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Tras el ultimo capitulo de Necroworld (El 200). Este blog permanecerá abierto hasta un nuevo aviso. Cuando este aviso suceda, este blog publicará una entrada nueva donde aparecerá la nueva dirección al nuevo blog (Intentaré que os redireccione) Pasado un tiempo, este blog desaparecerá.
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sábado, 7 de junio de 2014

NECROWORLD Capitulo 37



Día 13 de Enero de 2010
Día 570 del Apocalipsis…
Manhattan… Zona segura…

Habían pasado tres días desde que Vicky había desaparecido. Eva había logrado movilizar a la mayoría de la ciudad para buscar a la niña, pero la pequeña se había esfumado por completo, no había ni rastro de ella, por si fuera poco el huracán lo tenían casi encima, eso hacía que la gente comenzase a ir hacia el Madison Square Garden para refugiarse o hacerlo directamente en sus propias casas, Eva se estaba quedando sola, por si fuera poco los mareos habían ido en aumento.
—Eva, tenemos que irnos al Madison o a casa, no podemos quedarnos aquí— le decía Yuriko, la cual se había quedado para acompañarla. Seguiremos buscándola cuando todo pase.
—No puedo hacer eso— respondió Eva, en ese momento sintió unas arcadas y se inclinó sobre si misma para vomitar, algo que sorprendió mucho a Yuriko, la cual se acercó preocupada para ayudarla.
—¿Estas bien?
Eva se apoyó en una pared que había junto a un comercio que estaba cerrando en esos momentos y luego miró a Yuriko. –Creo que estoy embarazada— en ese mismo momento las lagrimas comenzaron a aflorar en sus ojos azules.
—Pero eso es algo bonito. Vas a tener un hijo de Juanma, si el viviese estaría feliz. Es la mejor noticia que he escuchado en mucho tiempo, no entiendo por que estás llorando— respondió Yuriko tratando de animarla, pero no lo estaba consiguiendo.
—Es que no es de Juanma… es de Carlos.
La confesión de Eva dejó a Yuriko petrificada, no se lo esperaba para nada. —¿Estas segura de ello?
Eva asintió y miró a la joven japonesa –No puedo tener un hijo de Carlos, no puedo, creo que debería abortar. Carlos se ha vuelto extraño, es violento y le pegó a Vicky. No puedo tener un hijo de alguien así.
—Eva, aquí no te dejarán abortar, es una norma que tienen cuando alguna mujer se queda embarazada. Ellos quieren aumentar la población. El aborto será imposible.
—Carlos no puede enterarse, no puede…
*****

Carlos acudió al local del bebé para recoger a los hombres que le había prestado el bebé. El temporal había empeorado mucho y la mayoría de los habitantes de la ciudad se habían refugiado. Hacia tres días que había descubierto el secreto de Eva, ella estaba embarazada, no había duda de ello. Él se sentía feliz y ahora más que nunca tenía que impedir el regreso de su hermano, no iba a permitir que este regresase y le arrebatase su familia, tenía que matarle.
Una vez en el interior del local se encontró con el bebé, el cual lo condujo hasta una especie de salón, allí estaban los tres tipos, eran grandes y musculosos, el hubiera preferido que no fueran tan grandes, pero sabía que el pedirle ese favor al bebé implicaría que este le prestase hombres de su entorno, obviamente el bebé se rodeaba de auténticos gorilas que lo protegían.
—Aquí están mis muchachos, tal y como pediste. Son muy buenos en su trabajo— dijo el bebé mientras se encendía un puro.
—Eso espero, no quiero hacer de canguro de incompetentes. ¿Han disparado alguna vez contra No Muertos?— preguntó Carlos.
—¿Estarían aquí si no lo hubiesen hecho? Plantéate de nuevo esa pregunta amigo. Ya te dije que son muy buenos, su puntería es la mejor.
Carlos los miró y comenzó a hablar. –Nuestra misión es ir hasta Jersey siguiendo a un grupo que sale desde las alcantarillas, son escorias, uno de ellos es mi hermano. A el lo quiero para mí, vosotros podréis matar al resto. Nos pondremos en marcha justo cuando la tormenta estalle del todo.
La cuenta atrás había comenzado, pronto daría caza a su hermano, pronto, Carlos sería el único miembro vivo de su familia, el empezaría una nueva.

Día 25 de Agosto de 2008
Día 71 del Apocalipsis…
Peñiscola… 21:00

Carlos, su madre y otros supervivientes habían abandonado el centro comercial de Barcelona hacía cerca de dos semanas, después habían perdido la comunicación con los que seguían allí, algunos decían que el centro comercial había caído ante las hordas de infectados. Los habían trasladado a la zona amurallada de Peñiscola. El lugar parecía ser una fortaleza inexpugnable con grandes murallas que los No Muertos jamás podrían cruzar. Los puentes que accedían hacia el interior habían sido demolidos para evitar el paso de los caminantes hacia la entrada principal, la única manera de salir de allí era por mar o por unas puertas de hierro, tres en total, pero estas estaban llenas de infectados y estaban descartadas. En la parte más alta estaba el Castillo del Papa Luna, el cual los militares habían tomado como cuartel general y refugio en caso de emergencia.
Carlos y su madre como únicos supervivientes de su familia habían comenzado allí una nueva vida. Tanto Carlos como los demás habitantes más jóvenes habían estado siendo instruidos en el uso de armas, los necesitaban en caso de que ocurriese algo malo.
En su llegada, Carlos había conocido a un muchacho llamado Aaron, del cual enseguida se habían hecho amigos, ambos solían bajar a los patios inferiores de la fortaleza y desde allí contemplar el mar, cuyas olas rompían en las rocas situadas a metros por debajo de ellos.
Aquella noche Carlos se encontraba observando a solas el mar cuando escuchó la voz de Aaron, se dio la vuelta y encontró a su amigo con dos muchachas, una en cada lado, les había pasado los brazos por encima de los hombros. Las cuales no parecían ser Españolas.
—Hoy traigo compañía, te presento a Elin y a Matilda. Acabo de conocerlas en la cantina. Aceptaron gustosamente venir a pasar la noche con nosotros— Aaron le guiñó un ojo. –Creo que son de Suecia y hablan un poco de español.
Ambas chicas eran rubias de ojos azules y cuerpo escultural, quizás habían sido modelos o algo parecido, aunque según Aaron mientras fuese chica y esta no tuviese rabo, cualquiera valía.
—Soy Carlos— respondió acercándose para darle dos besos a la que le llamó más la atención.
—Elin— respondió ella, seguidamente se inclinó hacia el y le plantó un beso en los labios.
Después del beso, Carlos miró a Aaron estupefacto, este enseguida le contestó. –No me mires así, las suecas son muy abiertas… Así que disfruta un poco. También…— se llevó una mano a una mochila que llevaba y sacó varias botellas de alcohol –Si amigo, hoy toca alcohol y folleteo… mucho folleteo.

La noche avanzó entre risas, mientras Carlos hablaba y tonteaba con Elin. Aaron y Matilda se habían retirado un poco y se habían situado detrás de un muro, donde no tardaron en comenzar a escuchar los gemidos de ambos.
Allí donde se encontraban no solía bajar casi nadie, así que nadie los molestaría, muchas parejas de jóvenes acudían a sitios como ese para tener sexo.
Carlos miró a Elin y esta lo miró a el, esta estaba con la sonrisa en los labios al ver como su amiga estaba disfrutando, ella comenzó a pasarle las manos por las piernas a Carlos hasta que llegó a su entre pierna. Segundos más tarde la cabeza de la muchacha subía y bajaba sobre su miembro mientras Carlos alzaba la cabeza y cerraba los ojos, hacía mucho que no disfrutaba de esa manera.
Justo cuando Carlos iba a llegar al climax escuchó un ruido detrás de el, los gemidos de Aaron y la chica se habían parado, también Elin dejó de hacer lo que estaba haciendo y alzó la cabeza para ver que ocurría, segundos más tarde vieron salir a Aaron con los pantalones en los tobillos, este caminaba hacia ellos sollozando, al verlo, Carlos se subió la bragueta y caminó hacia el, cuando llegó vio las manos de su amigo, estaban manchadas de sangre.
—Aaron… ¿Qué coño ha pasado? ¿Qué has hecho?— preguntó Carlos zarandeándolo de los hombros mientras observaba como Elin iba a buscar a su amiga.
Aaron no contestaba, estaba demasiado tembloroso, no podía ni articular una palabra, fue en ese momento cuando Elin comenzó a gritar. Carlos dejó a Aaron y corrió hacia donde estaba la joven, cuando llegó vio el cuerpo desnudo de Matilda en el suelo.
—¿Pero que cojones?
En ese momento, Elin lo miró y comenzó a retroceder asustada, seguidamente comenzó a gritar una palabra. —¡¡¡Mördare, mördare!!!.
Carlos trató de calmarla, pero la chica además de nerviosa estaba aterrada, sus gritos tampoco ayudaban, si seguía así los iban a escuchar y entonces si que tendrían problemas de los serios. Carlos miró a Aaron, el cual se había tumbado en el suelo en posición fetal, el no iba a ayudarle. Fue en ese momento, cuando estaba superado por las circunstancias, empujó a la joven contra una pared con tanta fuerza que su cabeza crujió al golpearse, seguidamente la joven se quedó inmóvil al lado del cuerpo de su amiga. Después de eso, Carlos miró a su amigo, este seguía en posición fetal repitiendo una y otra vez la palabra “Asesino”. No le costó mucho imaginarse como había ocurrido, seguramente en el momento de frenesí, Aaron había golpeado a la chica sin querer.
No había tiempo que perder, tenían que deshacerse de los cadáveres antes de que alguien los descubriera, eso solo podría traerles problemas allí, donde el asesinato se pagaba con la muerte o el destierro.
Carlos obligó a Aaron a ponerse de pie, tenía que ayudarle a tirar los cuerpos de las chicas por el acantilado, si por algún motivo las encontraban dirían que se habían suicidado, nunca darían con ellos.
Finalmente tiraron a las chicas y Carlos se volvió hacia su compañero, el cual seguía en estado de shock, lo cogió de los hombros y lo obligó a mirarle –Escúchame bien, de esto nadie se tiene que enterar, esto nunca ha ocurrido, olvídalo todo.
—¿Y si no puedo?— preguntó Aaron. –Hemos mat…— pero Carlos le tapó la boca.
—Puedes por que nos va la vida en ello. ¿Te queda claro? Olvida lo que ha ocurrido, esto nunca ha pasado…— Aaron desvió la mirada, pero Carlos volvió a obligarlo que lo mirara. –Olvídalo.
Después de eso, Carlos acompañó a su  amigo a casa y una vez lo dejó allí se marchó a la suya. A todos los que llegaban allí les asignaban una casa, la que les habían asignado a el y a su madre era una casa de fachada azul, no muy grande pero acogedora. Nada más llegar fue a abrir la puerta, pero esta se abrió antes, fue cuando se encontró con uno de los militares de grado superior, el sargento Zabaleta, el cual se dejaba caer últimamente mucho por su casa. Al verlo, el sargento le dedicó una sonrisa.
—Buenas noches.
Carlos le respondió con el saludo más que nada por educación, no soportaba a aquel tipo ni su olor a colonia barata. Sospechaba que lo que ese tipo buscaba era camelarse a su madre, lo cual a Carlos no le parecía nada bien que aquel tipo rondara por allí, además, le parecía un imbécil integral, más de una vez había pensado en seguirlo hasta su casa y cortarle el cuello, una vez más tuvo que reprimir esos pensamientos y entrar en casa, allí dentro se encontró con su madre en la cocina recogiendo la mesa.
—¿Qué hacía ese gilipollas otra vez aquí? Es un cretino de mierda y apesta— dijo Carlos al tiempo que tomaba asiento.
—No digas eso, Pedro solo es amable con nosotros— respondió su madre.
—Será solo amable contigo… Y eso es por que te quiere llevar al huerto, parece mentira que no te des cuenta. Ese solo va a lo que va… Y te recuerdo que no hace mucho que papá murió.
Carlos nunca le había contado a su madre la realidad de lo que pasó, ni sobre Sergio ni sobre su padre, era algo que se había guardado solo para él. De hecho no se lo contaría nunca, era mucho mejor así, pero de todos modos pensaba que su madre no debería ir tonteando con nadie y menos con un tipo como el sargento Zabaleta, tampoco entendía que podía ver su madre en el, por que era obvio que algo veía.
—Bueno, me voy a dormir un poco. Mañana me toca guardia en las murallas junto a los demás.
Carlos se levantó y se fue hacia su habitación, se tumbó en la cama y no tardó en quedarse dormido, ni si quiera pensaba en lo que había ocurrido aquella noche con las dos chicas, para el eso no era nada.
*****

Día 26 de Agosto de 2008
Día 72 del Apocalipsis…
Peñiscola… 08:00

Carlos se despertó, era hora de ir a su puesto en las murallas, se levantó y se vistió rápidamente. Cuando salió de la habitación no se encontró con su madre, seguramente habría salido para ir junto con las demás mujeres a lavar las ropas de los soldados, era el trabajo que les daban a ellas allí, al menos a aquellas que no tenían capacidad para sostener un arma. A las que si podían las mandaban a las murallas o también las incluían en equipos de recolección.
En Peñiscola sus habitantes tenían varias funciones, soldados, granjeros, agricultores y lavandería y costura. Era una forma de volver a comenzar allí.
Carlos salió de su casa y se miró el reloj, aun quedaba un rato para que empezara su turno, pero aun así le gustaba estar allí antes de tiempo, los chicos siempre tenían alguna anécdota que contar sobre caminantes, una vez le contaron que habían visto a dos de ellos adentrarse en el agua y luego no poder salir, aquello los había divertido hasta que decidieron jugar al tiro al blanco con ellos.
Atravesó un corral donde una mujer cuidaba de unas gallinas, esta miró a Carlos y le saludó, el le devolvió el saludo con una sonrisa. Fue en ese momento cuando escuchó un ruido, pensó que era alguien de allí dentro haciendo algunas pruebas con algún vehículo, pero enseguida descartó esa posibilidad, el sonido venía de más arriba, concretamente desde el cielo. Entonces vio algo que lo dejó perplejo, era un helicóptero de color blanco que se estaba acercando hacia Peñiscola. Desde que habían llegado a Peñiscola no habían vuelto a ver uno de esos aparatos, pero ahora había uno volando directo hacia ellos.
La alarma no tardó en sonar en Peñiscola, no se sabía muy bien que iba a pasar, así que las mujeres, niños y ancianos se refugiaban en sus casas mientras Carlos y los demás soldados acudían al único sitio donde el helicóptero podría aterrizar y también el único desde donde podrían tener un ángulo de tiro perfecto, se dirigían hacia la parte más alta del castillo, allí era donde Carlos y su madre habían aterrizado en su llegada. Si resultaban ser hostiles se iban a llevar una desagradable sorpresa.
Carlos llegó al castillo y junto a otros soldados comenzaron a ocupar la parte superior del castillo mientras el helicóptero descendía y tomaba tierra, cuando se posó, todos los soldados apuntaron a sus ocupantes.
Uno de los soldados se lo quedó mirando y susurró. –Creo que es un helicóptero del ejército francés… ¿Qué hacen aquí?
Carlos miró al militar que había hablado y seguidamente volvió a mirar hacia el helicóptero, del que enseguida por una de las ventanas surgió una mano sosteniendo un pañuelo de color blanco, una indicación de que iban en son de paz, aunque en Peñiscola eran cautos y de momento no iban a bajar las armas.
Después de sacar el pañuelo, la puerta del helicóptero se abrió y salió un chico joven con las manos en alto, seguidamente comenzó a hablar, tenía un marcado acento francés, aunque el español lo hablaba perfectamente. Sus ropas dejaban claro que ese joven también era militar. El compañero de Carlos que había hablado momentos antes había dado en el clavo.
—Mi nombre es Philip, venimos en son de paz. ¿Quién está al mando aquí?
Fue en ese momento cuando el militar de mayor rango que había allí salió de entre la multitud y se plantó delante del joven soldado francés.
—Soy el teniente Moreno. ¿Qué trae por aquí a unos militares franceses— el teniente miró hacia el interior del helicóptero y vio a tres hombres más. –Que los ocupantes del helicóptero salgan también. –Ordenó.
Philip miró a sus compañeros. –Sortez de l´hélicoptère et laissez vos bras à l´intérieur.
—¿Qué ha dicho?— preguntó un soldado muy joven que había detrás de Carlos.
—Ha dicho que salgan del helicóptero y que dejen las armas dentro— respondió otro soldado más mayor.
El teniente Moreno vio como los demás franceses bajaban del helicóptero y se quedaban delante de este con las manos donde los demás pudieran verlas, era evidente que decían la verdad y que no buscaban problemas, no se arriesgarían de esa manera, era una locura que trataran de hacer algo, estaban en minoría. Moreno miró al francés que se acababa de presentar como Philip.
—Muy bien, habla. Parece que se te da bien nuestro idioma.
—Me defiendo, simplemente eso. Verá teniente, mis hombres y yo nos dirigíamos hacia Valencia. Pasamos por Barcelona, pero allí en aquel centro comercial no queda nadie vivo… ha caído.
Moreno hizo un gesto de disgusto, aunque el era uno de los muchos que se habían imaginado que el lugar había sucumbido, luego volvió a mirar a Philip. —¿Y que hay en Valencia? También sabemos que el refugio ubicado en la plaza de toros del centro de Valencia ha caído. Todos los puntos seguros de España se han visto comprometidos. El número de esos seres es tan elevado que nuestros soldados no logran frenarlos, aun sabiendo su punto débil. Estamos en minoría.
—Más bien nos dirigimos a Picassent, donde tenemos nuestro campamento. Estamos bien organizados y resistimos al igual que ustedes. Si paramos aquí fue por que nos quedábamos sin combustible y bajamos para ver si era posible que nos prestaran un poco, se lo pagaríamos gustosamente. En Francia somos muy agradecidos… y más después de este desastre.
—¿Cómo están las cosas en Francia?— preguntó Moreno.
Philip miró al teniente con gesto confuso. —¿Aun no se ha enterado? Han pasado poco más de dos meses. Ya debería saber que el mundo entero está así. Hemos visto muchos pueblos y ciudades desde el aire… y todo, absolutamente todo, presenta un aspecto similar al que hay al otro lado de estas murallas. Aquí tienen unas buenas defensas, pero eso no se puede decir de los pueblos y ciudades. La humanidad se ha extinguido, me sorprende que no lo supiera ya.
Un coro de murmullos se extendió entre los militares que rodeaban el helicóptero, muchos incluso bajaron las armas o se dejaron caer de rodillas totalmente desolados. Ciertamente no esperaban que el desastre hubiese sido tan devastador. Era mucho peor de lo que habían pensado en un principio, ciertamente pensaban que en algunos sitios habían resistido o incluso evitado el avance de esas cosas.
—¿Cómo puede ser que siendo nosotros más inteligentes hayamos perdido frente a esos montones de carroña? Es impensable— dijo Moreno alzando la voz. –Es inexplicable.
—Es más explicable de lo que usted piensa teniente— respondió Philip –La desinformación y la censura mediática hicieron gran daño. Cuando quisimos darnos cuenta no solo nos superaron en numero, si no que no sabíamos como acabar con ellos, no hasta que ya fue demasiado tarde.
Moreno asintió varias veces y luego mandó a varios de sus soldados a que cogieran todas las armas que llevaban dentro del helicóptero, seguidamente volvió a mirar a Philip –No te preocupes, os devolveremos las armas después, solo seguimos un protocolo de seguridad.
—Lo entiendo— respondió Philip llevándose la mano a la cintura y sacando una pequeña pistola, la cual entregó enseguida a Moreno. –En estos tiempos… uno no puede fiarse de nadie, es lo que marca la diferencia entre la vida y la muerte, hay mucha gente mala ahí fuera.
Después de eso, Moreno ordenó que los militares bajaran sus armas, ya que los franceses en esos momentos no representaban ninguna amenaza. Después de un rato, tras una larga conversación entre Moreno y Philip, a los soldados franceses les entregaron bastante combustible. Cuando ya estaban a punto de marcharse recuperaron sus armas y Philip le estrechó la mano a Moreno.
—Muchas gracias teniente. Nunca olvidaremos la ayuda prestada. Ojala podamos devolverles el favor en el futuro.
—Quizás podamos organizarnos para unir fuerzas contra los caminantes. Puede que tengamos alguna esperanza después de todo.
—No me cabe ninguna duda. Hasta otra teniente— respondió Philip caminando hacia el interior del helicóptero, antes de subir volvió a mirar al teniente Moreno. –No obstante, puede que nos veamos antes de lo esperado y pronto— seguidamente el francés subió al helicóptero y este despegó.
Carlos observó como el helicóptero se alejaba, la tranquilidad no tardó en regresar a Peñiscola, era hora de ir a su puesto. Mientras caminaba hacia las murallas le sorprendió no haber visto todavía a Aaron. Como se estaba comenzando a preocupar pensó que sería buena idea pasar por su casa para ver como estaba, al fin y al cabo le venía de paso.
Carlos llegó a casa de Aaron, el joven vivía solo y no tenía familia conocida, ni siquiera Carlos conocía su historia, tan solo su nombre. Carlos llamó repetidas veces a la puerta, pero no tuvo respuesta, entonces se dio la vuelta y vio pasar a una mujer con un carrito lleno de tomates recién cultivados, esa mujer vivía en esa zona, así que decidió preguntarle.
—¿Ha visto salir a Aaron de su casa?
La mujer negó con la cabeza y se alejó. Para Carlos era extraño y estaba empezando a preocuparse, así que sin pensárselo dos veces le asestó una patada a la puerta. Se trataba de una puerta de madera que se abrió con el impacto, Carlos se metió dentro de un salto, pero no había ni rastro de Aaron.
El interior de la casa estaba vacio, ni rastro de Aaron. Carlos lo llamó pero no tuvo respuesta, tan solo le quedaba subir al piso de arriba para ver si este estaba en la habitación. Fue subiendo poco a poco y cuando estuvo arriba fue hacia la habitación de su amigo, abrió la puerta y entonces lo vio.
Aaron estaba desnudo colgando de una de las vigas del techo, con una cuerda alrededor de su cuello, Carlos podría haber hecho algo en ese momento, pero Aaron estaba morado, señal de que ya llevaba horas muerto, nada de lo que hiciera le devolvería la vida. Se fijó también en la silla que estaba tumbada de lado en el suelo.
—Puto cobarde…
Aaron se había suicidado seguramente porque no soportaba la culpa de haber matado a una chica, aunque también podría sumársele el hecho de que el mundo se hubiese acabado, desde luego no era buena combinación, ni tampoco era el primero que se quitaba la vida allí, más bien era el decimo, recordaba como el segundo día de estar en Peñiscola vio a una familia entera saltar al mar desde lo más alto, un matrimonio con dos hijos, se cogieron de la mano y todos juntos se lanzaron al mar, cuando recuperaron los cadáveres estaban prácticamente irreconocibles.
Como no podía dejar el cuerpo de Aaron allí, salió de la casa y fue a informar a los mandos, una vez se plantó ante ellos les contó como había encontrado el cadáver y mintió sobre el motivo del suicidio, simplemente dijo que no sabía el porque lo había hecho. También los mandos reconocieron lo mucho que Carlos y Aaron estaban unidos y le dieron a este el día libre, así que se fue a casa, donde seguramente dormiría un poco y quizás después fuese a su lugar para observar el mar, era lo único que le quedaba.
Cuando Carlos estaba llegando a casa se encontró con Pedro Zabaleta, el cual se dirigía al mismo lugar. A el no le sentó nada bien encontrarse con aquel tipo, sabía demasiado bien a lo que iba, buscaba liarse con su madre.
—Me he enterado de lo de tu amigo. Lo siento hijo.
—¿Hijo? Yo no soy tu hijo. Yo solo soy hijo de dos personas, una de ellas no está aquí… Y tú por supuesto nunca lo suplantarás. Desaparece de mi casa o tendremos un problema— le amenazó. Eso hizo que Zabaleta arrugara la nariz. —¿Es que no me has escuchado pedazo de mierda? Fuera de mi vista, no quiero volver a tener que olerte nunca más, apestas y me das asco.
—¿Has perdido la cabeza o que? estás chiflado— respondió Zabaleta. –Si fueras mi hijo no me hablarías así, por que te aseguro que de una hostia te quitaba toda la tontería.
En ese momento una explosión de rabia hizo que Carlos se lanzara contra Zabaleta y lo estampara contra una pared, una vez ahí le acercó el cuchillo al cuello. –Venga hijo de puta, dame esa hostia y quítame la tontería. No lo harás porque eres un mierda… No entiendo como puede ser que un tipo como tu siga vivo a día de hoy. Te juro que como te vuelva a ver por aquí te mato. –Carlos lo soltó y Zabaleta dio unos pasos hacia atrás.
—Estás mal de la cabeza. Tu madre tiene razón.
—Deja a mi madre en paz— respondió Carlos mientras veía alejarse a Zabaleta. –Te juro que no vacilaré en matarte si te vuelvo a ver.
Después de la confrontación con Zabaleta, Carlos se fue a casa, su madre no estaba, pero no le importó, lo que el necesitaba en esos momentos era dormir y dejar de darle vueltas a las cosas, no quería pensar en Aaron y en lo que habían hecho, nadie iba a descubrirlos y aun así el se había quitado la vida, Carlos suponía que debía deberse a no poder soportar la culpa que se lo comía por dentro, era alguien débil.
Poco a poco Carlos se fue quedando dormido y en sus sueños volvió a lo que era su vida antes del Apocalipsis. Como añoraba esos tiempos, aunque estos se habían terminado para siempre…

La primera explosión despertó a Carlos, este se levantó de golpe y miró a su alrededor, era de noche, pero no sabía que hora era. No solo escuchó la explosión, también notó una sacudida en el suelo, como si se tratara de un terremoto, no tardaron en llegar más explosiones y sacudidas.
Se levantó de la cama de un salto y bajó corriendo a la cocina mientras se ponía la camisa, allí se encontró con su madre que parecía estar recogiendo.
—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?
—Caminantes, hay caminantes dentro de las murallas.
En ese momento apareció Zabaleta por allí cargado con una mochila, de la que sobresalía una botella de agua. Carlos lo miró y luego miró a su madre. —¿Qué coño está haciendo este hijo de puta aquí?
—No hay tiempo para discutir esto, tenemos que llevar a tu madre al castillo, es allí el único sitio donde estará segura— respondió Zabaleta mirando a Carlos.
Una nueva explosión los hizo mirar hacia la puerta, no tardaron en comenzar a escuchar a la gente que pasaba corriendo por allí en dirección al castillo. Carlos ignoró a Zabaleta y salió al exterior, se chocó con varias personas cruzando la empinada calle que subía hacia arriba, cuando llegó al muro que había al otro lado se subió y miró hacia abajo.
La escena que vio Carlos fue dantesca, una de las puertas de hierro que impedía la entrada de caminantes había desaparecido, dejando un enorme agujero en el muro por donde entraban cientos de aquellos seres, los militares trataban de frenarlos, pero era imposible. Escuchó a la gente gritar y hablar, parecía que las demás puertas de hierro habían desaparecido. Volvió corriendo al interior de la casa y miró a Zabaleta.
—¿Va en serio eso de que han desaparecido las puertas de hierro? Eso es imposible… No puede ser.
—Pues es, no se como ha pasado, ya que los guardas de las puertas murieron en el acto, pero parece que las reventaron con cohetes. Sea lo que sea, es alguien quien nos está jodiendo. Ahora coge tu arma y pongamos a salvo a tu madre antes de que los caminantes alcancen esta zona.
Carlos cogió su fusil siguiendo la orden de Zabaleta. Odiaba a ese hombre y le asqueaba seguir su orden, pero no había tiempo para discusiones, una vez estuvieron preparados salieron y se unieron a los demás habitantes del lugar, los cuales se iban empujando y dando codazos.
Mientras corrían, Carlos escuchó a sus espaldas gritos, eran de terror, eso hizo que la gente se asustara y aceleraran el paso, tanto que mucha gente acababa cayendo por encima del muro hacia a las calles de más abajo, chocando así contra el suelo, otros directamente caían sobre los tejados. El caos había estallado de nuevo.
Carlos cogió a su madre de la mano y tiró de ella entre la multitud, perdiendo así de vista a Zabaleta.
—¡¡¡¡No podemos dejar atrás a Pedro!!!!— gritó su madre.
—No hay tiempo que perder, tenemos que alcanzar un lugar seguro antes de que… ¡¡¡Joder!!! Me importa una mierda que ese tipo muera, me importa una mierda que muera toda esta gente. Ahora debemos preocuparnos por nosotros mismos, tenemos que salvarnos.
—¡¡¡Noooo!!!!— gritó su madre soltándose, eso hizo que Carlos se parara y mirara a su madre.
—¿Es que no te das cuenta? ¡¡¡Vamos!!!— volvió a agarrarla de la mano y tiró de ella, pero esta se soltó y Carlos sin pesárselo dos veces le asestó una sonora bofetada.
Su madre lo miró con una mirada acusadora. –Estás loco. Has perdido la cabeza, seguro que dejaste morir a tu padre y a tus hermanos.
—Muy bien mamá. Que te den. Yo me largo de aquí
 Justo cuando iba a seguir alejándose vio como la gente que iba más adelantada parecía regresar, provocando así una avalancha que iba en contra dirección de donde querían ir. Incluso vio a más gente caer desde lo alto del muro. Enseguida se dio cuenta del por que ocurría eso, los caminantes les habían salido al paso subiendo por otra calle y eso hizo que la gente diese media vuelta, incluso vio a varios militares que estaban abriendo fuego contra los No Muertos que venían de más arriba.
Carlos se dio la vuelta y comenzó a correr calle abajo  apartando a la gente a base de codazos y empujones, cuando tuvo la oportunidad se metió por un callejón, librándose así de los empujones de los demás habitantes, necesitaba descansar, fue en ese momento cuando escuchó la voz de Zabaleta un poco más alejada por aquel callejón, caminó hacia ella y se encontró con Zabaleta y su propia madre a la que había perdido de vista después de la bofetada, de alguna manera, Zabaleta había llegado hasta ella y se la había llevado hasta ahí. Entonces vio algo que hizo que le hirviera la sangre, aquel tipo estaba besando a su madre, el arrebato de rabia que sintió fue tan grande que alzó su fusil y descargó una ráfaga de balas sobre ambos, estos cayeron al suelo y se quedaron prácticamente inmóviles.
Carlos se acercó justo cuando Pedro Zabaleta dejaba de moverse, a su madre aun le quedaba un poco de vida, ella clavó los ojos en Carlos.
—Tú me has obligado a esto mamá. Yo no quería… Pero tú…— Carlos disparó otra vez a su madre, esta vez a la cabeza, matándola en el acto.
Tras acabar con su madre se marchó del callejón y alcanzó el castillo, pero allí la batalla estaba perdida, los caminantes habían llegado antes y habían acabado con todos los que allí había. Carlos no daba crédito a sus ojos, aquello parecía el mismo infierno debido a las llamas que se extendían. Carlos sintió ganas de gritar, pero entonces vio a alguien caminar hacia el con un fusil entre las manos, enseguida reconoció al francés que había hablado con Moreno aquella misma mañana… Philip…
—Tú… habéis sido vosotros…— murmuró Carlos sin entender como había llegado aquel tipo allí. Enseguida alzó el arma y apuntó al francés, apretó el gatillo pero no salió bala alguna, se dio cuenta que había gastado todo el cargador disparando sobre su madre y Zabaleta. Estaba completamente indefenso.
—¿No tienes más munición? Lo lamento— dijo el francés con cierto sarcasmo.
Carlos comenzó a retroceder mientras miraba a los caminantes que estaban comiendo sin reparar en ellos, finalmente llegó al muro con el que chocó, se dio la vuelta y miró hacia abajo, allí al fondo solo había agua, las olas rompían con furia en las rocas. Sin saber a donde ir se subió y se quedó en el borde.
—¿Por qué hacéis esto? ¿Qué sacáis con atacarnos?— preguntó Carlos tratando de encontrar una respuesta a todo lo que había pasado.
—Por nada en realidad… Pero solo sigo ordenes, debes comprender que el mundo ha cambiado. Tu familia a muerto y nunca volverás a tener una— seguidamente alzó el arma y disparó.

Carlos sintió la bala y cayó hacia atrás. La caída fue larga, pero finalmente sintió el agua y se hundió, sintió varios golpes y cuando parecía que iba a morir vio algo, una puerta que no sabía de donde había salido estaba saliendo a flote, era su única oportunidad. Todavía aturdido por el impacto y por la perdida de sangre, nadó hasta la puerta y se agarró a ella, hasta que salió a flote donde se quedó inconsciente.

Día 28 de Agosto de 2008
Día 74 del Apocalipsis…

Tras dos días a la deriva, Carlos se despertó con el sol de medio día, llevaba dos días sin comer ni beber. Estaba hambriento y deshidratado, sentía que no tardaría mucho en morir, al menos no moriría por culpa del disparo que solo le había atravesado un brazo, se había hecho un torniquete.
Le daba muchas vueltas a las palabras de aquel francés, había perdido a toda su familia y seguramente nunca volvería a tener una, aun así se juró a si mismo que si sobrevivía y algún día tenía la oportunidad de tener una familia, haría lo que fuera por conservarla, aunque tuviera que matar a alguien, fuese quien fuese, no volverían a arrebatarle algo tan preciado.

Días más tarde…

Había perdido la noción del tiempo y estaba al límite de sus fuerzas, sentía que podría morir de un momento a otro. Estaba a punto de dejarse vencer y aceptar el abrazo de la parca cuando vio algo surgir del agua a su lado, era grande y de un color negro metálico. Poco después vio a alguien salir por una escotilla, lo miró y perdió el conocimiento, cuando volvió a recuperarlo se encontró en lo que parecía una habitación de hospital, pero al mirar hacia la ventanilla vio peces, indudablemente se encontraba en un submarino. Miró a su alrededor y vio a un hombre que lo miraba. Carlos intentó hablar, pero aquel tipo no le dejó.
—No hables ahora. Las respuestas llegarán en su momento, por ahora debes saber que soy el sargento Cooper y que estás en un submarino rumbo a Manhattan, una de las ultimas ciudades que resisten…

Día 13 de Enero de 2010
Día 570 del Apocalipsis…
Manhattan… zona segura.

Con el huracán ya azotando Manhattan, Carlos y sus hombres avanzaban bajo la tormenta por las calles vacías de la ciudad. Tenía muy claro lo que tenía que hacer, había conseguido una familia después de creer tanto tiempo que ya no iba a tenerla. Y eso era algo que ni su hermano podría impedir, iba a matarlo para que este no se interpusiera.

2 comentarios:

  1. Esperando con el próximo capítulo con ansiaaa!!

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  2. me tienes en suspenso quiero mas

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