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sábado, 18 de octubre de 2014

NECROWORLD Capítulo 51

Día 19 de Enero de 2010
Día 576 del Apocalipsis…
Desierto de Nevada…

El jeep conducido por Juan llegó a su destino y los dos ocupantes del vehículo pudieron ver que estaba ocurriendo. Había varios caminantes devorando los restos de unos caballos y personas mientras otras tres personas disparaban desde lo alto de unas rocas que habían logrado alcanzar. Estas personas iban ataviadas con ropas similares a las de los hombres del desierto para protegerse del sol, los tres estaban apretujados sobre una roca mientras disparaban a los No Muertos que se iban reuniendo a su alrededor con los brazos levantados hacia arriba. Los caminantes no podrían alcanzarlos a menos que alguno de ellos perdiera pie y cayera, pero también era cierto que allí arriba no resistirían muchos días, seguramente se volverían locos antes y acabarían suicidándose.
—Parece que tienen la situación controlada— dijo Butch con tono irónico observando la escena desde la ventanilla del copiloto. —Démonos el piro, no estamos aquí para ir acogiendo a nadie.
Pero Juan no parecía dispuesto a dejarlos allí. No tenían la situación controlada como decía Butch, uno de ellos ya había dejado de disparar y se limitaba a ponerse en cuclillas para golpear con la culata a los No Muertos. Se les acababa la munición y no tenían más. Miró a Butch enseguida. —¿Cuántos caminantes dirías que hay ahora mismo?.
Butch miró a los caminantes y luego a Juan. –Unos treinta— Justo en ese momento cayó uno abatido. –Ahora veinte nueve. ¿Por qué?
—Agárrate fuerte por que vamos a dar unos cuantos saltos— dijo Juan poniendo el motor en marcha de nuevo y agarrando el volante con ambas manos mientras miraba al frente fijamente. Butch iba a decir algo, pero entonces Juan pisó el acelerador.
El jeep salió hacia delante con un rugido y comenzó a acercarse a los caminantes, no tardó en comenzar a embestir  a los primeros, provocando importantes daños en la carrocería del vehículo. Cuando llegaron junto a la roca mientras comenzaban a disparar contra algunos caminantes, Juan comenzó a gritar. –Saltad al techo del jeep. ¡¡¡Ahora!!!
Los tres desconocidos intercambiaron miradas y enseguida comenzaron a saltar, cuando los tres estuvieron sobre el jeep, Juan volvió a pisar el acelerador y comenzó a alejarse de los caminantes a toda velocidad, los No Muertos comenzaron a tratar de perseguir el vehículo, pero la velocidad que este cogió yendo en otra dirección no tardó en despistarlos. Juan tuvo que dar varias vueltas antes de regresar junto a los demás, cuando llegaron enseguida fueron recibidos por Yuriko y Johana, las cuales enseguida apuntaron instantáneamente a los tres desconocidos que en ese momento se bajaron del techo del jeep en el que habían llegado como si fueran equipaje.
—Tirad las armas— les ordenó Johana.
—Haced lo que dice— dijo uno de los desconocidos, era un chico, el cual parecía llevar la voz cantante. Los otros dos obedecieron sin rechistar y dejaron caer los fusiles que llevaban. Rápidamente Sheila y Laura que también habían acudido ahí se apresuraron a recogerlos.
Uno de ellos se quedó mirando a Juan y a Yuriko, justo en ese momento comenzó a quitarse el turbante, el pañuelo y las gafas de sol, dejando al descubierto un rostro que Yuriko y Juan conocían, lo habían visto en Washington D.C y luego en Manhattan cuando se despedía junto a su mujer.
—Ha pasado bastante tiempo. Parece que el destino quiere que nos encontremos— dijo en ese momento Lazarus. A su lado otro de los desconocidos hizo lo mismo y quedó el rostro de una mujer al descubierto, se trataba de Isabella.
—¿Vosotros?— preguntó Juan sorprendido mientras miraba al tercero de ellos, al cual no reconocía. —¿Qué hacéis por aquí? No os veía desde que os fuisteis de Manhattan.
—Bueno, ahora vivimos en una comunidad en…— pero Lazarus no terminó de decir la frase, el otro se lo impidió.
—No es necesario revelar más. Les damos las gracias y volvemos a casa. Ya hemos perdido demasiado tiempo. Llamaremos a nuestra gente y que vengan a recogernos.
—Llama tú— dijo Isabella.
El tercer miembro del equipo se fue alejando mientras hablaba por el walkie mientras Lazarus hablaba con los dos únicos miembros del grupo que conocía.
—Supongo que ya sabéis que este lugar no es seguro. No se  a donde os dirigís y creedme que no me importa, pero os recomiendo que os larguéis cuanto antes. No es que seamos amigos, pero estoy vivo gracias a vosotros por segunda vez, así que os la debo. Id a donde tengáis que ir y abandonad este lugar cuanto antes.
—¿Estáis en Las Vegas?— preguntó Juan.
Lazarus miró a su compañero que estaba a unos treinta metros de ellos hablando por el walkie y haciendo gestos. Rápidamente miró a Juan y asintió. –Si lo preguntas es por que ya sabes lo que se cuece allí. Solo os digo que os alejéis a la de ya.
Juan miró a Yuriko y esta asintió. –Muy bien. Nos largamos.
Yuriko y Juan se alejaron seguidos por un Butch que miraba  con recelo a los que eran desconocidos para el. No sabía de que iba todo eso pero le daba igual. Tampoco sabía lo que había en Las Vegas. Ya lo averiguaría.
Cuando llegaron junto a los demás, Juan comenzó a hablar. –Nos vamos a buscar a Juanma y a Rachel en la dirección que se fueron, no podemos quedarnos aquí por motivos de territorio. Andando.
Nadie rechistó ni hizo comentarios, ocuparon los vehículos y se largaron por el mismo lugar que se habían ido Juanma, Sean y Rachel. Necesitaban encontrarlos cuanto antes y poner camino de nuevo hacia Portland.
*****

No sabía si debía tomarme como real lo que decía aquella chica. Podría ser una jugarreta para engañarnos… ¿Pero y si era cierto? Miré a Rachel que estaba a unos pasos de mi y esta negó con la cabeza, me di la vuelta y miré a Sean, el cual estaba asomado por detrás del mostrador, en su cara había una expresión de miedo, con un gesto de la mano le dije que se acercara y este lo hizo arrastrándose por el suelo.
—Escucha, voy a necesitar que me cubras tú también. Ellas son solo cuatro.
—No hagas estupideces. ¿Acaso quieres morir? No te fíes de ellas— me susurró Rachel, pero yo ya estaba poniéndome de pie para dirigirme hacia la puerta. —¡¡¡Juanma!!! No hagas… Joder…
 Dejé mi arma en el suelo y salí por la puerta con las manos en alto y me encontré cara a cara con la chica de color. Me fijé en sus hermosas facciones, era realmente guapa. Al ver que iba desarmado dejó su fusil en el suelo, las otras chicas siguieron sin moverse, ni siquiera sacaron sus armas.
—¿Realmente conoces a Stacy o es una pantomima?— pregunté. –Aunque de serlo supongo que jamás lo dirías con sinceridad. Más bien me mandarías una respuesta en forma de bala entre las cejas. ¿Es eso lo que pretendes?
La chica avanzó hacia mí y cuando la tuve delante tendió su mano. –Alexandra. Ese es mi nombre. ¿Y el tuyo?
Me quedé un rato pensativo y finalmente respondí a la vez que se la estrechaba –Juanma.
—¿Está Stacy ahí dentro? Si o no— preguntó Alexandra nuevamente. Realmente si que parecía que la conocía. –Íbamos hacia Manhattan cuando vimos vuestros vehículos en esta área de servicio. Ella fue allí con la intención de conseguir alimentos para nosotras en Portland— Por el momento me estaba contando todo lo que Stacy me había contado, pero aun no podía arriesgarme, pero después de pensármelo unos segundos decidí jugármela.
—Stacy no está aquí. Ella está con mis demás compañeros. Nos dirigíamos hacia Portland con la comida que Stacy vino a buscar.
—¿Estás de coña? Menuda casualidad entonces encontrarnos. Volvamos con tus compañeros entonces. Solo aclárame una cosa antes ¿Cuántos sois? Mejor dime ¿Cuántos hombres sois? No te ofendas… Pero de donde vengo, los hombres no son bienvenidos. No nos fiamos de ellos.
—¿Y tú te fías de mi?— pregunté –Para no fiarte de los tíos te has lanzado de cabeza a saludarme.
—Por que se que no mientes. Lo veo en tus ojos. No hay mentira ni maldad. Eso lo supe enseguida. Vamos, te llevaremos con los tuyos y luego nos iremos todos juntos a Portland— dijo dándose la vuelta, pero como no la seguí se dio la vuelta para mirarme. –No muerdo.
Me di la vuelta y miré a Sean y Rachel, los cuales comenzaron a salir de la tienda, cuando se acercaron Rachel me miró. —¿Te fías de ella? Al final va a ser verdad que a los tíos os guiñan un ojo y enseguida hacéis lo que os piden. Tu testosterona te llevará a la perdición algún día.
—No es eso. Ella dijo lo mismo que Stacy… Y tampoco… Tampoco veo mentira en sus ojos. Además, las otras no hicieron nada, creo que si quisiesen hacernos algo lo habrían hecho ya.
—Muy bien… Como tú digas— Rachel me dio un puñetazo en el hombro. –Pero como nos maten, mi bota buscará tu culo en la otra vida. Que eso te quede claro.
—Tomo nota— respondí.
Rachel comenzó a caminar hacia la puerta del conductor del jeep para conducir ella mientras las otras cuatro chicas se subían a su vehículo, me di la vuelta y me encontré con Sean. –Está muy buena ¿Eh?
Me fijé en su mejilla y vi que estaba hinchada. –Siento lo de antes, pero esto no es un juego. No podemos andarnos con bromitas de ese tipo. No vuelvas a hacerlo.
—Lo siento. Prometo que no lo haré más. Lo juro.
Sean y yo subimos al jeep y Rachel comenzó a seguir al vehículo conducido por Alexandra. Recorrimos un largo trecho cuando nos vimos un jeep y dos camiones de frente. Estos se detuvieron, se trataba indudablemente de nuestros compañeros, le dije a Rachel que detuviera el vehículo al mismo tiempo que vi que Alexandra detenía el suyo.
Me bajé del vehículo y comencé a hacerles señas para que bajaran, cuando lo hicieron vi salir a Stacy, la cual comenzó a correr hacia Alexandra y sus chicas, enseguida comenzaron a abrazarse y a hablar. Con aquella escena Rachel se me acercó.
—Bueno… Parece ser que decía la verdad. Ahora solo espero que esto no fuera una trampa desde el principio y todo lo de Portland sea una encerrona. Si eso es así le partiré la cara a esa tía. Bueno, me voy a ver a Sheila.
Rachel fue corriendo al encuentro de Sheila mientras que Juan llegaba a mi lado. –Tenemos que irnos de aquí. Hace un rato Butch y yo tuvimos un encuentro con alguien que tú ya conoces. ¿Recuerdas a Lazarus y a Isabella?
—¿Lazarus e Isabella? ¿Qué hacían aquí?— pregunté ligeramente inquieto, sabía que Juan no me iba a dar buenas noticias.
—Mira. El nos dijo que nos marcháramos y mencionó Las Vegas. Allí es donde se sabe… Bueno, solo algunos… Que es donde se encuentra el tipo más cabrón de toda esta zona. Me refiero a Dorian. Si nos encuentran estaremos jodidos. Esto relaciona a los chicos de Randall con el.
—Muy bien— Miré a Alexandra y a Stacy, las cuales seguían hablando. –Escuchad… Es hora de irnos. Me gustaría estar en Portland antes del anochecer.
Volvimos a distribuirnos en vehículos y nos pusimos rumbo a Portland. Por fin nos acercábamos al final del camino, pronto podría hablar con la tal Amanda Kramer sobre la posibilidad de mudarme allí con mi familia y amigos. Me miré el reloj y eran cerca de las doce del medio día.
*****
Las Vegas… Zona segura…
11:55 de la mañana…

Randall pasó el puesto de control de las murallas de la ciudad. Allí los vigilantes lo dejaron pasar tras comprobar que se trataba de el. Randall condujo por las iluminadas calles por donde transitaban hombres y mujeres de distintas edades.
Aquella ciudad había sido ocupada por Dorian hacia tiempo, un poco tiempo después de haber sido desterrado de Manhattan, este en primer lugar junto a varios de sus hombres habían tomado el control de la ciudad, poco después la población aumentó con la llegada de más hombres salidos de las prisiones más cercanas, el había sido uno de esos presos, aunque en esos momentos eran soldados, leales y peligrosos.
Detuvo el vehículo enfrente de un edificio donde siempre estaba Dorian, se trataba de una especie de casino donde también había varios bares de streeptease. Salió del vehículo y se topó con uno de los guardas que decidían quien entraba.
—Vengo a ver a Dorian— dijo Randall.
Los dos guardas lo dejaron pasar y Randall se internó en aquel lugar, enseguida la música y el olor a tabaco y hierba le llegó. La música era la típica que ponían cuando una chica bailaba en la barra mientras se desnudaba, de hecho allí estaba una de ellas quitándose en ese momento el sujetador ante los gritos de varios hombres a medio camino del mayor viaje de sus vidas a lomos de una botella de alcohol, al final de la sala, sentado en lo que parecía un trono estaba Dorian admirando sus dominios mientras una de las chicas le hacía un trabajito, cuando llegó junto a el, este hizo un gesto y la chica se levantó limpiándose la boca.
—Toma asiento Randall— dijo Dorian. —¿Una cerveza?
Randall asintió y se sentó, segundos más tarde otra chica apareció con la cerveza, se la entregó a Randall y este comenzó a beber rápidamente, no tardó ni un minuto en bebérsela toda, estaba sediento.
—Bueno, cuéntame. Desde aquella charla por radio no he vuelto a saber de ti.
—Vienen de Manhattan, estoy totalmente seguro de ello, pero no se a donde se dirigen. Creo que podrían ir hacia Portland, pero no lo se seguro.
—¿A dónde crees si no? Portland es al único sitio aparte de este al que pueden ir. No se que buscaran allí, pero no me importa lo más mínimo.
En ese momento Randall comenzó a sentirse mal. Miró a Dorian al tiempo que se tocaba la cabeza, la visión se le estaba nublando. —¿Qué me has hecho? ¿Me has drogado?
—Te he envenenado— respondió Dorian con una sonrisa. –¿O acaso pensabas que iba a dejarte vivir tras cagarla tan estrepitosamente. Te llevas a un grupo y vuelves tu solo— Dorian se levantó de golpe y agarró a Randall de la camisa. –Has perdido a hombres valiosos por preguntar antes de disparar y lo que yo enseño aquí es todo lo contrario— En ese momento Dorian se sacó una ampolla del bolsillo y se la mostró a Randall. —¿Ves esto? Es el antídoto que necesitas para no morir babeando como un perro— Randall trató de cogerlo, pero Dorian lo retiró. –No tan deprisa. Si lo quieres tendrás que jurarme que darás con ellos y los matarás a todos, a todos menos al que manda en el grupo. A ese lo quiero yo personalmente para mí. ¡¡¡Júralo!!!
Randall vomitó y agarró la ampolla, seguidamente se bebió el contenido y cayó boca abajo en el suelo, entonces Dorian lo cogió del pelo y lo levantó. –Ahora ve y descansa, cuando te hayas recuperado te daré una nueva misión, esta vez espero que no me falles. Una cosa más, te iba a dar el medicamento de todos modos, solo quería divertirme con el sufrimiento de tu rostro al sentir el abrazo de la muerte.

Dorian se largó del local y fue a su despacho, allí se sentó detrás de una mesa y cogió una radio. Esperó unos instantes y finalmente respondió una voz.
—Todo ha ocurrido como según dijiste. Ese grupo que salió de Manhattan están cerca de aquí. Supongo que no tardarán mucho en llegar a Portland. Ya los interceptaremos, ahora lo importante es que dejes de interpretar tu papel y hagas lo que tienes que hacer… Me da igual todo eso… La guerrilla solo son un mal menor, cucarachas a nuestro lado… Ya los habéis arrasado ¿No? Pues eso… Que ya no son importantes… Mata a mi hermano y asume el control total de la ciudad… Si, ya se que la tienes, pero me refiero a el control total. El bastante control para abrirnos las puertas… Muy bien, eso quería escuchar… Una cosa más. No se te ocurra fallarme.
Dorian cortó la comunicación y se levantó para ir hacia una pequeña nevera, se sacó una botella de vino, volvió a la mesa y se llenó una copa.
Con el vaso lleno se levantó y se acercó a la ventana, desde allí contempló la ciudad del pecado, la cual desde su destierro de Manhattan había tomado bajo su control después de limpiarla de caminantes. Los chicos que había ido recogiendo por el camino habían hecho un trabajo impecable en aquel lugar, no le importaba que hubiesen sido presos, al menos esos no dudaban a la hora de matar si era necesario. Muchas veces pensaba que el destierro era lo mejor que podía haberle pasado, Manhattan le parecía una ciudad destinada al fracaso, el veía muchas más posibilidades en aquel lugar.
Por otro lado recordaba con cierta amargura el haber perdido a seguidores en aquella rebelión que llevó a cabo, incluso perdió a Dante, siendo este último encarcelado en aquel maldito barco prisión, pero al menos seguían quedando seguidores suyos infiltrados entre las filas de su hermano, solo uno en realidad, el cual le había estado informando de todo lo que ocurría en la ciudad y todos los pasos que se daban, desde luego lo que más le interesaba era ese hombre invisible para los No Muertos. Era evidente que ese tipo jamás saldría de la ciudad, así que mejor entraba el a buscarlo, pero desde luego se tomaría su tiempo.
En ese momento escuchó la voz de su secretaria. –Señor… Los recolectores han regresado, pero no todos.
—Que pasen— respondió Dorian.
En ese momento vio entrar a los tres supervivientes de aquel grupo. Siete eran los que se habían marchado y solo habían vuelto ellos, lo que demostraba que habían fracasado.
—Lo lamentamos señor. Nos topamos con un rebaño y perdimos a Rosenberg, a Mitchell, a Shepard y a Ludlow. Nosotros habríamos muerto también de no ser por…
Dorian arqueó las cejas y miró a la pareja que había reclutado en su ciudad hacia unos meses, su historia le impactó. Todo aquello de los templarios por orden del vaticano le sonaba a película. –¿De no ser por que Dadley?
—De ese grupo que pasaba por allí. Creo que se dirigen a Portland— respondió Dadley. –No hay otro lugar por esta zona además de este. Ellos los conocían. –dijo mirando a Isabella y Lazarus. Estos enseguida parecieron ser golpeados por algo.
—Eso no lo sabía, pero bueno. Ya los interceptaremos cuando se pueda, prefiero tomármelo con calma. Lo me gustaría meterme en una escaramuza que nos ocasione bajas a nosotros, es mejor observar y esperar. Mi plan más bien es matar a todos menos a su líder. A ese lo quiero aquí para cargármelo personalmente o llegar a un acuerdo con el, aun no lo tengo decidido del todo. Ahora retiraros.

Los tres salieron del despacho. Cuando estuvieron fuera, Lazarus agarró por la camisa a Dadley. –Eres un cabrón. ¿Nos salvan y se lo pagas así? Solo eres un enorme pedazo de mierda.
—A ver si vas aprendiendo algo. Con Dorian es mejor no jugar o ocultarle las cosas por que tarde o temprano se entera. Nos mataría si le ocultamos información. No pienso pringar por unos que protegen al enemigo.
Dadley se soltó y se largó mientras Isabella y Lazarus se quedaron mirándose.
—¿Qué hacemos ahora? ¿Van a ir a por ellos?— preguntó Isabella.
—Seguramente— respondió Lazarus. –Será mejor que no nos metamos y que ocurra lo que tenga que ocurrir. Será mejor para nosotros. Aquí tenemos un hogar, aunque sean así…
—Me decepcionas— respondió Isabella mientras se alejaba de su marido.
Lazarus se quedó allí solo y miró disimuladamente a una de las cámaras ocultas del pasillo, el era de los pocos que sabían que allí había cámaras. Realmente tenía un plan, pero no podía hablarlo ahí y poner en peligro a su mujer y a si mismo.
*****
Manhattan… Túneles…
13:00 del medio día…

Christopher y Mouse llegaron a la capilla donde vivía papá Angelito, nada más llegar vieron a varios caminantes golpeando la puerta, eso era señal de que allí dentro había alguien, y ese alguien era el líder de los túneles.
Mouse le hizo un gesto a Christopher para que avanzara por otro lado, acabarían con los No Muertos en cuestión de minutos. Lo peor era que conocían a la mayoría de ellos, una era Lorna, la amiga de Kimberly.
—Acaba con ellos, luego les daremos un entierro digno— dijo Mouse.
Ambos comenzaron a disparar. Los tiros eran certeros y no tardaron en acabar con ellos. Cuando los caminantes estuvieron abatidos, los dos compañeros corrieron hacia la puerta, cuando llegaron vieron que estaba cerrada desde el otro lado.
—¡¡¡Papá Angelito!!!— gritó Mouse dando empujones y patadas a la puerta. —¡¡¡Abra!!! Somos Mouse y Christopher— pero no hubo respuesta desde el interior. Aun así se escuchaban ruidos al otro lado.
—Creo que hay gente al otro lado— dijo Christopher. Enseguida comenzó a dar golpes en la puerta. –Abridnos ahora mismo. Seáis quienes seáis. ¡¡¡Echaremos la puerta abajo!!!

David y Paul se quedaron en silencio cuando escucharon los disparos. Acababa de llegar alguien, pero no eran soldados de la superficie, eran seguramente habitantes de los túneles que habían vuelto buscando a alguien. Habían dicho el nombre de papá Angelito. Entonces ambos miraron el cadáver de aquel hombre al que Jill había abatido, ese era papá Angelito sin duda.
—¿Qué haremos ahora? Si vienen buscándolo a el y lo ven muerto con nosotros aquí…— comenzó a decir Paul en voz baja. –Nos matarán. Eso es seguro.
—Pues habrá que negociar. No fuimos nosotros quienes lo mataron… En un primer momento me refiero— respondió David sin apartar la vista del cadáver. –Supongo que no será fácil. Dejadme hablar a mí. –David miró hacia la puerta y alzó la voz. –Papá Angelito  está muerto, pero nosotros no tenemos nada que ver, lo encontramos siendo un No Muerto y tuvimos que acabar con el… No hicimos nada.
Fuera escucharon murmurar a dos personas, hablaban entre ellos, pero no eran capaces de averiguar que decían exactamente, aunque parecían estar decidiendo si debían creerles. De cualquier modo su historia no era muy convincente. Ellos tampoco les habrían creído si estuviesen en su lugar. –Escuchad, no se cuantos sois y supongo que no nos vais a creer, por eso os propongo un trato, si dejáis ir a mis compañeros yo me quedaré. –Dijo finalmente David, los demás lo observaron con una expresión de incredulidad.
—No puedes hacer eso— respondió Paul, pero ya era tarde, David estaba quitando el madero del portón.
La puerta se abrió y se encontraron cara a cara con dos hombres, uno de corta estatura y otro más grande y más robusto. Estos les apuntaban con sus armas. David con el temor de que dispararan se puso delante de sus compañeros.
—Aceptad mi trato y dejad que se marchen mis amigos. A mi hacedme lo que queráis.
El más grande iba a decir algo cuando se escucharon unas voces que venían por el túnel. David pensó que llegaban refuerzos para ellos, pero en lugar de eso el más pequeño los miró.
—Vamos. Tenemos que salir de aquí. Esos que vienen por allí no son precisamente amigos. Seguidnos, creo que tenemos que aclarar algunas cosas.
David y los suyos siguieron a los dos desconocidos a través de los túneles, evitando ser vistos por los que llegaban. Este se imaginaba que incluso allí abajo también había diferentes bandos. Llegaron hasta un lugar junto a unos vagones de tren y allí se ocultaron, se asomaron y vieron llegar a un grupo de diez hombres. El que iba a la cabeza quedó un momento alumbrado por la luz que se filtraba y David pudo ver que era un hombre ario con gafas, no parecía muy fuerte, era bastante delgado.
—Zero…— murmuró en ese momento el más pequeño.
—¿Quién?— preguntó David mirando al desconocido.
—Silencio— dijo el más grande.

Zero lanzó un grito de rabia al tiempo que pateaba el suelo al ver el portón abierto de la capilla y el cadáver de papá Angelito cosido a balazos. Alguien había estado allí, seguramente Mouse y el otro, el cual no recordaba nunca su nombre, si habían sido ellos los que habían estado allí podría ser que de alguna manera lo relacionaran con la muerte del haitiano.
—Buscad por aquí. No pueden haber ido muy lejos. Deben estar por los alrededores. Buscadles y matadles.
—¿Y tu que harás?— preguntó uno de los que lo seguían, del que tampoco recordaba el nombre.
—Yo volveré allí con toda la gente y les calmaré. Tendré problemas si el resto de gente descubre que yo maté a su adorado mesías. Yo lo que necesito ahora son seguidores, no detractores ¿Lo entendéis?
Zero se despidió de sus hombres con un gesto y desapareció por uno de los túneles. Los otros comenzaron a rastrear la zona. Estaban dispuestos a disparar contra lo primero que viesen, vivo o muerto.

Mouse apretó los puños con fuerza para contener la rabia que sentía. Ese malnacido era el responsable de todo eso, comenzó a atar cabos, el robo de armas en la superficie, el posterior ataque de los de la superficie, el asesinato de papá Angelito, todo había formado parte de un plan de ese maldito nazi. Miró rápidamente a los que se había encontrado en la capilla.
—Parece ser que ya se han explicado por vosotros… Tenemos que salir de aquí. Si os ven esos os matarán. Y lo mismo nos harán a nosotros. Eso nos convierte en aliados… Supongo.
—Puedes confiar en nosotros. Yo soy David.
Ambos se estrecharon la mano aun con cierta desconfianza, pero de forma firme.
—John Villalba— respondió Mouse. –Pero todos me llaman Mouse. Este es Christopher. Ahora salgamos de aquí. Deberemos subir a la superficie ¿Conocéis algún sitio donde podamos estar seguros?— preguntó finalmente Mouse esperando que David u otro miembro de su grupo le diese una solución.
—Quizás Juanma pueda ayudarnos— dijo en ese momento Christopher. –Si alguien puede ayudarnos ahí arriba a ocultarnos es el.
En ese momento David se metió en la conversación. —¿Has dicho Juanma? ¿De que lo conocéis?
—Es una larga historia. Salgamos de aquí— Mouse miró desde su cobertura en el vagón y vio como los seguidores de Zero desaparecían de su campo de visión. –Es el momento, vamos, tomaremos la salida de central park.
Todos se pusieron rumbo hacia el exterior. Esperaban no tener ningún contratiempo y que los perros de Zero no les dieran caza antes de abandonar los túneles.
*****
Portland… Oregón…

Portland no era como me había imaginado, pensaba que iba a ser algo similar a nuestra comunidad. Allí no había ninguna valla de hierro de varios metros de altura ni electrificada. Había zanjas cavadas y al otro lado había vehículos de gran tonelaje y grandes ruedas de neumático a modo de murallas. Sobre ellas había varias mujeres armadas con rifles de asalto, lanzas y ballestas, su aspecto era demacrado, como si hubiesen estado pasando un calvario. La historia de Stacy cobraba en esos momentos más sentido que nunca.
Cuando las centinelas nos vieron llegar nos apuntaron con sus armas, solo la rápida intervención de Stacy impidió que nos mataran allí mismo.
—Abrid las puertas. Trisha, Lady. Soy yo, he vuelto— dijo Stacy con las manos en alto. Ellos me han traído de vuelta.
—Ya habéis oído. Venga— dijo Alexandra bajando también de su vehículo. –Bajad las armas y abrid la puerta.
Esperamos unos segundos y finalmente vimos como se abrían unas puertas de hierro para dejarnos paso, cuando entramos vi que su territorio no era muy grande, quizás unas cinco calles rodeadas de zanjas, escombros, trampas, vehículos y grandes ruedas. Había seguridad, sin duda, pero esta palidecía frente a cualquiera que habíamos tenido antes y especialmente se quedaba corta ante la de Manhattan. Comencé a replantearme lo de llevar allí a mi familia.
Con los vehículos ya dentro los detuvimos y comenzamos a bajarnos de los vehículos. Las mujeres nos contemplaban a los hombres con temor, como si de repente pudiéramos comenzar a masacrarlas, muy mal debían haberlo pasado con el sexo masculino como para desconfiar así y mostrar esa expresión, incluso las niñas nos miraban con desconfianza.
—¿No te da mal rollo todo esto?— preguntó Butch pasando por detrás de mi para dirigirse a uno de los camiones para comenzar a sacar la comida que llevábamos. –Todo tías… No hay ni una sola polla… Salvo las nuestras. Son como las amazonas.
Aunque muchas veces las cosas de Butch me daban vergüenza ajena escucharlas por lo ridículas que eran, en esos momentos había algo en lo que no se equivocaba, allí había bebés que no tendrían más de dos meses, eran niñas. ¿Qué era lo que hacían cuando nacía un niño varón? Me parecía impensable que se deshiciesen de el, eso era algo que antes de llevar a los míos allí, si al final lo hacía. No quería encontrarme con que naciera un niño y me obligasen a deshacerme de el.
Cuando vieron que comenzábamos a sacar comida, las mujeres y adolescentes comenzaron a apelotonarse a nuestro alrededor para que con la mano extendida para que les diéramos algo.
—Joder… Parecen No Muertos— dijo Butch mientras le era arrebatado de las manos un paquete de latas de conserva. –Quietas señoritas, que aquí hay para todas.
En ese momento una mujer más mayor que el resto se abrió paso a través de las demás, las cuales enseguida se fueron apartando y quedándose en silencio, era como si estuviesen dejando paso a una especie de deidad. La mujer siguió con paso firme hasta que llegó donde estaba yo. Era morena y debía tener unos cincuenta años como mucho, sus ojos eran de color marrón.
—Supongo que eres tu quien está al mando. ¿No? ¿Te envía Graham?
—Graham está en el hospital debatiéndose entre la vida y la muerte. Yo soy el nuevo líder de la ciudad y también estoy al mando de esta misión.

La mujer lanzó un suspiro y tendió la mano para que se la estrechara, lo hice y me presenté, ella se presentó como Amanda Kramer. Ella era la gran madre de la que Stacy me había hablado. Era con ella con quien debía hablar. Por fin habíamos llegado a Portland.

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