. Cuando estuvimos a bordo vimos como los caminantes comenzaban a tomar el camino.
—Arranca ahora mismo— le dije a la chica cuando cogió el volante.
Está pisó el acelerador y salimos a toda velocidad de allí, dándole un golpe con el capó a un par de No Muertos. Minutos más tarde tal y como había dicho, nos encontramos con las chicas en las afueras de Greenwich. Me bajé corriendo de la parte delantera de la furgoneta y abrí la parte trasera.
—¿Quién coño sois vosotros?— preguntó la chica bajando también y acercándose a mi para ver al herido. –Habéis aparecido de repente en el momento justo y vas y le cortas la pierna a mi cuñado.
—Ha sido un corte limpio. Si nos damos prisa nuestra medico le echará un vistazo. Ahora hay que hacerle un torniquete para impedir que se desangre. ¿Tenéis un cinturón o algo?
En ese momento la chica entró en la parte trasera y con un cuchillo cortó uno de los cinturones de seguridad de los asientos por dos extremos. –Esto te servirá.
Cogí rápidamente el trozo del cinturón y comencé a hacer el torniquete. Aquel hombre seguía en shock, el otro estaba como mudo y acurrucado en un rincón.
—Tenemos nuestro campamento a una media hora de aquí. Menos si pisamos el acelerador. Aun podemos salvarle— le dije a la chica. La miré con más detenimiento, era morena, delgada y tenía los ojos verdes. La niña que tenía detrás se le parecía muchísimo. Entonces ella asintió.
—Muy bien, pero que sepas que si intentáis algo extraño os mataré. A ti el primero.
—Me parece un trato más que justo— le respondí. Entonces miré a mis compañeros. –Volvemos al campamento, pisadle fuerte.
*****
Unos veinte minutos más tarde llegábamos a nuestro campamento. Nos vieron aparecer tan rápido que algunos se alarmaron. Me bajé corriendo de la furgoneta y le hice un gesto a Rachel para que corriera a avisar a Sheila. Esta lo hizo y unos segundos después corría hacia nosotros seguida de Sheila y María. María no había hablado mucho con nadie después de la muerte de su marido y de su hijo, pero a la hora de ayudar a los demás no se lo pensaba.
—¿Qué le ha pasado?— preguntó Sheila cuando vio al herido con la pierna cercenada.
—Un cepo. Teníamos el tiempo en contra y no tuve más remedio que cortársela. Entró en shock enseguida— le dije al tiempo que la ayudaba a sacar al herido de la parte trasera de la furgoneta.
—Ha perdido mucha sangre. Hay que llevarlo a mi tienda inmediatamente. Va a necesitar una transfusión. ¿Qué tipo de sangre tiene?— preguntó Sheila en ese momento a la chica que nos acompañaba y de la cual la niña no se separaba.
—Tiene el mismo tipo de sangre que mi marido. ¡¡¡Jim!!! Van a necesitar tu sangre. Ve con ellas.
Sheila, Rachel, el tal Jim y el herido se alejaron hacia la tienda de lona de Sheila mientras que yo me quedaba junto a la chica y la niña. La madre me miró a mi al tiempo que algunos de los miembros de mi grupo comenzaban a reunirse a nuestro alrededor.
—Se suponía que nos ibais a traer comida. No más bocas a las que alimentar— dijo en ese momento Larry. Lo vi acercarse entre los demás. Desde luego era el más grande y ancho de todos los que estábamos allí. –A la próxima deberíais ir gente con más idea de lo que se tiene que hacer en una incursión. Vamos, no creo que sea tan difícil diferenciar entre comida y más lastre…
—Cierra la boca papá— dijo en ese momento Arianne. –Han traído a más gente por que tenían problemas al parecer.
—No queremos molestar. De verdad— dijo en ese momento la chica mientras apretaba a la niña contra ella como tratando de protegerla. –Si es por comida… Nosotros hemos recogido algunas cosas de un supermercado. Están dentro de una caja en la parte trasera. No me importa dárosla toda con tal de que nos dejéis pasar aquí la noche.
—Dispersaros y volved a lo que estabais haciendo. Yo tengo que hacerle unas cuantas preguntas. ¿Me acompañas?— le dije en ese momento a la chica. Entonces vi que la niña no parecía querer apartarse de ella.
La chica se arrodilló delante de la niña. La cual me parecía que debía tener más de diez años. –Mira. Ahí hay más niños de tu edad más o menos. ¿Por qué no vas a jugar con ellos mientras yo hablo con este señor. Te prometo que estaré muy pronto de nuevo contigo, venga ve— la chica besó a su hija en la frente. En ese momento apareció Vicky acompañada de Rebeca.
—Ven con nosotras— le dijo Vicky.
Yo miré a la chica y le hice un gesto con la cabeza para que me siguiera. Cuando pasamos junto a uno de los autobuses miré a la ventana y vi como Eva nos miraba desde ahí. Ambos llegamos a una tienda, nada más entrar me encontré con Mouse, el cual estaba dejándose llevar por la pasión con Jill. Ambos de alguna manera habían empezado una relación hacía cerca de un mes.
—¿Os importa? Tengo algo muy importante que hablar con esta chica. Tenéis un par de vehículos vacios y parados para eso. Además… ¿No se supone que tú debías estar con Ben, Melanie, Mike, Stacy y Johana saqueando unas casas cerca de aquí?
—Lo siento— dijo Mouse poniéndose de pie. –Verás, le cambie mi puesto a Yuriko. Espero que no te importe.
—Salid de aquí ahora. Luego hablaré contigo— le dije.
Mouse cogió a Jill de la mano y ambos salieron de la tienda. Dentro de la tienda, lo bastante grande. Habíamos metido una mesa y unas cuantas sillas, donde nos solíamos sentar alrededor de un mapa para decidir nuestro siguiente paso. Le pedí a la chica que se sentara mientras habría una nevera portátil, de donde saqué una botella de agua que enseguida le cedí a ella. Esta se quedó mirando la botella y me miró.
—No te preocupes… No llevan veneno ni nada parecido. No somos mala gente.
—Eso es algo que diría cualquiera… Y que precisamente no es buena gente.
—Touche— dije al tiempo que me sentaba en una de las sillas. Dejé otra botella en la mesa y la abrí. Entonces le di un trago. Si quieres puedo darte otra botella para tu niña. No tenemos mucha comida, pero agua tenemos bastante… Y cerca de aquí hay una fuente que todavía funciona. De todos modos aquí estaremos un día más y luego nos desplazaremos. Después de lo ocurrido la actividad de los caminantes y su número habrá aumentado por la zona. ¿Hacia donde os dirigíais?
—Mi cuñado trataba de llegar a Manhattan. Sabemos que allí hay una comunidad. Podríamos haber llegado antes, pero se nos complicaron un poco las cosas y nos parábamos mucho. Precisamente cuando nos habéis encontrado íbamos huyendo de vuelta a nuestro vehículo, íbamos a saquear un supermercado cuando nos atacaron los caminantes, luego George pisó ese cepo. No entiendo que hacía ahí… Aunque bueno, puede ser alguien viviese por aquí hace tiempo y dejara ese cepo para cazar algo. Desde que esos seres aparecieron las cosas en el mundo han cambiado. ¿Vosotros habéis tratado de ir a Manhattan?
—Salimos de allí— respondí en ese momento. –Yo era el líder de dicha comunidad. El general Graham me cedió el puesto…
—¿Ha caído?— preguntó la chica
Yo asentí con la cabeza. –Hace hoy dos meses de aquello. La gran mayoría de mi gente y yo somos los supervivientes de aquello. Los demás son gente que hemos encontrado y que hemos acogido. Por cierto, no me he presentado. Me llamo Juanma— dije tendiéndole la mano para estrechársela.
—Katrina— dijo ella estrechándome la mano. –Mi hija se llama Cindy y mi marido es James. Y George es mi cuñado.
—Siento lo de la pierna, pero no teníamos ni mucho tiempo ni opciones. Espero que lo entiendas. Aunque está en buenas manos. Tenemos a tres personas relacionadas con la medicina aquí. Son una gran ayuda, Sheila y Melanie son médicas muy buenas y organizadas. Aunque Mel no está aquí ahora. Salió con un grupo de personas para recoger suministros. La mandé por que si alguien puede guiarles con los medicamentos es ella, así solo cogen lo estrictamente necesario.
—No he podido evitar fijarme en lo bien preparados que estáis. Habéis plantado vallas alrededor del campamento. Unidas a un generador seguramente para electrificar los cables que hay en ellas. No me quiero imaginar lo que tiene que ser hacer eso mismo cada vez que llegáis a un sitio así. Así impedís que pasen esos seres.
—Es una idea que tuvimos hace tiempo, pero esta es la segunda vez que lo hacemos de este modo. Normalmente nos establecemos en almacenes, casas o granjas durante pequeños espacios de tiempo. Así evitamos posibles enfrentamientos con maleantes y hordas de caminantes. Nunca nos quedamos demasiado tiempo en un mismo sitio. Aquí llevamos como mucho unos tres o cuatro días.
—¿Podemos quedarnos con vosotros?— preguntó en ese momento Katrina –Parecéis buena gente y creo que podemos ayudarnos mutuamente. Os ayudaremos en saqueos y a acabar con caminantes. Háblalo con los tuyos si es necesario.
—Lo hablaré con todos, pero creo que no habrá problemas. Aquí soy yo quien manda y la última palabra la tengo yo siempre… No hagas caso a Larry. Siempre está igual. Además, tenéis a un herido y a una niña. Tenéis muchas papeletas para quedaros.
En ese momento ella se puso de pie. –Muchas gracias. Voy a salir a ver a mi hija y veré como está George— entonces se le cayó la mochila y su interior quedó por los suelos. Yo me apresuré a ayudarla, entonces cogí una foto con mis manos, la cual me quedé mirando sorprendido. En ella aparecían un hombre y una mujer, la foto debía tener muchos años. Lo más extraño es que el hombre de la foto me parecía extrañamente familiar, demasiado.
—¿Me la devuelves?— preguntó la chica. Yo se la devolví y ella se la guardó. –Son mis padres. A el no lo conozco… Tengo esta foto simplemente por que es la única que he podido salvar de todas en las que salía  mi madre. El es un cabrón al que mi madre conoció una noche que ella estaba de viaje en España, más concretamente en un pueblo de Valencia… Un pueblo llamado Pucol o algo así… Bueno, no se mucho ni se por que te estoy contando todo este rollo. No tiene importancia. El debe estar muerto al igual que su otra familia. No es que me importe mucho, sinceramente.
Yo me puse de pie al mismo tiempo que ella y ambos salimos de la tienda. Mientras Katrina caminaba hacia el lugar donde estaba su hija jugando con Vicky y los otros niños vigilados por Diana y Tamara. Mientras se alejaba se dio la vuelta para sonreírme. Yo le devolví la sonrisa y cuando se volvió a dar la vuelta cambié mi expresión y caminé hacia el autobús donde estaba Eva mientras no dejaba de darle vueltas al hombre de la foto y a los datos que me había dado Katrina. De camino me paró Larry.
—No puedes seguir trayendo a más gente. Llegará un momento en que seremos demasiados y no habrá comida para todos. ¿Me estás escuchando?
—Ahora no tengo tiempo Larry— respondí esquivándolo. –Hablaremos en otro momento. Llegué al autobús y subí para reunirme con Eva. Ella estaba tumbada en la cama. Cuando llegué junto a ella me senté en la cama que habíamos montado para ella en la parte trasera del autobús.
—¿Qué pasa?— preguntó ella. –Parece que has visto un fantasma. ¿A pasado algo con ese grupo o la chica? Respóndeme Juanma.

—Creo que esa chica es mi hermana…