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sábado, 29 de noviembre de 2014

NECROWORLD Capítulo 57

Día 20 de Enero de 2010
Día 577 del Apocalipsis…
Las Vegas… 21:30 de la noche…

Habíamos llegado. Detuve el vehículo junto a una torre de agua y observé las luces que había a lo lejos. Las Vegas era una ciudad muy diferente a lo que había visto hasta el momento después del apocalipsis. También llegaba hasta nosotros el ruido, era evidente que los habitantes del lugar no temían a nada ni a nadie. Desconocía el número real de personas que vivían allí, ni siquiera había hecho un cálculo aproximado.
Rachel y yo nos bajamos del vehículo y nos acercamos al maletero, donde sacamos nuestros fusiles y munición, entonces vi la mirada de indignación de Sean, el cual no se había bajado del vehículo. Durante el trayecto les había estado explicando mi plan y lo que quería hacer, mientras Rachel y yo nos infiltrábamos en la ciudad, Sean nos esperaría en el vehículo por si era necesario salir de allí a toda velocidad… Y todo indicaba que iba a ser así.
—¿Estas seguro que quieres hacer esto? Parece que todos los habitantes están en la zona de casinos, locales y hoteles. Tampoco sabemos cuantos enemigos son en total.
—Ahora mismo sean los que sean nos superan en numero. Nosotros solo somos dos— respondí mientras me colgaba el fusil al hombro y miraba a Sean, el cual seguía mirándome indignado, el quería venir.
—Seriamos tres si me dejaras despegar el culo de este puto jeep— dijo Sean dando un golpe en el volante.
—Te necesito ahí, ya te lo dije. Además, ahí dentro será peligroso.
—Oh… Gracias por la clase de obviedad. ¿Cómo si para vosotros no lo fuera?
—Te quedas aquí esperando y no hay más que hablar. Probablemente tengamos que salir pitando— respondí cerrando el maletero.
—Es obvio que tendremos que salir pitando— añadió Rachel.
Salí de la parte trasera del vehículo y caminé hacia la puerta del conductor. Me agaché un poco y eche mano de la radio, traté de contactar con el grupo de Juan, pero no había manera, seguramente era porque estábamos muy alejados de ellos. 
—¿En serio que no puedo ir? Os sería de ayuda. Ya lo sabes— replicó Sean en un ultimo intento de convencerme.
Seguidamente le di una palmada en la rodilla de su pierna herida, eso hizo que sintiera un pequeño latigazo de dolor y me mirara con expresión molesta, creo que se estaba planteando si soltarme dos puñetazos, pero no hizo nada, se resignó.
—¿Ves? Esa es una de las razones por las que te debes quedar aquí. Te dispararon y eso no se cura en dos días, además aquí estarás más seguro. No se ve a nadie, ni caminantes.
—Muy bien. Como tu digas, pero esta es la ultima vez que me dejas en la retaguardia. La próxima vez quiero estar de los primeros— dijo finalmente Sean. –Venga… Id y tened cuidado, volved cuanto antes.
Rachel y yo comenzamos a alejarnos del vehículo. Únicamente nos guiábamos por el sonido que venia de la ciudad y de las luces. Para mi era un terreno desconocido, pero quizás Rachel sabía más que yo del lugar.
—¿Has estado alguna vez aquí?— pregunté.
—Una vez hace años. Me gasté una fortuna en casinos. A juzgar por hacia donde vamos… Diría que todo está en Las Vegas Strip, es ahí donde hay más de todo. ¿Es eso lo que quieres saber? Pues si, todo indica que nos dirigimos a esa parte de la ciudad.
Seguimos caminando hasta que vimos algo que nos llamó la atención a los dos, se trataba de una especie de puesto de control, seguramente perteneció a los soldados que estuvieron un día allí cuando todavía se pensaba que la humanidad podía ganar.
Con cada paso que dábamos nos íbamos acercando a nuestro destino, pronto tendríamos ante nosotros las murallas de la ciudad, cuando llegáramos a ellas tendríamos que pensar en como atravesarlas sin ser vistos. Avanzábamos con cautela y en silencio, con las luces de las linternas apagadas y con el oído siempre alerta, así evitábamos ser vistos por los pocos caminantes que había allí, estaban parados, como en una especie de estado de letargo, seguramente debido a que la temperatura allí había bajado, aunque todos estaban mirando hacia el mismo sitio, las luces de los edificios.
Podíamos ver por donde íbamos gracias a las luces de la ciudad. De repente escuchamos un ruido y ambos nos escondimos, no tardó en aparecer un camión, este se detuvo y comenzaron a bajar tipos armados, estos comenzaron a acercarse a los caminantes y comenzaron a agarrarlos con unos collares para perros. Los No Muertos estaban tan ensimismados que no parecían percatarse de lo que estaba ocurriendo, a pesar de que los tipos se permitían hablar a gritos y tratar a los caminantes a patadas. Mientras observaba lo que ocurría me fijé en los bajos del camión, allí había unos huecos entre los hierros para llevar alguna carga bajo el camión como por ejemplo bidones, eran lo bastante grandes como para que cupieran al menos dos personas, entonces vislumbré una idea.
Me di la vuelta y miré a Rachel. –Tengo una idea, cuando yo te diga sígueme.
Rachel asintió y esperó a mi orden.
Los tipos seguían cazando caminantes y subiéndolos al camión, donde seguramente los metían en alguna jaula para llevarlos a la ciudad, para solo dios sabe que. Los tipos bromeaban y se reían, no parecía que estuviesen muy preocupados por si alguien los estaba vigilando, fue ese el momento que vi oportuno.
—Ahora, sígueme— le susurré a Rachel.
Los dos nos dirigimos rápidamente hacia los bajos del camión sin levantar ningún tipo de sospecha por parte de aquellos hombres. Nos agazapamos y rodamos por el suelo hasta situarnos debajo del vehículo, una vez ahí nos deslizamos hacia los huecos y nos escondimos allí. Ya teníamos una forma de entrar en la ciudad, ahora la gran pregunta que me formulaba era como salir de ella… Si es que salíamos de ella con vida y enteros.

Estuvimos bastante rato en ocultos en los bajos del camión, desde ahí vimos que la entrada de la ciudad era muy parecida a la de Manhattan. Una vez el camión entró en las calles, tanto Rachel como yo pudimos ver la cantidad de gente que poblaba las calles bañadas por las luces de neón de los careles de los distintos locales y hoteles. Era imposible contar a todos los habitantes de Las Vegas, pero era seguro que había más de los que había en Manhattan, muchísimos más.
El camión siguió avanzando hasta que llegamos a una zona no tan concurrida, finalmente entramos en lo que parecía un parking cubierto, el camión se detuvo y los tipos comenzaron a bajar.
—¡Eh Marcial! ¿Sacamos a los podridos del camión?— preguntó alguien.
—No, ahora vamos a “La Manzana de la pasión”, tengo ganas de echar un polvo. Ya los sacaremos después— respondió otro tipo.
—Venga va, invito a una ronda de putas— dijo otro.
Finalmente al menos unos quince tipos salieron del parking y este se quedó casi en silencio, solo se escuchaban los gemidos de los caminantes que había dentro del camión.
Nos quedamos unos minutos quietos. Finalmente miré a Rachel y los dos salimos de los bajos del camión para encontrarnos en un parking iluminado. Allí había varios vehículos cubiertos con lonas verdes, incluso vimos que debajo de una de las lonas se adivinaba la figura de un tanque, no me cabía duda de que estaban bien preparados.
—Me pregunto de donde han sacado todo esto. No es algo que se pueda conseguir en la tienda de la esquina. Lo habrán robado de alguna base militar— dijo Rachel levantando una lona y descubriendo un vehículo oruga. Ella me miró. –Estos tíos no son unos cualquiera, son verdaderamente peligrosos… Y Dorian… ¿Estás seguro de lo que quieres hacer? Ese tipo no te dará segundas oportunidades.
—Ya te lo dije mientras veníamos. Estamos aquí para lo que estamos aquí. Yo haré lo que tengo que hacer, solo estás aquí como apoyo— le respondí. –No te preocupes. No dejaré que te pase nada, haré que vuelvas a reunirte con Sheila antes de cuarenta y ocho horas.
—¿Cómo salimos de aquí?— preguntó en ese momento Rachel.
Yo miré a mí alrededor y vi la puerta metálica por la que habíamos entrado, justo al lado había una puerta más pequeña para el personal, esta estaba junto a una garita que en su día debió pertenecer al vigilante de seguridad. Caminamos hacia la puerta y me paré ante ella, pegué el oído a esta y me paré a escuchar, no se escuchaba nada al otro lado. Miré a Rachel. –Despejado— En ese momento posé la mano sobre el pomo y traté de hacerlo girar, pero este no se movió. Entonces tomé una decisión, le puse el silenciador a la pistola y apunté al cerrojo, apreté el gatillo y el tiro hizo que este saltara por los aires en tres trozos.
La puerta se abrió y Rachel y yo salimos al exterior, nada más salir nos llegó el sonido de la música con más intensidad. De repente escuchamos unos disparos y pensando que nos habían descubierto nos escondimos, pero pasados unos segundos nos dimos cuenta que los disparos no eran por nosotros.
—Deben estar celebrando algo— dije mientras caminábamos por un callejón oculto por las sombras, cuando llegamos al final vimos la torre Eiffel.  Enseguida supe que se trataba de un casino. Cerca de ella había una pared blanca con varios No Muertos atados por el cuello a unos postes junto a ella. Entonces vi algo que me llamó la atención. –Mira eso Rachel.
Frente a los caminantes había niños con unos rifles de balas de pintura disparándoles mientras los No Muertos trataban de alcanzarles. Los padres de los niños estaban justo detrás de ellos animándoles a apuntar mejor.
—Esto es una jodida locura. Este lugar no se parece en nada a Manhattan… Y mira eso— dijo Rachel señalando a un enorme cartel que colgaba por la fachada de un edificio.
En el cartel se veía a un hombre adulto de unos más de cuarenta años, debajo aparecía un nombre seguido de una frase: “Dorian, El fin del viejo mundo es solo el renacer de uno nuevo y prometedor”.
—Así que ese es Dorian— murmuré mientras contemplaba la imagen del hombre. En la foto se le veía cara de ser alguien afable a juzgar por la sonrisa que mostraba. No parecía el monstruo que me habían dicho que era. –Muy bien… Ahora nos queda saber donde se encuentra ese mal nacido.
—¿Y como quieres averiguarlo? Es evidente que no podremos cruzar la calle como si tal cosa. Tampoco creo que podamos hacernos pasar por ciudadanos.
En ese momento pasó por allí un grupo de hombres armados que vestían un uniforme de color negro. Al verlos tuvimos que ocultarnos detrás de unos contenedores amparados por las sombras del callejón. Esos debían ser las fuerzas de seguridad de la ciudad. Con ellos por ahí no sería fácil ir a ningún lado.
Nos quedamos ocultos mientras pensábamos en algo. En una manera de saber donde estaba Dorian y en como transitar por allí sin ser vistos. Justo entonces una silueta tambaleante entró en el callejón y se puso a orinar en la pared. Justo ahí vi la oportunidad, salí como un rayo de mi escondite, agarré al tipo de la camisa, le tapé la boca y lo metí en las sombras de un tirón al mismo tiempo que lo encañonaba.
—No grites ni hagas nada que no me guste. Si lo haces te mataré sin pestañear. Asiente si lo has entendido— le dije. Entonces el tipo asintió, en sus ojos se veía el miedo y que comprendía que hablaba en serio. –Muy bien… Me vas a decir lo que quiero saber. Dime ahora mismo donde está Dorian. Más te vale que no me mientas. ¿Te ha quedado claro?
—Vale… Te diré lo que quieres saber… Pero no me mates, yo solo soy un ciudadano más de aquí— el tipo miró por encima de mi hombro y se fijó en Rachel, la cual estaba apuntándole con el fusil. –Dorian está en el Caesar Palace. El vive allí la mayor parte del tiempo en la última planta. Es lo único que se… Por favor…
—¿Cómo accedemos al interior del hotel sin ser vistos?— preguntó Rachel. –Hay demasiados tipos armados. Responde rápido o te agujereo la cara.
—Podéis llegar a través de las alcantarillas. Estas están también vigiladas, pero es más fácil por ahí que por la superficie. Llegareis hasta una escalera de mano si seguís en línea recta. Por ella accederéis al espá. Desde ahí podréis acceder a un ascensor que va directo a la última planta. Allí únicamente hay tres suites. La de Dorian es la del centro.
—¿Dorian estará allí?— pregunté queriendo asegurarme. No quería encontrarme con que había hecho todo el viaje para nada.
—Dorian siempre está ahí a estas horas. No baja a los casinos y locales hasta más tarde. Os estoy diciendo la verdad… Maldita sea.
—¿Hay cámaras de seguridad?— seguí preguntando. Necesitaba conocer todos los detalles antes de llevar a cabo todo el plan. Era demasiado importante como para fracasar.
—Claro que las hay, las hay por todo el hotel. Pero podréis llegar si le quitáis la ropa a alguno de los guardas, hay tantos que muchos no se conocen entre si. Si hacéis eso os podréis colar fácilmente.
—¿Y como se que no nos estás mintiendo? Podrías estar guiándonos a una trampa— le espeté a nuestro rehén. –Pero supongo que no nos dirás la verdad de todos modos— En ese momento le di un golpe en la cabeza con la pistola y este cayó de bruces.
Rachel y yo amordazamos al tipo inconsciente y lo metimos dentro de un contenedor. Esperaba que tardara en despertarse. –Bueno… Es hora de meternos de nuevo en las alcantarillas… Esto empieza a ser costumbre.
—Y que lo digas tío— respondió Rachel. –Bueno, el trayecto no será demasiado largo. ¿Vamos?
—No… Espera. Primero quiero asegurarme bien. Necesito ver bien otras posibilidades como por ejemplo la vigilancia de las azoteas. Ya que quiero que tu te ocupes de algo. Te necesitaré de francotiradora en el edificio frente al Caesar Palace… Bueno, serás francotiradora en caso de que yo falle o tengas al cabrón de Dorian a tiro. Hasta que eso ocurra necesito que vigiles por si ocurre algo… Como por ejemplo que lleguen refuerzos.
—Me parece bien, pero si llegan… ¿Cómo te lo haré saber?
En ese momento me descolgué mi mochila del hombro y la estuve revolviendo hasta que saqué dos pinganillos, uno me lo quedé yo y el otro se lo pasé a Rachel. –No es que tengan mucho alcance, pero a nosotros nos bastará.
—No sabía que los llevabas. Bueno, aunque no tengan mucho alcance, para nosotros ahora mismo es más que suficiente. ¿Nos ponemos en marcha entonces?
—Si… Vamos— respondí.
Los dos volvimos por donde habíamos venido, recordaba que durante el trayecto hacia el callejón había visto varias bocas de alcantarillado. Llegamos a una y la levantamos con cautela. Una vez la quitamos miré a Rachel.
—Llegó el momento. Deséame suerte.
—Suerte— respondió Rachel. –Por cierto, tenemos que ser rápidos con esto. Hemos dejado la puerta del parking abierta. Cuando regresen y la encuentren así se darán cuenta de que algo no funciona y se alarmaran, por lo tanto se imaginarán que aquí hay alguien que no debería estar aquí. Por no hablar del revuelo que se armará cuando te cargues a Dorian— Rachel se quedó un rato pensativa y me miró otra vez. —¿Serás capaz de hacerlo? ¿Serás capaz de llegar y matarle?
—Lo haré sin dudarlo. Entraré por la puerta y acabaré con esto. Luego saldremos de aquí cagando leches y nos reuniremos con los demás.
Rachel asintió con una sonrisa. –Pues luego te veo.
—Hasta luego.
Me metí dentro de la alcantarilla y Rachel cerró la tapa detrás de mí. Una vez allí dentro vi que estaba más iluminado de lo que me esperaba, no iba a necesitar la linterna. Parecían más unos pasadizos que unas alcantarillas, ni siquiera olía mal, olía a limpio.
Seguí caminando por las alcantarillas hasta que vi a dos tipos merodeando por allí, ambos estaban armados. Estaban custodiando una puerta al final del pasillo, seguramente la única puerta que me llevaría directo al espá del hotel Caesar Palace. Me fije en ambos, ninguno de los dos era muy musculoso, más bien eran de complexión delgada como yo y de mi estatura, ambos se movían por los dos lados del pasillo y llegaba un momento que se perdían de vista el uno al otro. Desde mi posición estudie bien sus movimientos y el tiempo que tardaban en volver a cruzarse… Cinco minutos en total. Tendría que actuar rápido si quería que lo que estaba ideando saliera bien.
*****
Desierto de Nevada…

Juan y el resto de su grupo habían detenido los vehículos junto a la misma área de servicio donde habían tenido el encuentro con Randall y sus chicos. Después de marcharse de Portland habían estado conduciendo hasta el anochecer. En esos momentos debían parar a acampar, aunque desde el principio hubo discrepancias con respecto a detenerse, todas por parte de Butch, que alegaba que con esa panda de locos tras sus pasos era mejor no detenerse y llegar a la ciudad cuanto antes, pero Juan tenía otra idea al respecto.
Juan prefería acampar y desplazarse solo durante el día, mientras que pos las noches montarían guardias y estarían alerta por si atacaban, no los iban a pillar desprevenidos.
Después de cenar sin ningún tipo de incidencia, mientras que Juan y Yuriko se quedaban vigilando, ambos subidos al tejado de la tienda, los demás dormían tranquilamente en el interior de esta. De vez en cuando Yuriko miraba hacia el horizonte con las gafas de visión nocturna.
—¿Miras si vuelven Juanma y los otros o miras si vienen nuestros enemigos?— preguntó Juan mientras le quitaba el tapón a su cantimplora para beber agua.
—Ambos— respondió Yuriko. –Pero no se ve nada. ¿Habéis podido contactar con ellos?
—Laura estuvo intentándolo bastante rato, pero como no había manera lo dejó. Supongo que es por lo mismo que no podemos ponernos en contacto con Manhattan. Las montañas son un verdadero problema. Aunque realmente no me preocupo demasiado, Juanma y Rachel saben cuidarse solos, seguro que estarán de vuelta antes de lo que nos pensamos. Seguramente nos alcancen mañana.
—Ya…— murmuró Yuriko volviendo a otear el horizonte con las gafas de visión nocturna.
—Por cierto…— Comenzó a decir Juan atrayendo toda la atención de Yuriko. —¿Qué es lo que te pasaba? Desde que salimos de Manhattan te he notado rara, como distante.
Yuriko se quitó las gafas y suspiró. —¿Te diste cuenta? Vaya…
—No solo yo, Juanma también se ha dado cuenta de que algo te pasaba… ¿Qué es?
—Antes de salir de Manhattan… Carlos el hermano de Juanma me amenazó. Quería que yo matara a Juanma. El miedo me tenía absorbida, no te imaginas el miedo que me da Carlos, el me dijo que si no mataba a Juanma, el me mataría a mi.
—Carlos no se acercará a ti, no te preocupes. Además, el ya no está ni en la ciudad. No debes tener miedo, eso si, debes contarle a Juanma eso, para que sepa que su hermano lo quiere muerto, aunque no dudo que lo sepa ya, la esquizofrenia de Carlos lo convierte en un libro abierto, se le ven hasta las ideas.
—Lo conozco bien. Cuando se propone algo no se detiene ante nada. Me da miedo por que a pesar de ello no se hasta donde es capaz de llegar… Aunque es seguro que muy lejos.
—No te preocupes. Ni Juanma sufrirá daños ni tú tampoco— aclaró Juan cogiendo las gafas de visión nocturna y poniéndoselas. Enseguida pudo ver todo lo que lo rodeaba iluminado por el color verde, incluso vio a unos coyotes disputándose unos restos humanos. –Está todo muy tranquilo, supongo que si alguien se nos acercara lo veríamos. Sin embargo no se ve a nadie. ¿Dónde estarán? Se supone que nos buscaban a nosotros.
—¿Crees que siguen en Portland?— preguntó Yuriko. –Si es así espero que hayan dejado en paz a esas mujeres. Ya se que nos echaron de mala manera, pero estaban asustadas, así que comprendo su actitud, además… A eso le añadimos que no confiaban en los hombres.
En ese momento escucharon el llanto del bebé, señal de que quería comer o había que cambiarlo, enseguida escucharon la voz de Butch, como siempre haciendo amigos y boceando que el bebé se callara o el se encargaría de echarlo fuera.
—Odio a ese cretino— dijo Yuriko refiriéndose a Butch. Ciertamente no le caía demasiado bien. –Ojala se hubiese quedado en su casita en lugar de venir.
Juan sonrió. –No es mal tipo, solo es un poco especial. Aun así es alguien muy eficiente en este tipo de trabajos… Además, va de tipo duro y me da que es todo fachada. Debe tener miedo de parecer débil si muestra que tiene sentimientos.
—Debe tener mucho miedo entonces— respondió Yuriko al tiempo que lo seguía escuchando gritar por que el bebé no dejaba de llorar, luego miró a Juan. –En serio… No puedo verlo como algo más que un cretino mal hablado.
De pronto escucharon una voz a sus espaldas, se dieron la vuelta y vieron al padre de familia Mexicano, al que habían podido conocer más durante el trayecto hasta esa área de servicio.
—¿Puedo quedarme con ustedes? Mi chamaquito se despertó y ya no puedo dormir. Mi esposa está dándole el pecho y su amigo no deja de gritar e insultar.
Ese hombre se llamaba Mario, les había contado que habían salido de México no hacia mucho y que hasta que llegaron a Portland habían estado dando vueltas.
A Juan le costaba mucho mirarlo a la cara, ya que cuando tuvieron el accidente ante la muralla de Portland y el se apresuró a ayudarles, había tenido que disparar a la madre de Mario que había muerto y reanimado.
—Claro que puedes— respondió Yuriko. –Donde vigilan dos vigilan tres. ¿Verdad Juan?
—Verdad— respondió este.
De repente Butch apareció en el tejado. –El puto crio no deja de llorar. Tengo sus putos llantos clavados en el cerebro. Yo no se si es que tiene hambre o se ha cagado, me da igual, pero que se calle. Tendrían que haberse quedado allí con esas putas.
—Tu di que si… Con tacto— respondió Juan con un suspiro.
—Podría atraer a caminantes. Es una puta campana de la hora de la comida— en ese momento Butch se percató de que Mario lo estaba mirando. –No me mires así Pancho Villa, sabes que tengo razón…— En ese momento Butch dejó de hablar y se acercó corriendo a un lado de la terraza. –Mirad eso de ahí, se acerca un vehículo.
Juan, Yuriko y Mario miraron hacia donde Butch miraba y efectivamente vieron unos faros que se acercaban aparentemente a toda velocidad.
—¿Crees que son Juanma y los otros?— preguntó Yuriko mirando a Juan, pero este no respondió. Rápidamente Yuriko volvió a ponerse las gafas de visión nocturna y miró nuevamente al vehículo, fue en ese momento cuando descubrió que no era el jeep, era una de las furgonetas que había en Portland, muy similar a la de las chicas que fueron apresadas.
—Mierda. Nos han encontrado. Vienen derechos hacia aquí— dijo Butch mirando a Juan.
—¿Solo un vehículo?— preguntó en ese momento Juan, parecía que ahí había algo que no le encajaba del todo bien.
El vehículo iba haciendo eses y hubo un momento que choco contra algo, seguramente una roca, la parte trasera se elevó y la furgoneta se precipitó hacia delante dando una vuelta completa, finalmente acabó boca abajo con las ruedas apuntando al cielo.
—¿Qué carajos ocurrió?— preguntó Mario tan asombrado como el resto.
Juan no respondió, simplemente se colgó el fusil al hombro y bajó de un salto al asfalto.
—¡¡¡Eh tarado espera!!!— dijo Butch imitándolo y saltando detrás de el.
Ambos comenzaron a correr por la arena en dirección al vehículo accidentado. No tardaron mucho en llegar, cuando lo hicieron vieron que alguien salía a rastras por la puerta del conductor, los dos apuntaron instintivamente y descubrieron que se trataba de una chica de color. Cuando los miró, Juan la reconoció, se trataba de Alexandra.
—A… Ayuda…— balbuceó esta al tiempo que se arrastraba hacia afuera. Fue en ese momento cuando Juan descubrió la herida de su costado, indudablemente producida por un disparo. Enseguida se agachó y la ayudó a salir.
—Butch… Mira si hay más chicas dentro— pidió Juan a su compañero, el cual se había quedado quieto sin hacer nada.
—¿Estas de coña? Estas tías nos echaron y ahora hay que ayudarlas. No, que les jodan. Yo paso, ahora que apechuguen con lo suyo.
Juan se levantó de golpe y agarró a Butch. –Óyeme bien capullo. O me ayudas o te juro que te arrancaré la cabeza y te la meteré por el culo hasta que te atragantes con tu propia caspa. ¿Queda claro?
Butch sorprendido se retiró y sin mediar palabra fue a la parte trasera de la furgoneta y abrió la puerta, allí se encontró a dos chicas más, una de ellas era Stacy, a la otra no la conocía. Ninguna de las dos se movía. Parecía que estaban muertas.
—Aquí hay dos— dijo Butch mirando a Juan, pero este ya corría con Alexandra a cuestas hacia el área de servicio. Butch se resignó y se agachó, cogió a Stacy e hizo lo mismo que Juan.
***** 
Las Vegas strip…
23:25 de la noche…

Rachel había alcanzado la azotea del flamingo sin muchos problemas. Lo había hecho por la escalera de incendios, y con gran astucia y cautela se había ido deshaciendo de los vigilantes que había. Una vez en la azotea tenía una visión clara de toda la calle. Abajo transitaba multitud de personas, no se imaginó que pudiera haber tantísima gente.
Delante del flamingo se podía ver el Caesar Palace, aunque le era imposible ver a nadie a través de las ventanas, eso significaba que jamás tendría a Dorian a tiro.
Rachel conectó el pinganillo. –Juanma… ¿Estás ahí?

Acababa de noquear al primero de los guardas de las alcantarillas cuando escuché la voz de Rachel. Mis cálculos habían sido correctos, ahora tenía que noquear al segundo.
—Si Rachel. Estoy aquí, voy a encargarme del segundo guarda. Luego accederé al ascensor que me llevará a la última planta y a Dorian. ¿Cómo está la situación ahí?
—Todo despejado… Aunque tengo malas noticias… No te serviré de francotiradora para Dorian. En ese aspecto estás solo. Lo siento.
Suspiré al tiempo que me asomaba para ver si llegaba el otro guarda. –No importa. Sigue ahí e infórmame si ocurre algo inusual. Voy a ocuparme del que queda. Luego hablamos.
—Muy bien… Ten cuidado— respondió Rachel. –Una cosa más. Cuando estés ante Dorian no te lo pienses y mata a ese cabrón.
—Lo haré— respondí.
Después de cortar la comunicación con Rachel me esperé a que el guarda llegara al punto donde se daba media vuelta. Cuando lo hizo, salí rápidamente de mi escondite y me abalancé sobre el guarda, até mi cinturón alrededor de su cuello y apreté. El intentó librarse de mí, pero le fue imposible, poco a poco fue perdiendo el sentido mientras se iba poniendo morado, finalmente cayó desplomado al suelo, le tomé el pulso y comprobé que estaba completamente muerto. Con esa parte del plan ya completo me quité la ropa y luego se la quité a uno de los guardas. Me vestí como ellos y me puse también su gorra. Ya estaba listo para seguir.
Entré en el ascensor y llegué al espá. Una vez allí vi que había varias personas, hombres y mujeres, algunos incluso estaban teniendo relaciones sexuales en grupo. Avancé a paso rápido bajándome la gorra para impedir que se me viese el rostro.
En ese momento escuché la voz de una chica frente a mí, levanté un poco la vista y vi a una mujer que tendría sobre los cuarenta años, aunque no los aparentaba, era muy atractiva. Estaba completamente desnuda  –Hola querido ¿Eres nuevo aquí? ¿Te apetece tomarte una compa conmigo y pasarlo bien? A mi marido le encanta mirar.
—Disculpe señora, pero ahora no tengo tiempo— aparté a la mujer a un lado y salí del espá. Avancé por el pasillo que me había dicho el rehén que cogimos en el callejón y llegué hasta el ascensor, entré dentro y pulsé el único botón que encontré.
El ascensor comenzó a ascender rápidamente, no tardaría en llegar al último piso. Mientras subía iba pensando en como lo haría. Entraría por la puerta, lo miraría y apretaría el gatillo repetidas veces hasta vaciarlo por completo, luego lo remataria si fuese necesario.
Cuando el ascensor llegó al último piso salí con cautela y con el arma preparada por si había que disparar, estando en territorio enemigo como estaba, eso podría ocurrir en cualquier momento.

El pasillo estaba despejado, no había nadie por allí. Avancé con paso firme mientras iba preparando la pistola. Estaba a pocos metros de la puerta que me habían dicho. Si era verdad que Dorian estaba allí, pronto estaríamos frente a frente. Mi corazón se iba acelerando mientras notaba la descarga de adrenalina, sentí las ganas de acabar con aquel tipo. Llegué junto a la puerta y me detuve, en ese momento fui a coger el pomo de la puerta y le hice girar poco a poco, la puerta hizo un click y yo la abrí de golpe con el arma en alto dispuesto a disparar. Nada más pasar al interior de la habitación me quedé sorprendido por lo que estaba viendo. No podía creerme lo que estaba viendo, no daba crédito a lo que veían mis ojos, de todas las cosas que creía que podía encontrarme allí, eso que tenía ante mi era del todo impensable.

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