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sábado, 17 de octubre de 2015

NECROWORLD Capitulo 91

Día 31 de Marzo de 2010
Día 641 del Apocalipsis…
Macon… Campamento…

Habían pasado dos días desde que la madre de Katrina había muerto. Katrina la había enterrado al día siguiente en una arboleda y había puesto una cruz. Allí sentada frente a la cruz pasaba la mayor parte del tiempo. Aquella mañana estábamos preparándonos para largarnos, el grupo había propuesto la idea de ir en dirección a Lousiana. Algunos habían comentado la idea establecernos en algún lugar como un islote. Antes de salir de la comisaria de Macon habíamos cogido todas las armas y la munición que había disponible. Incluidos los trajes de antidisturbios. Durante esos dos días les había contado lo de que nos estaban siguiendo y que posiblemente se trataba de hombres de Dorian. Eso hizo que se pusieran más en alerta, no sabíamos lo que pretendían y si nos atacarían durante la noche.
Cuando llegué al lado de Katrina me senté a su lado. –Ya hemos recogido y no tardaremos mucho en irnos. James y Cindy ya están en la furgoneta. Nos están esperando, pero no les importa esperar un poco más.
—No. Podemos irnos cuando queráis. No tiene sentido quedarnos más tiempo— respondió Katrina. —¿Hablaste con ella mientras le quitabais los explosivos?
—Si. Pero nunca me dijo su nombre. Me pidió que cuidara de vosotras. De cindy y de ti. Yo le prometí que lo haría y no pienso fallar en mi promesa— respondí.
—Se llamaba Tissa. Era la mejor madre del mundo. Cuando me quedé embarazada muy joven ni siquiera se enfadó como hacen la mayoría de los padres. Me abrazó y me dijo que traer un hijo al mundo era lo más maravilloso que podía hacer una mujer. Fuese quien fuese el padre— Katrina se levantó del suelo. –A ella nunca le gustó James. Siempre lo vio como un hombre demasiado extraño y agresivo. Aunque era en muy pocas ocasiones. Yo estaba enamorada hasta las trancas y no le hice ningún caso. Tenía que soportar insultos y muchas veces infidelidades. Fue justo cuando intenté abandonarle cuando descubrí que estaba embarazada. Se lo dije y cambió de la noche a la mañana. Encontró un trabajo, dejó muchas cosas por mi y yo creí que el había cambiado, fui feliz, me hice policía y sentí que mi vida era perfecta, pero entonces maté a aquel tipo. Al hermano de Mickey. Me fui de viaje con mi familia tras dejar la policía. Volvió a ser el cabrón de entonces cuando esta mierda nos estalló en la cara.
—Me dijo que os protegiera de James— dije mientras caminábamos de vuelta al campamento. –También se lo prometí.
—Si James sigue vivo a día de hoy es por que no he tenido agallas de matarle. Se que las cosas ya no son como antes y que la ley no existe, pero no puedo enfrentarme a eso otra vez. Aun sueño con ese hombre al que maté. Matar te cambia por dentro.
—Lo se— respondí. –La lista de personas que han muerto por mi culpa es tan larga como la lista de personas a las que he tenido que matar. Rara es la vez que no sueño con uno de ellos o tengo pesadillas. Eso no creo que desaparezca nunca. No tienes que hacer nada que no quieras hacer o que no creas que debas hacer. Prometí que os protegería y haré lo que sea necesario para ello. Si veo algo raro en James acabaré con el. Lo decidí en el momento que le vi pegarte. Se que lo ha hecho más veces.
Llegamos al campamento y nos montamos en los vehículos para ponernos en marcha. Estuvimos recorriendo las carreteras, dando vueltas y retrocediendo sobre nuestros pasos hasta que se hizo de noche. Sin haber llegado a Louisanna nos detuvimos y montamos el campamento en un bosque. Una vez allí establecimos el perímetro de seguridad y montamos un campamento provisional para seguir con el viaje al día siguiente.
Íbamos a encender una hoguera cuando Yuriko y yo divisamos una luz que parecía venir de una cabaña que no parecía estar muy lejos.
—Yuri. Reúne a unos cuantos y nos acercaremos con cautela. Creo que podrían ser nuestros chicos— le dije.
—¿Crees que son los hombres de Dorian?
—Puede ser. Si son ellos puede que hayan acampado en alguna cabaña o hayan detenido sus vehículos por aquí cerca.
Un minuto después Yuriko había reunido a Rachel, Johana, Mouse y a Mike. Juan quería venir con nosotros, pero preferí que se quedara por si pasaba algo. Poco después los seis nos pusimos a caminar por el bosque. La luz parecía que venia del porche de una casa, y evidentemente así era. Eran las luces de un porche, lo teníamos como a veinte metros de nosotros. Alguien las había encendido y era probable que ese alguien o esos alguien estuviesen dentro de la casa. Con gestos comencé a repartir a mis compañeros para que rodearan la casa. Agazapado me fui acercando y me situé debajo de la ventana. Poco a poco me fui asomando para ver el interior de la casa. Allí vi una mesa con una lámpara encendida. Había una mochila y sobre la mesa había un par de conejos recién muertos junto a un cuchillo. Parecía que alguien estaba a punto de prepararse la cena. En el fondo junto a la ventana había una cama deshecha, parecía que alguien había estado ahí durmiendo. La casa estaba vacía y en los alrededores no parecía haber nadie.
Miré hacia donde estaba Yuriko, era la que estaba más cerca. Le hice un gesto para que se acercara y cuando estuvo junto a mi le dije que iba a tener que cubrirme por si había alguien dentro cuando abriera la puerta. Ambos nos pusimos a los lados de la puerta y ella iba a ser la que abriera la puerta.
—¿Estás listo?— preguntó Yuriko, pude notar que estaba nerviosa.
—Si. Y estate tranquila mujer. No pasará nada. Aquí dentro no parece que hay nadie. Y si hay alguien no son muchos. Ahora, a la de tres…— Conté hasta tres y Yuriko abrió la puerta. Yo entré dentro apuntando con el arma y ella entró justo detrás. Ambos apuntamos en todas las direcciones dentro de la cabaña, pero esta estaba vacía. Me acerqué a la mesa y con una mano toqué uno de los conejos. Aun estaba caliente.
Salí a la puerta de la cabaña y con un gesto avisé a los demás para que entraran dentro.
—Solo hay una mochila. Se trata de una sola persona. Esos tipos eran más de dos seguramente. Y esos dos conejos. No son muchos, uno como mínimo.
Mouse comenzó a registrar la mochila y vi como sacaba unas maquinillas de afeitar, espuma y un espejo de pequeño. –También sabemos que es un tío. A menos que use estas maquinillas para afeitarse el felpudo… Ya sabéis— dijo Mouse mirando a las chicas y haciendo el gesto de afeitarse el vello púbico.
—No seas gilipollas ¿Quieres?— dijo Johana acercándose y pegándole un codazo en el pecho. –Aquí no hay nada. ¿Volvemos al campamento?
—Antes quiero saber quien es el que vive aquí. Quiero saber si es un peligro para nosotros— respondí mirando por la ventana. Fue en ese momento cuando me pareció ver una silueta caminando entre los arboles en dirección a la casa. Me fijé mejor y en efecto, alguien se acercaba lentamente. Rápidamente les hice un gesto y nos ocultamos debajo de la ventana.
—¿Y si es un caminante?— preguntó Yuriko.
—No se movía como un caminante— respondí en voz baja. Justo en ese momento escuchamos pasos en el porche. Eran pasos muy pesados. Probablemente llevaba botas. Seguidamente la puerta se abrió lentamente y un tipo entró dentro de la cabaña, era un poco más alto que yo y vestía lo que parecía un mono de trabajo de color negro, su pelo era corto. No nos vio, caminó con tranquilidad hacia la mesa, donde dejó un rifle de caza. Justo en ese momento nos levantamos todos y le apuntamos. –Pon las manos detrás de la cabeza y date la vuelta lentamente— El tipo obedeció y se fue dando la vuelta, cuando se la dio completamente le vi la cara. Ese rostro ya lo había visto antes en Manhattan, exactamente en un ascensor. Cuando me miró sonrió.
—No me jodas— Ese hombre era Richard Levine. El hombre que poseía el don de caminar entre los muertos como si para ellos fuera invisible. —¿Lograsteis salir vivos de Manhattan?
Aunque lo conocía no bajé el arma, seguí apuntándole al igual que los demás, los cuales también lo habían reconocido. —¿Estás tu solo?
—Claro que lo estoy. Podéis bajar las armas— dijo Levine sentándose en una silla tranquilamente. –Encontré está casa por casualidad y decidí pasar aquí la noche. Solo salí a revisar unas trampas.
—¿Dos conejos no son mucho para uno solo que únicamente está de paso?— preguntó Mike. –No me cuadra.
—No te cuadra por que no son solo para mí. Aquí estoy solo, pero vivo en una aldea no muy lejos de aquí. Se vive tranquilo y los caminantes no suelen acercarse. Desde que llegué a esa aldea no he visto ninguno por allí cerca. Solo cuando salgo de ella y me alejo. Es una aldea Amish.
—¿Aldea Amish?— preguntó Yuriko.
—Si. Son personas que viven de forma rustica. ¿Viste la película “El bosque”? ¿Recuerdas como vivían sus personajes? Parece que están en el siglo pasado hasta que se acerca el final de la película, cuando descubres la verdad y los motivos por los que viven así, pues esta gente vive así. Sin tecnología, no les gusta.
—¿No hay ataques?— preguntó Mouse.
Levine negó con la cabeza. —Y cuando alguien muere soy yo el que se ocupa de llevarse el cuerpo lejos. Conocen la existencia de esos seres, pero para ellos no son más que demonios. Se pasan rezando varias horas al día en una hernita y aunque soy un poco escéptico en estos temas parece ser que por algún extraño motivo funciona. Los caminantes no se acercan.
—¿Y que hay de los saqueadores? No creo que un lugar así pase desapercibido por los maleantes. Un lugar así es una mina de oro.
—Ni se acercan. Hay guardas las veinticuatro horas del día y están armados. Son rústicos, pero no son unos cualquiera. Algunos tienen una puntería asombrosa. Aunque no es que tengan muchas armas.
Yo había estado pensativo mientras escuchaba a Levine hablar, fue entonces cuando me acerqué a el. —¿Aceptarían a más gente de fuera? Tenemos heridos y mi mujer está embarazada. ¿Crees que si vamos nos dejarían quedarnos? Ayudaríamos en todo y nos adaptaríamos a su modo de vida. Conseguiríamos comida para todos.
—¿Hablas en serio?— preguntó Johana.
—Es un lugar como ese el que estamos buscando con tanta desesperación. Buscando un lugar como ese llevamos dando vueltas desde que dejamos Manhattan. Ahora mismo tenemos esa oportunidad que tanto deseamos. Podemos serles de ayuda, podemos ayudarnos los unos a los otros. Podemos convivir en paz— dije con una sonrisa.
Levine nos miró. –Puedo hablarlo con su líder y que el decida. Es un hombre razonable con el que me llevo bastante bien. El fue quien me acogió allí cuando me encontraron dormido en un granero. Podrían haberme echado y no lo hicieron, pero mi sola palabra no bastará. Necesitaría que tu vinieses conmigo— me miró a mi.
—¿Por qué yo?— pregunté.
—Bueno. Tú eres el líder del grupo, tú eres quien está al mando. Lo más normal es que seas tu quien venga conmigo. Si saliésemos ahora llegaremos en un par de horas si vamos a pie.
—Podemos coger los vehículos, desmontar el campamento e ir todos— sugirió Johana. –Es mucho mejor que dejar que solo el vaya contigo. ¿Cómo sabemos que podemos fiarnos de ti?
—No. A mi me parece bien— respondí. –Si vamos todos a la vez en los vehículos podría ser demasiado violento para ellos. Podrían malinterpretar nuestras intenciones. Iré yo solo con Richard y volveré al campamento con una respuesta de los Amish. No está muy lejos. Es muy posible que mañana antes del medio día esté de vuelta… Y de el nos podemos fiar. ¿Verdad?
—Por supuesto— respondió Levine. —¿Nos vamos entonces?
—Vamos— respondí.
Después de la conversación regresamos al campamento con Levine. Allí les conté todo a los demás, el don de Levine y lo de la aldea de los Amish. A la gran mayoría les pareció una idea genial y estaban de acuerdo.
Me fui al autobús para prepararme el equipaje de viaje. Iba a necesitar comida, agua, linterna y munición. Entonces me abordó Eva.
—¿No puedes parar ni un momento? ¿Por qué tienes que irte tú con ese tipo? Será de fiar y todo lo que tu quieras, pero no veo normal que seas tu el que tenga que ir a todas partes cuando ocurre algo, deja por una vez que sea otro el que se encargue. Te recuerdo que estás dejando atrás a tu mujer embarazada y a tu hija de doce años. ¿Quieres escucharme?
Me giré hacia Eva. –Tengo que ir yo por que soy yo el que está al mando de este grupo. Y de momento no podemos ir todos. Tienes que entenderlo.
—¿Y por que no le cedes a otro el mando de líder? ¿Por qué tienes que ser tú? Deja de ser el puto líder. Deja de cargar con esas responsabilidades. Deja de poner tu vida en peligro. Deja de irte dejándonos solas.
—Si esto sale bien lo de ser el líder terminará. Te lo prometo, pero ahora tengo que irme. Esta será la última vez. Estaré de vuelta antes de lo que piensas y traeré buenas noticias.
Eva no respondió, se dio la vuelta y salió del autobús dando grandes zancadas. Entonces la que entró fue Katrina. La cual se quedó observando por la ventana, viendo como Eva se metía en el auto caravana.
—Está enfadada ¿Eh?
—No le falta razón en realidad. No es que esté siendo un buen marido ni un buen padre. Cuando pasa cualquier cosa siempre estoy yo allí el primero como si no me importasen nada, pero es que son muchas más de dos vidas las que están bajo mi responsabilidad. Pienso en ellas en todo momento, pero al mismo tiempo pienso en los demás. No quiero perder a más gente. Ya he perdido mucha. Y ahora hago esto por que realmente creo que esa aldea puede ser ese lugar que tanto hemos estado buscando. Tenemos que intentarlo.
—Yo te comprendo, pero también la comprendo a ella. Tiene miedo de que te ocurra algo, pero tiene miedo de que vuelva nuestro hermano a por ella para intentar llevársela— En ese momento miré a Katrina.
—¿Cómo sabes lo de Carlos?
—Cuando ibas dormido de camino a Macon te escuché hablar en sueños. Mencionabas a Carlos, a Eva, el embarazo. Lo llamabas asesino. Después de eso hablé con Johana y ella me lo contó absolutamente todo. No te enfades con ella por habérmelo contado, se preocupa por ti más de lo que piensas. Aunque esto me lo tendrías que haber contado todo. Ese capullo es también mi hermano, aunque no me alegra saber que es un cabronazo de cuidado y que podría venir a jodernos en cualquier momento. Aunque por otro lado estoy muy tranquila, se que no me temblará el pulso cuando me lo tenga que cargar. En lo que a mi respecta no es un hermano.
—Entonces. Ojala fuera como tú— respondí cerrando la mochila. Ya había terminado de preparármela. Salí del autobús y me dirigí hacia donde estaba Levine. Sentado sobre el capó de un coche. –Voy a despedirme de mi hija. Enseguida nos vamos.
—Tomate tu tiempo— respondió Levine.
Me di la vuelta y me fui al lugar donde estaba Diana vigilando a los niños. Allí estaban Cindy, Vicky, Rebeca, Luke y otros niños. Me acerqué y le puse la mano en el hombro a Diana. Era mi forma de decirle que estaba haciendo un buen trabajo, era una forma de que me entendiera, eso la hacía sonreír.
—Vicky— llamé a mi hija y esta dejó de jugar con los demás para venir hacia mí.
—¿Qué ocurre?— preguntó Vicky.
—Tengo que irme y necesito pedirte un favor. ¿Llevas tu arma?
Vicky me la enseñó y sonrió. —¿Quieres que vaya contigo?
Yo sonreí. –No. No es eso. Quiero que tengas el arma siempre a mano por si pasa algo. Quiero que cuides de mamá hasta que vuelva, no está muy contenta conmigo.
—¿Y de que te extraña?— preguntó en ese momento Vicky. –Siempre te estás marchando. Es normal que se enfade. ¿Te ha abofeteado?
Yo fruncí el ceño y dejé escapar una pequeña sonrisa. –No. No me ha abofeteado.
—Pues debería haberlo hecho. Te lo mereces— respondió Vicky. Entonces ella me dio una pequeña palmada en la mejilla. –Ya estamos en paz.
—Vale. Ahora que ya has cumplido tu venganza, necesito que hagas lo que te pedí. Yo volveré mañana antes o después del amanecer. Si esto sale bien, tendremos un hogar seguro— justo cuando dije eso, los demás niños me miraron.
—¿Significa eso que nadie más morirá? ¿Nadie más estará a punto de convertirse en caminante?— preguntó Luke dejando de jugar con el palo que estaba clavando en el suelo.
—Posiblemente— respondí, entonces me fijé en como Luke agachaba la cabeza y volvía a lo suyó. Entonces me fije que había dibujado como una cabeza en el suelo. Me levanté para acercarme y vi que había dibujado en la tierra una cara muy similar a la de un caminante. —¿Qué haces?
—Juego a matar caminantes. Como vosotros. Yo también quiero proteger. Quiero ser un hombre. Se que para matar caminantes hay que darles en la cabeza.
En ese momento le puse una mano en el hombro y le sonreí. –Te prometo que cuando seas más mayor, yo mismo te enseñaré a disparar con buena puntería.
—¿De verdad señor?
—De verdad— me levanté y me alejé de Luke. Me volví a acercar a Vicky y le pedí que me siguiera. Me la llevé junto a un vehículo alejado de los demás niños. Allí comencé a hablarle. –Cariño… ¿Hablas mucho con Luke?
—Es un niño raro. Es un poco malo. Se mete mucho con nosotras. Una vez le dijo a Rebeca que si alguna vez se convertía en caminante la mataría para protegernos a los demás. Que quiere ser un hombre, lo dice mucho. Una vez dijo que iba a robar un arma para ir a matar caminantes.
Desde mi posición miré a Luke. Este seguía a lo suyo, miré a Vicky. –Necesito que me hagas un favor. Tú pasas mucho más tiempo que el. Con Luke. Quiero que lo vigiles.
—¿Por qué? ¿Crees que el puede haber sido el asesino?— preguntó Vicky
—No lo se cariño. No quiero pensarlo, pero quiero que lo vigiles, que tengas mucho cuidado y que no le digas nada a nadie por el momento. No quiero que la gente se asuste y que pueda suceder algo irremediable. Estas cosas son delicadas y se que tú sabrás que hacer y que me guardarás el secreto. ¿Vale?
Vicky asintió y ambos nos abrazamos. Seguidamente me puse de pie y mientras Vicky volvía con los demás niños, yo me fui a buscar a Levine.
—¿Ya estás listo? Pues vamos— dijo Levine. Seguidamente ambos comenzamos a caminar por el bosque en dirección a la aldea Amish de la que Levine me había hablado. Esperaba tener suerte y que nos dejaran quedarnos. La idea de una aldea segura me parecía más sensata que ir a un lugar a buscar un barco con el que poder ir a buscar alguna isla, una que no sabíamos si existía y de existir, no sabíamos si estaba habitada.

En algún lugar de Arizona…

David no había vuelto a ver a Carlos desde el día que habló con Alicia y se lo cruzó por el pasillo. Ignoraba si seguía vivo, ignoraba si los demás seguían vivos o de lo contrario los habían matado. Sus captores le habían llevado de comer, lo que parecía sopa con carne, agua, pan y fruta. David por precaución no había tocado la carne, le angustiaba pensar que esa carne pudiera ser humana. Muchas veces se ponía de pie, aporreaba la puerta y las paredes deseando que lo escucharan, pero enseguida recordaba que eran salas insonorizadas, pero aun así gritaba hasta quedarse dormido.
Aquella noche estaba apunto de quedarse dormido cuando escuchó el sonido de la puerta al abrirse. Estaba tan harto que pensó en saltar sobre el que entrara y que fuera lo que dios quisiera. Se puso en pie a la vez que la puerta se abría y justo cuando iba a saltar sobre aquel que entrara se encontró con Carlos y otros dos hombres.
—Hora de irnos. Nos dejan marchar— dijo Carlos.
—¿Qué? ¿Qué?— preguntó David estupefacto. ¿De que estás hablando?
—Nos vamos de aquí. Nos dejan que nos vayamos. Alicia está bien. Nos están esperando en nuestros vehículos.
—¿De que va esto? ¿Cómo que nos dejan marchar?— preguntó David totalmente perdido. No entendía nada de como podía ser que los estuviesen dejando marchar. No le cuadraba para nada. Aun así salió de la sala y siguió a Carlos y a los tipos. Siguieron por un pasillo y llegaron a un montacargas. Se subieron a el y este comenzó a moverse. Cuando llegaron al piso superior, David vio que se encontraban en una especie de garaje. —¿Qué es este lugar? ¿Dónde estamos? ¿De que va esto?— entonces Carlos lo agarró del brazo y se acercó a el. –Déjate de preguntas estúpidas. Nos están dejando marchar y eso es lo que importa. No hagas nada que pueda incomodarles. Simplemente cállate. Simplemente haz lo que yo diga.
Salieron del garaje escoltados por varios hombres hasta que llegaron a los vehículos. Carlos le ordenó a David que subiera mientras Carlos se quedaba fuera con aquellos tipos. Nada más subir se encontró con Alicia y Cristian, pero ella estaba muy callada. Vio a Butch, callado también. El resto de la gente estaba en silencio también. Vio a Sandra entre la multitud, quiso acercarse, pero entonces se dio cuenta de que faltaba gente. Faltaban al menos diez personas, una de ellas era Kyle.
—Alicia… ¿Qué está pasando aquí? ¿Dónde está la gente que falta?
—Cállate— murmuró en ese momento Butch.
Fue en ese momento cuando lo impensable apareció en la mente de David. Miró por la ventana y vio a Carlos hablando con los tipos que los habían capturado. Parecía que estaban bromeando. Entonces algo estalló dentro de David, fue como una explosión de rabia y salió disparado del autobús. Corrió a toda velocidad hacia Carlos y le asestó un puñetazo en la cara. Ambos cayeron al suelo y rodaron mientras los tipos se reían.
—¡¡¡¡Hijo de la gran puta!!!! ¡¡¡¡Cabrón!!!!
Carlos forcejeó con David y logró inmovilizarlo en el suelo poniéndole la rodilla en el cuello. –Si empiezas a pensar con la cabeza, tal vez me entiendas y salgamos vivos de aquí. Deja de armar follón.
—¿Por qué? ¿Por qué? ¿Merecía la pena vender a la gente que confió en ti y te siguió? ¿Qué los hace inferiores a ti? ¿Qué te hace superior para decidir estas cosas? Estamos todos juntos en esto. ¿Qué pasará cuando vuelvas a estar en un apuro? ¿Nos venderás a nosotros también? ¿Venderás a Alicia y a mis hijos? Eres basura. Quieres ser un líder como tu hermano, pero no eres más que basura. ¡¡¡Cabrón!!!
Carlos le asestó un puñetazo en la cara y luego otro. David estaba muy débil y apenas podía defenderse. Carlos sin embargo estaba en plena forma. –Tómatelo como quieras, pero os he salvado la puta vida. Ahora levántate, cierra la puta boca y vete a los vehículos.
David se zafó y se apartó de Carlos. Entonces se puso de pie para intentar lanzarse nuevamente sobre Carlos, pero este sacó su arma y le apuntó. –Vete al puto autobús.
David contuvo la rabia y se dio media vuelta para irse al interior del autobús. Una vez Carlos se quedó a solas con los tipos siguió hablando. –Pues con esto queda cerrado el trato. No quiero que volváis a acercaros a nosotros. Ahora ya os conozco, os he visto la cara y me habéis engañado una vez trayéndome hacia aquí. No vais a tener otra oportunidad.
—Tranquilo. Con las diez personas que nos habéis dejado tendremos para una buena temporada. Aquí tienes— dijo el líder entregándole un papel. –Aquí es donde están esos dos gilipollas que os vendieron.
Carlos cogió el papel y se lo guardó. –No quiero ni oleros cerca de mi gente.
—Tranquilo. Tu solo preocúpate de no meterte en nuestro territorio y todos estaremos contentos. Además, hay veces que no puedo controlar a mis chicos. Algunos van a su puta bola. Si volvéis a entrar en nuestro territorio probablemente la historia se repita. Algunos ya le habían echado el ojo al crio. Y créeme, algunos de mis chicos son unos degenerados. Hay veces que se tiran a la comida. Te contaría una anécdota con unas chicas que encontramos vagando solas, pero no creo que tengas estomago para escucharlo.
Carlos no volvió a decir nada. Se dio la vuelta y se subió al autobús en silencio. Se puso al volante y se fue alejando de allí sin volver la vista atrás. Aunque Carlos sentía los ojos de David clavados en su nuca. Sabía que era una mirada cargada de odio.

Bosque…
Día 1 de Abril de 2010
Día 642 del Apocalipsis…
06:00 de la mañana….

Levine y yo llevábamos caminando toda la noche por el bosque. Estaba amaneciendo. El viaje había sido mucho más largo del que yo pensaba y Levine no había dejado de hablar. No se callaba, imaginaba que era por que hacía mucho tiempo que no hablaba con nadie. En ese momento llegamos a un camino.
—La aldea está cerca— dijo Levine. Está a cinco o diez minutos de donde estamos nosotros. Ya queda poco.
Seguimos caminando y llegamos a lo que parecía un muro. Yo me quedé sorprendido cuando Levine hizo unos sonidos similares a los de un pájaro. Segundos después un hombre armado con un rifle se asomó y nos alumbró con una linterna.
—Soy yo. Soy Levine, traigo a alguien que quiere hablar con Malaquias Es importante.
El hombre desapareció y Levine y yo nos quedamos esperando. Un minuto después apareció aquel hombre acompañado de otros siete. Todos tenían una poblada barba, incluidos los más jóvenes. La barba distintiva de los Amish. Dos de ellos se acercaron a mi y comenzaron a cachearme mientras otro hablaba con Levine.
—Sabes que a Malaquias no le gustan los extraños. ¿En que estabas pensando? Esto podría acabar con tu destierro. ¿En serio quieres jugártela?
—Cállate y toma— dijo Levine sacando una caja de puros de la mochila. –Tus favoritos.
—Gracias hombre— en ese momento me miró. —¿Y bien?
—No lleva nada. Solo lo que vemos— dijo el que acababa de cachearme, entonces se plantó delante de mí. –Deberás entregarme tu arma. Es por precaución. Te la devolveremos cuando comprobemos que es seguro.
—Este es legal. No creo que sea necesario todo el protocolo— dijo Levine.
—No importa— dije entregándole mi fusil al que me había cacheado.—Hay que mostrar la bandera blanca desde el principio para que se sepa que uno va de buena fe. No soy peligroso y es lo que quiero demostrar.
Después de eso fui conducido varios metros por el bosque. Caminamos junto al muro, pude fijarme que lo habían construido con maderas y hormigón. Me fijé también en que algunos nos seguían caminando por encima de el. Suponía que lo hacían por si yo intentaba algo. Llegamos a una puerta que enseguida abrieron. Pasamos al interior y me fijé en la construcción del interior, había como unas pasarelas de madera  pegadas al muro por donde se movían los vigilantes. En otro punto había una torre de vigilancia, de madera también. Pude ver varias casas, una pequeña iglesia y un pozo. Las personas estaban desperdigadas. Conté al menos treinta personas entre hombres, mujeres, niños y ancianos. El lugar era mucho más grande de lo que me imaginaba, incluso vi a un hombre llevando un rebaño de cabras.
—Es más de lo que te esperabas ¿Eh? A mi también me sorprendió esto… Y aun no has visto nada. Hay un gran granero ahí detrás— dijo Levine señalando unos arboles, justamente detrás podía ver el granero. –También hay unos establos. Y un poco más allá hay un lugar desde donde se puede ver una puesta de sol. Es un lugar magnifico.
—¿Vas a llevarle a casa de Malaquias?— preguntó uno de nuestros escoltas. –Creo que está en su casa. Hace un rato estuvo dando un paseo.
—Bien. Sígueme— dijo Levine llevándome hasta una casa. Nada más llegar llamó a la puerta y una voz de hombre que sonaba bastante agradable nos invitó a pasar. Cuando entramos me encontré con una casa que no era propia de un Amish. Había luz eléctrica y se escuchaba música. Recorrimos el pasillo y llegamos a un salón. Allí de espaldas a nosotros había un hombre grueso, cuando se dio la vuelta y le vi la cara me pareció el típico hombre bonachón. Otra cosa que me llamó la atención fue que además de no tener un solo pelo en la cara como los demás, este vestía una ropa muy similar a la de los sacerdotes. Este al verme sonrió y caminó hacia mí con la mano tendida hacia delante.
—Soy Malaquias— este me miró y sonrió. –Imagino que esperabas otra cosa. No se, algo un poco más parecido al estilo Amish. Es comprensible tu cara de sorpresa. Por favor, toma asiento. ¿Puedes decirme como te llamas?
—Juanma— respondí estrechándole la mano. –De Juan Manuel…

—Juan… Como Juan Bautista. El que dio bautismo a Jesús de Nazaret. Me alegra tenerte aquí. Aunque no te lo creas ya te había visto antes en sueños. Te vi caminando hacia aquí. Ibas caminando sobre flores. Eras algo así como el mesías. Bien. ¿De que quieres hablar conmigo? Debe ser algo importante cuando has solicitado una audiencia conmigo. Te escucharé atentamente.

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