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sábado, 6 de junio de 2015

NECROWORLD Capitulo 78

Día 24 de Enero de 2010
Día 581 del Apocalipsis…
Manhattan… calles…
07:53 de la mañana…

Les había llevado más tiempo del que pensaban, gran parte de la culpa la habían tenido los No Muertos, el frio y las fuertes lluvias. Habían salido una hora y media después de que Mike hablara con sus hijos, y luego con la llegada de la noche habían tenido que refugiarse dentro de una tienda, donde se habían estado alimentando de latas de conserva. Tuvieron que dar varios rodeos, pero por fin habían llegado a la parte de Manhattan donde antes había prosperado la comunidad de Graham. Las calles estaban vacías, vacías al menos de vida humana. Todo lo que habían visto eran caminantes.
—Esta ciudad ya no es lo que era… Ni lo será— dijo Butch pateando la cabeza de un cadáver que estaba en el suelo. –Putos bichos.
—Ten un respeto por los muertos ¿Quieres?— le dijo Mike a Butch. —No sabes las circunstancias de su muerte. Puede que hace unas horas estuviera tan vivo como nosotros.
—Un cadáver es un cadáver tío— respondió Butch pateando de nuevo el cuerpo. –No me pidas que tenga respeto por un pedazo de carne podrida— en ese momento Butch cayó al resbalarse con el agua. Se hizo tanto daño que lanzó un aullido de dolor y maldijo las lluvias.
—Silencio— pidió Mike. –Creo que he escuchado algo.
—Claro que has escuchado algo. Han sido los huesos de mi culo al romperse. Menuda hostia me he pegado— vociferó Butch. –¡¡¡¡Odio las lluvias torrenciales!!!! ¡¡¡¡Odio…!!!!— Butch no terminó la frase. Mike lo levantó de un tirón y le tapó la boca, seguidamente, Mike tiró de Butch hasta que lo llevo a la puerta de una tienda de joyas que parecía que había sido saqueada con anterioridad. Butch se soltó y miró a Mike —¿Qué coño estás haciendo?
—¿No escuchas eso? Es como el sonido de un motor y de unos neumáticos.
Butch se quedó en silencio. Iba a responder cuando vio una ambulancia pasar por la calle que se cruzaba con la calle donde se encontraban ellos. Iba surcando las aguas de las calles haciendo que se levantaran olas hacia los lados. Mike se fijó bien en quien iba de copiloto, pasó muy rápido, pero no podía haberse equivocado de persona. Cuando la ambulancia pasó, la mirada de Mike volvió a encontrarse con la de Butch.
—No se si lo viste. Pero ese que iba de copiloto era Juanma. No se hacia donde se dirigen, pero juraría que van en dirección al Garden. Tengo esa corazonada.
—¿Y se puede saber que cojones buscan en el Garden? ¿Y que coño hacen en una ambulancia?— las preguntas de Butch estaban sacando de quicio a Mike. Podría pegarle un puñetazo y así hacer que se callara, pero no creyó que mereciera la pena.
—Vamos a seguirles. Luego iremos a buscar a mis hijos y nos marcharemos de aquí— dijo Mike. Seguidamente, el y Butch salieron de su escondite y comenzaron a seguir la calle por donde se había ido la ambulancia. El Madison Square Garden no quedaba muy lejos de allí. Era seguro que se dirigían allí. ¿A dónde si no se dirigían entonces?

Manhattan…
Madison Square Garden…

Zero siguió a uno de sus hombres. Este le había asegurado que había encontrado algo interesante, tanto, que no podía esperar y tenía que mostrárselo cuanto antes. Llegaron a una puerta doble y el hombre de Zero enfocó los dos mangos de la puerta con la linterna. Estos estaban encadenados y tenían un gran candado en el centro. Luego Zero enfocó a su hombre directamente a la cara.
—Oh si. Es un gran descubrimiento. ¿Para esta mierda me haces venir? ¿De que vas?
En ese momento el hombre de Zero sacó una palanca y golpeó el candado, este se abrió enseguida. Seguramente estaba en malas condiciones. Seguidamente abrió las puertas y enfocó con la linterna al interior. Allí habían varias estanterías donde reposaba todo tipo de armamento: fusiles, rifles, ballestas, escopetas, pistolas y armas blancas. En otra estantería había municiones y en otra había explosivos y en el fondo de la sal vieron varios carros de la compra. El hombre de Zero siguió enfocando y vieron más estanterías donde se amontonaban cajas de raciones de comida y mantas. Aquello era como unos grandes almacenes. Zero pasó al interior con una sonrisa enorme.
—Retiro lo dicho. Esto es una mina de oro. Aquí hay tanto armamento que podríamos reconquistar la ciudad. Puede que tras nuestro asalto al polvorín decidieran traerlo todo aquí para ocultarlo de nosotros. Ahora que hemos perdido tanto nos vendrá de lujo. ¿Cómo lo encontraste?
—Es obvio que cuando algo está protegido así oculta algo importante. Supongo que había guardas las veinticuatro horas. Al menos hasta que iniciamos el ataque. Después de eso quedó abandonado. Digamos que es un regalo de los dioses. ¿Qué hacemos con todo esto?
—De momento nada. Nos esperaremos unos días más y luego saldremos ahí fuera cargados con todo esto a cazar caminantes. Lo más importante es coger una zona de la ciudad donde podamos movernos tranquilamente mientras preparamos unas defensas mejores en la ciudad. En unos pocos meses, la ciudad entera podría ser nuestra. La suerte vuelve a estar de nuestra parte.
Zero estaba pletórico con el descubrimiento. Desde luego no esperaba algo así.
*****

La ambulancia conducida por Rachel paró cerca de una de las puertas del gran estadio. Era una de las salidas de emergencia al parecer. No nos habían seguido No Muertos, lo cual era estupendo. David y yo íbamos delante en la ambulancia junto a Rachel. En la parte trasera iba Carlos. Rápidamente nos bajamos y yo fui a abrir la puerta trasera mientras David y Rachel se acercaban a la puerta de emergencia, cuando Carlos salió me miró.
—Final del trayecto supongo.
—Venga. Vamos— le dije a la vez que le hacia un gesto con la cabeza. –No hagas nada de lo que puedas arrepentirte— le dije finalmente, dándole a entender que todavía le faltaba mucho para volver a ganarse mi confianza.
—Descuida. Se lo que me juego— respondió Carlos mientras recordaba una conversación que había tenido con Alicia durante la noche. Había estado hablando con ella sobre Juanma y sobre el hecho de estar vagando por ahí. Diciéndole que no era buena idea ir por ahí sin saber a donde ir, y menos con un crio de la edad de Cristian. Carlos había estado jugando sus cartas para hacer daño a su hermano.
Carlos y yo nos acercamos a la puerta de la salida de emergencia y vi a Rachel usando unas cizallas que había cogido de uno de los pisos antes de partir. Ella ya había previsto que nos íbamos a encontrar una cadena en esa puerta. Cuando la quitó nos hizo un gesto para que la siguiéramos al interior. Cuando entramos cerramos la puerta y por fin pudimos sacudirnos el agua de encima y encender las linternas. Allí dentro hacía calor, aunque seguramente era una sensación que me daba debido a que acabábamos de estar en el exterior y que habíamos cambiado de temperatura.
—Esta puerta la dejaron cerrada por que no la necesitaban. Nadie la usaba. Supongo que no pensaban que podrían pasar cosas como esta— dijo Rachel refiriéndose a la caída de la ciudad. –En resumen. Cosas del ego del ser humano, que se cree que nada puede con el.
—Pues le ha ido de culo al ego— respondió David con sorna.
Carlos y yo encendimos las linternas y empezamos a alumbrar en todas las direcciones dentro del pasillo. Entonces David comenzó a hablar.
—Cuando estuve en el hospital vigilando a Levine. Escuché a dos soldados hablar de que habían llevado las armas y demás material al Madison Square Garden tras el asalto y robo del polvorín. Deben estar en alguna parte del estadio. Quizás en uno de los almacenes. Supongo que nos será fácil encontrarlo, ya que lo guardaban bajo llave. Resumiendo: cadenas y candado.
—El problema es que el estadio es grande de cojones. Nos llevará unas cuantas horas encontrar ese pequeño polvorín— respondió Carlos con ironía.
En ese momento, Rachel que iba a la cabeza nos hizo una señal de alto y nosotros nos paramos. Entonces en voz baja nos hizo que nos escondiéramos. Sin preguntas lo hicimos. Corrimos a escondernos debajo de las escaleras y esperamos. No tardamos en ver a un tipo armado con un fusil bajar las escaleras. Lo veíamos desde las sombras, pero enseguida tanto Rachel como yo lo reconocimos, yo lo había visto antes en los túneles. Sin embargo Rachel lo reconoció más. Entonces me miró a mí.
—Este es uno de los hombres de Zero— me dijo en voz baja. –Si este está aquí… Puede que no solo esté acompañado… Si no que es posible que Zero esté aquí también.
Zero era aquel tipo rubio con gafas que conocí en los túneles y que pretendió matarme. El era el mayor responsable de lo que había ocurrido en Manhattan. El y su ambición habían provocado una guerra de proporciones catastróficas para ambos bandos, provocando gran cantidad de bajas, bajas que se habían dado por causas como el engaño y la manipulación. Pensar eso me hizo apretar los puños con fuerza. En ese momento vi como mi hermano salía de entre las sombras y se plantaba en el pasillo a espaldas de aquel tipo. No sabía que pretendía.
—¡¡Eh!! Armario de dos puertas— dijo mi hermano levantando las manos. Por un momento pensé que nos iba a delatar. –Verás, estaba paseando a mi perro y creo que se ha perdido. ¿Sería mucho pedir que me echaras una mano? —El tipo se dio la vuelta y miró a mi hermano con expresión de sorpresa, entonces reaccionó y le apuntó a la cara con el fusil. –Calma, calma. No busco bronca ni nada parecido. Tampoco voy armado, puedes registrarme si quieres. Luego entonces quizás puedas ayudarme a encontrar a mi perro— El tipo se acercó a Carlos y comenzó a registrarlo mientras no dejaba de apuntarle. Entonces Carlos con un rápido movimiento sacó un cuchillo de dios sabe donde y lo clavó en la sien de aquel hombre. El cual se quedó rígido en el acto, fue tan rápido que ni siquiera pudo gritar o disparar.
El cuerpo del tipo cayó de lado y Carlos se apresuró a registrarlo. Seguidamente lo agarró por las axilas y se lo llevó a rastras para ocultarlo. Cuando lo escondió nos miró. –Será más fácil si nos vamos quitando obstáculos del camino. ¿No creéis? Este tío llevaba este fusil y un único cargador. Tíos como este mueren enseguida cuando se ven rodeados por caminantes, le he ahorrado una muerte dolorosa dándole una muerte más digna… Aunque sea un escoria y ellos merezcan morir como las ratas que son— con la palabra escoria vi que miró a Rachel también. Entonces se levantó colgándose el fusil al hombro y guardándose el cargador en el bolsillo. —¿Seguimos?
Comenzamos a caminar otra vez y cuando Carlos pasó junto a Rachel, esta lo agarró del brazo. –La próxima vez que la palabra escoria salga de tu boca para referirte a algo o a alguien que no seas tu mismo, me encargaré de que no la abras más. ¿Te ha quedado claro o te lo tengo que decir de otra manera?
Entonces Carlos se encaró con Rachel. –No vuelvas a tocarme o te aseguró que te haré sufrir. Y no lo haré directamente— Carlos acercó su boca al oído de Rachel. –Me ocuparé de tu novia. No la mataré a la primera. Primero haré que veas como la violo una y otra vez. Quizás la haga disfrutar tanto que la vuelvo heterosexual.
Las palabras envenenadas de Carlos se clavaron en Rachel. Tanto que ni siquiera reaccionó. Cuando vi que no nos seguía me di la vuelta y caminé hacia ella, justamente antes de llegar junto a ella me crucé con Carlos, el cual me dedicó una sonrisa, una que se me pareció fría y de satisfacción. Tuve que zarandearla para que volviera en si.
—¿Qué te pasa? ¿Estás bien? ¿Qué te dijo mi hermano?
—Es un maldito monstruo. No podemos llevarlo con nosotros cuando nos vayamos— respondió Rachel mirándome con los ojos llorosos. –Hay que deshacerse de el. Cuanto antes mejor.
—Déjalo en mis manos. Lo tengo todo planeado. Cuando todo esto acabe, no tendremos que volver a preocuparnos por el. No quisiera ser tan drástico por que es mi hermano, pero no me lo está poniendo nada fácil.
—¿Vas a matarle?— preguntó Rachel
—No creo que pueda. Es un cabrón y queda poco o nada de lo que fue mi hermano, pero aun así… No deja de ser mi hermano. Si lo matase me comerían los remordimientos.
—¿Y por que no dejas que lo haga otro?
—Por que los remordimientos acabarían conmigo. No podría cargar con la muerte de mi hermano a mis espaldas. No es lo mismo que si lo dejamos tirado de alguna manera. Se que ahí se las arreglara para sobrevivir— le expliqué a Rachel en voz baja mientras subíamos unas escaleras.
—Pero será terrible si luego nos encuentra— respondió Rachel. –Sabes muy bien de que es capaz.
—Lo se, por eso habrá que hacer todo lo posible para que no nos encuentre. Como ya he dicho, lo tengo planeado. He tenido toda la noche para pensarlo. Cuando salgamos de la ciudad no tendremos que volver a preocuparnos por el.

Manhattan… Bloque de apartamentos…

Eva entró por la puerta de su apartamento cargada con varias mantas y ropa de abrigo que había estado sacando de otros apartamentos. Llevaba así desde que los grupos se habían largado. Era algo que había decidido y que había comentado al resto de los que se habían quedado allí. Todos estaban aportando su granito de arena. Alicia estaba saqueando las despensas de todos los apartamentos, consiguiendo latas de conserva y botellas de agua vacías que entre ella y la periodista habían comenzado a llenar con el agua de lluvia.
—¿Por qué estás amontonando tanta ropa y tantas mantas?— preguntó Vicky de repente asomándose por encima del sofá.
Eva al verla aparecer de repente se sobresaltó. Se llevó la mano al pecho. –No vuelvas a hacer eso. ¿Quieres que me de un infarto?— Eva se sentó en una silla mientras que Vicky se acercaba. Cuando la tuvo enfrente, puso la mano sobre la mejilla de la niña. –Acumulo todo esto por que el invierno aun no ha pasado y hace mucho frio ahí fuera. Lo vamos a necesitar para no morirnos de frio. Ya sabes que esto no es España ni donde tú vivías. Las temperaturas no son las mismas.
—Ya lo se— respondió Vicky. –Pero es mucho.
—Eso es por que vamos a ser muchas personas, y es por eso por lo que tía Alicia está reuniendo mucha comida. Aun no sabemos a donde vamos a ir y por eso hay que prevenir las cosas que pueden pasar por el camino— le explicó Eva a su hija adoptiva.
En ese momento escucharon un ruido y Vicky corrió hacia la ventana. Se asomó y vio tres autobuses escolares pasar por la calle, no eran muy grandes, pero tampoco eran pequeños, eran de un tamaño medio. El grupo encabezado por Juan había cumplido con su objetivo y habían regresado muy rápido. Eva y la niña dejaron todo lo que estaban haciendo y se dirigieron en dirección al garaje, bajando los escalones rápidamente. Cuando llegaron vieron como ya estaba entrando el tercero y ultimo de los vehículos mientras se apresuraban a cerrar la puerta del garaje.
De uno de los vehículos se bajó Juan, este vio a Eva y se acercó. —¿No han vuelto todavía?
Eva negó con la cabeza. –No, todavía no.
—Lo del Garden no es un paseo. Es probable que hayan tenido que dar varios rodeos. Y tampoco es que esté muy cerca. En vehículo se tardan unos diez o quince minutos desde aquí. Súmale unos cuantos minutos más si tienen que dar rodeos. Una vez allí tienen que encontrar el arsenal y luego cargarlo todo en la ambulancia. Luego está todo el camino de regreso. Nosotros hemos acabado pronto por que estábamos cerca y por que hemos tenido la suerte de conseguir los autobuses ya con el depósito lleno— intervino Johana. –De todos modos habrá que ir pensando en que hacer si no vuelven antes del plazo acordado. Entonces si deberemos preocuparnos e ir a por ellos.
—Mientras tanto solo nos queda confiar— respondió Eva –Debemos confiar en ello.
En ese momento Johana sonrió. –Oh. Es cierto. Se me olvidaba que tus dos hombres están ahí. Lo que no me queda claro es a cual de los dos te tiras por el día y a cual por la noche. Y si, se que mientras pensabas que uno estaba muerto te abrías de piernas con el otro— Eva no respondió y Johana se alejó de vuelta a los apartamentos.
—¿Qué le pasa a esa tía?— preguntó Eva.
—A mi no me preguntes. Para mí todas estáis como cabras— respondió Juan. —¿Te importa si me doy una ducha en tu casa?
—No. Claro que no. Mi casa es tu casa— respondió Eva.
Juan también se marchó y entonces Alicia se acercó a Eva. –Esa tía es una guarra. No la soporto. Ni a ella ni a su ironía. ¿Sabes que se acostó con David? Y no le importó soltarme la indirecta delante de todos.
—A mi lo que me preocupa es que todos sepan lo de mi desliz con Carlos. Solo fue un error del que me arrepentí enseguida— Eva negó con la cabeza. –Mira. Lo mejor será que comencemos a cargar todo lo que hemos acumulado. Así saldremos de aquí cuanto antes. Avancemos con el trabajo.
Eva y Alicia salieron del garaje y comenzaron a subir los escalones de vuelta a los apartamentos.

Manhattan… Túneles…

—¿Cuándo fue la última vez que la viste con vida?— preguntó Mouse agachándose para mirar al profesor directamente a los ojos. Alguien había asesinado a la chica y estaba claro que ni el, ni Sandra habían sido. Solo les quedaba un único sospechoso. El profesor que nunca hablaba. –Te he hecho una pregunta. Respóndela. Aquí han asesinado a una chica. Y estoy completamente seguro de que has sido tú. ¿Vas a hablar o no?— El profesor silencioso no hablaba. Únicamente se limitaba a mirar a Mouse a los ojos sin mostrar ningún tipo de expresión que le diera a Mouse una pista de lo que estaba pensando. –Habla ya. Maldita sea.
—¿Ha dicho algo?— preguntó Sandra acercándose.
—No. El tío se ha encerrado en si mismo y no suelta prenda, pero estoy completamente seguro que ha sido el. No hay otro— respondió Mouse. –Ha sido el. Yo no la he matado… Y si el no ha sido y yo tampoco entonces solo quedas tú.
—Yo tampoco he sido— respondió Sandra.
—El que la mató lo hizo con mucha frialdad. Fue directo a ello. Ni siquiera habló con ella. Se acercó y la mató. Simplemente eso. Y este tío encaja con la metodología de este crimen. Un hombre que no articula palabra y que parece en estado de shock no se libra de la sospecha. De hecho, creo que es solo un cuento chino. Ha sido el— Mouse señaló al profesor a la cara. –Y le voy a sacar la verdad.
—¿Qué es lo que vas a hacer?— preguntó Sandra.
Mouse en ese momento obligó a ponerse en pie al profesor. Este no dijo nada tampoco. Se limitó a dejarse llevar por Mouse. –Si no habla por las buenas tendrá que hacerlo por las malas. Quédate con los niños mientras yo le saco la verdad a este mierda.
Mouse se alejó de allí con el profesor mientras Sadra se quedaba de pie observándolos. Los observó hasta que se perdieron en la oscuridad del túnel. Ella sabía muy bien de que se trataba eso de sacar la verdad por las malas. Mouse iba a torturar a aquel hombre.

Manhattan…
Madison Square Garden…

Nunca antes desde mi llegada a Manhattan había recorrido esos pasillos en los que me encontraba en ese momento. Los cuatro recorríamos el pasillo con las luces de nuestras linternas a un mínimo de luz para no ser descubiertos.
—El lugar donde guardan el arsenal que pudieron salvar debe estar por aquí— anunció en ese momento David. Iba a seguir hablando cuando escuchamos unas voces. Rápidamente los cuatro apagamos las linternas y nos pegamos a la pared, ocultos detrás de una maquina de refrescos.
—Zero ha dicho que saquemos solo lo justo y necesario— dijo un hombre de voz grave y marcado acento europeo. Yo me asomé y entonces los vi saliendo por una puerta. Ambos llevaban un carro desde el que asomaban varias armas.
David también se asomó y vio lo mismo que yo. –Debe ser ahí donde guardan las armas. Han salido de esa puerta— dijo señalando.
Cuando los dos tíos que transportaban el carro desaparecieron doblando una esquina. Yo les hice un gesto con la mano a mi grupo para que me siguiera. Y así lo hicimos, pero siempre pegados a la pared y en el más absoluto de los silencios.
Llegamos a la puerta y posé mi mano sobre el tirador, entonces recé para que estuviera abierta. Tiré hacia abajo y la puerta se abrió lentamente. Incluso hice todo lo posible para que esta no emitiera ruidos. Habíamos tenido suerte, aquellos dos tipos no la habían cerrado.
—Está abierta. Vamos— les dije al tiempo que les hacía un gesto con la cabeza. Cuando íbamos a pasar y en un intento de que mi hermano y Rachel no pasaran mucho rato juntos, le pedí a ella que fuera hasta la esquina para vigilar si pasaba algo. El plan era salir de allí sin ser descubiertos. No entraba en mis planes el tener un enfrentamiento con aquella gente.
Con Rachel vigilando en la esquina, nosotros entramos en la sala y alumbramos con nuestras linternas. Ahí descubrimos que había más de lo que nos habíamos imaginado. Me miré el reloj y vi que eran las nueve de la mañana justas. Aun nos quedaba mucho por delante para que se cumpliera el plazo de encuentro, aun así había que darse prisa.
Nos adentramos todavía más y comencé a darles indicaciones para que fueran cargando más carros. Allí dentro había varios, seguramente los habían usado para el transporte de las armas. Cogimos uno cada uno y los fuimos llenando con todo tipo de armas y municiones. También cogí varios explosivos de distintos tipos, imaginaba que en algún momento nos podrían ser útiles.
—Juanma— la voz de David me hizo darme la vuelta. Cuando lo miré me lanzó un paquete. Cuando lo miré vi que eran raciones del ejército. La que me había pasado la había sacado de una caja que estaba abierta. Las cuales tenían el tamaño de una caja de microondas—¿Nos llevamos unas cuantas cajas?
—Coge un par, si— respondí al tiempo que dejaba en el carro unos cuantos fusiles. En ese momento vi que mi hermano que estaba a la otra punta de la sala. Este parecía que se había guardado algo. —¿Qué te has guardado?
Carlos me miró. Entonces me mostró las palmas de sus manos para que viera que las tenía vacías. –No llevo nada. Te lo juro.
Por supuesto no me lo creí. Podía cachearle, pero no era ni el momento ni el lugar. Cuando ya casi teníamos los carros llenos apareció Rachel en la puerta. –Tenéis que daros prisa. Creo que están volviendo.
—Ya llenamos los carros. Podemos irnos— dijo en ese momento David pasando por mi lado mientras empujaba el carro que había llenado el.
Me preocupaba el sonido de lar ruedas y el choque del metal de las armas contra el metal del carro. Este era demasiado fuerte. Aun así cogí el mío y le dije a mi hermano que me siguiera. Teníamos que darnos prisa en salir de allí.
Deshicimos nuestros pasos a paso acelerado. Cuando estábamos alcanzando las escaleras por las que habíamos llegado hasta allí escuchamos una voz a nuestras espaldas.
—Alto ahí. No deis ni un paso más.
Me di la vuelta y entonces vi a ese tipo rubio y con gafas. Este estaba apuntando directamente a mi cara. Justo entonces aparecieron tres hombres más detrás de el.
—¿Pero que tenemos aquí? Un grupo de ladrones. Y no son unos desconocidos precisamente. Hola Rachel, me alegro de ver que no estás muerta. Así podré destriparte yo mismo— dijo el tipo rubio. –No hay nada que pueda hacerme más feliz.
Entonces nosotros alzamos nuestras armas y nos quedamos apuntándonos mutuamente con aquellos tipos. Estábamos igualados en número, aunque algo me decía que ellos cuatro no estaban solos. Entonces Rachel se adelantó unos pasos.
—Podemos hacer esto fácil Zero. No hace falta que nadie salga herido. Deja que nos larguemos tranquilamente y no hará falta que muera nadie. Acepta mi oferta.
—Podéis largaros si os da la gana, pero mis armas se quedan aquí. Dejad esos carros— respondió Zero. –O los dejáis u os matamos.
—No son tus armas. Vosotros las robasteis— respondió Rachel rápidamente.
—Esto ahora es mi casa, mi palacio. Las armas estaban aquí. Eso las convierte en mi propiedad. Dejadlas donde estaban. No pienso repetirlo muchas veces más.
—Nos vamos de la ciudad. Vinimos a por esas armas por que las necesitamos. Son vitales para nuestra supervivencia. Si os las damos nos estáis condenando a muerte— replicó David. –No os las vamos a dar.
—No es mi problema— respondió Zero –Vosotros decidís. O la vida o las armas. Las dos juntas no pueden estar en el mismo lugar. Si entregáis las armas viviréis.
—No te las vamos a dar— dije en ese momento. –Además. Aun os queda gran parte de ellas en esa sala. Tenéis más de las que necesitáis. No quiero un conflicto aquí.
—Pues me temo que será la única manera de solucionar este asunto. A menos que hagáis lo que he dicho y os larguéis por donde habéis venido.
En ese momento Carlos entró en la discusión. –Yo te propongo otra cosa capullo. O nos dejas ir con las armas o volamos todos por los aires— En ese momento vi como Carlos se sacaba algo de debajo de la camisa. Cuando me fije bien vi que se trataba de un cronometro. Cuando lo vieron, Zero y sus hombres palidecieron de golpe, lo que hizo que Carlos sonriera. –Si… Es lo que estás pensando. Es una bomba. A la cual le he activado el contador. Cuando llegue a cero saltaremos por los aires. Todos moriremos y las armas no serán para nadie. Deja que nos vayamos o a volar.
—¿Crees que nos asustas?— preguntó Zero. –Vas de farol.
—Más quisieras que fuera de farol. Esto no es el poker. Hablo muy en serio. Será mejor que te decidas por que el tiempo corre.
Por fin entendí que era lo que había cogido mi hermano. Era una bomba, seguramente pensaba usarla más tarde de alguna manera. ¿Quizás contra nosotros? Pero ahora, Carlos estaba defendiendo al grupo entero, mientras tanto, el contador iba llegando a cero. Puede que eso frenara a los hombres de Zero, pero también nos estaba poniendo en peligro a nosotros.
—Eres un estúpido. Te estás suicidando— dijo Zero dando unos pasos atrás. Entonces Carlos avanzó unos pasos también. —¿Qué coño pretendes?
—Deja que nos vayamos y no armes follón. Las armas nos las llevamos nosotros.
—Os coseremos a balazos— amenazó Zero
—Si de verdad quisieses hacerlo ya lo habrías hecho, pero no lo hiciste por que has deducido que llevábamos explosivos. Por eso no habéis abierto fuego, una bala perdida podría hacer saltar por los aires todo este estadio. Tenéis miedo. Oh, mira. Dos minutos.
En ese momento aparecieron más tipos por detrás de Zero. Eran ocho más. Estos alzaron las armas y nos apuntaron, pero entonces Zero les impidió disparar.
—No disparéis.
—Así me gusta. Que hagas lo correcto— Carlos nos miró a nosotros. –Id bajando las escaleras a la de ya. Tengo la situación bajo control.
Tal como Carlos había dicho. David, Rachel y yo comenzamos a bajar las escaleras con los carros cargados. Aun no asimilaba lo que estaba haciendo mi hermano. Nos estaba protegiendo y arriesgando la vida. Algo que no encajaba con el y las cosas que había hecho. Estaba tramando algo. Fue en ese momento cuando escuchamos la explosión, seguidamente de un temblor que hizo que nos agarráramos a la barandilla de las escaleras. Seguidamente apareció mi hermano saltando los escalones de dos en dos.
—¿Qué has hecho?— le pregunté cuando pasó por mi lado.
—Ganchillo ¿No te jode? —Seguimos bajando mientras Carlos me contaba lo que había hecho. –La bomba de verdad la dejé dentro de la sala del armamento. La que tenía en las manos era solo un despiste, había desconectado el contador del explosivo y aunque llegara a cero no iba a explotar. De hecho me servía para cronometrar el tiempo que quedaba para la explosión. Se la he metido doblada.
*****

Zero se levantaba a duras penas de entre los escombros que habían saltado sobre el tras la explosión. Entonces se miró la mano y vio que habían desaparecido al menos dos de sus dedos. Una explosión que no había llegado por donde el esperaba. Fue muy rápido y cuando quiso darse cuenta estaba volando por los aires y posteriormente siendo enterrado por los cascotes. Miró a sus hombres, uno de ellos estaba literalmente despedazado. Los demás estaban quejándose o lamentándose, uno de ellos se estaba arrastrando debido a que sus piernas habían desaparecido.
A Zero se la habían jugado. Estaba tan furioso que se juró  a si mismo que se vengaría a cualquier precio. Iba a matarlos a todos.
******

Salimos a la calle bajo la lluvia. Otra vez. Avanzamos rápidamente hacia la ambulancia. Fue entonces cuando vimos aparecer a dos personas más. Al verlos, Carlos alzó su fusil y les apuntó. Cuando yo los miré los reconocí enseguida, eran Butch y Mike.
—¿Qué coño hacéis vosotros aquí?— preguntó mi hermano.
—Os vimos pasar hace un buen rato y os seguimos— respondió Mike –Cuando llegamos a la ambulancia vimos que no estabais. Tuvimos que escondernos para esperaros. Luego escuchamos esa explosión. ¿Qué ha pasado ahí dentro?
—Os lo contaremos por el camino. Tenemos que largarnos de aquí perdiendo el culo. Esa explosión debe haberse escuchado en toda la ciudad. Pronto estarán aquí todos los No Muertos.

Cargamos rápidamente los carros en la parte trasera. Allí también subieron Mike y Butch junto a mi hermano. Por otra parte, David, Rachel y yo nos subimos a la parte delantera y salimos de allí a toda velocidad. Pronto estaríamos en casa de nuevo y estaríamos cerca de abandonar la ciudad de una vez por todas. Aunque aun nos quedaba lo más difícil, el enfrentamiento contra el bebé y sus hombres. Y el rescate de los rehenes.

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