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jueves, 21 de noviembre de 2013

NECROWORLD Capitulo 15



Washington DC…

Los sacerdotes comenzaron a caminar alrededor de los crucificados mientras dictaban rezos en latín. Cada uno tenía una biblia en la mano y uno de ellos blandía algo en el aire como si de un péndulo se tratase. Aquello era como una bola de la que salía humo, enseguida me llegó el olor a incienso. Entonces noté como Isabella me ponía las manos en la espalda y me empujaba levemente.
—Tu sitio durante el sacrificio es junto a los demás templarios— comenzó a decirme en voz baja. –Cuando estés junto a ellos adopta su misma posición.
Hice lo que Isabella había dicho y cuando llegué junto a los cuatro templarios que allí había me puse de pie junto a uno y saqué mi espada haciendo que la punta tocara el suelo mientras sostenía el mango con ambas manos, mi hermano estaba a unos pocos centímetros de mí. Gracias al casco podía mirarla de reojo sin que los demás se dieran cuenta, luego miré a Sid y al japonés. Ambos estaban inmóviles con la cabeza caída, tocando su pecho con la barbilla, no sabía si estaban muertos o no. Mientras los sacerdotes continuaban con su ritual enfermizo.
Cuando los sacerdotes acabaron de recitar los versos de la biblia se plantaron frente al joven japonés. Uno de los sacerdotes le levantó la cabeza cogiéndole de la barbilla, entonces comenzó a decir algo que si que pude entender.
—No importa el país del que provengas, porque cuando tu alma sea purificada, dios te acogerá en su reino y serás uno más de sus ángeles. Dejaras atrás esta existencia terrenal en este mundo podrido y vivirás por siempre en el reino celestial de dios tras ser quemado en el fuego purificador.
Seguidamente el sacerdote le hizo la marca de la cruz con la mano. Luego se acercó a uno de los quemadores e hizo lo mismo en el tanque de combustible, era como si estuviese bendiciendo el fuego.
Iba a moverme para impedir esa atrocidad, pero entonces una mano me agarró del hombro. —¿A dónde vas Lazarus? Esta es la mejor parte. Supongo que no te la querrás perder— me di la vuelta y vi al templario que tenía al lado. –Ya sabes que nuestra posición debe ser esta en todo momento.
Mientras uno de los tres quemadores caminaba hacia el japonés preparando el lanzallamas, aquello no era ninguna broma, se disponían a quemarlo vivo. En ese momento miré a Isabella, la cual estaba más apartada. Fue en ese momento cuando miré al otro templario.
—Es que no me va esta mierda ¿Sabes?— le respondí con una sonrisa que no podía ver nadie.
—¿Pero que? ¿Quién…?
El templario no acabó la frase, le asesté una fuerta patada en el pecho y este cayó hacia atrás empujando a los otros, pronto los cuatro templarios comenzaron a bracear en el suelo intentando levantarse. Fue en ese momento cuando los sacerdotes y los quemadores clavaron su mirada en mí, rápidamente tiré de mi hermano y lo levanté, luego le quité las cuerdas de las manos.
—Ve a por tu arma. ¡¡¡Vamos!!!
Mi hermano no se paró a hablar, salió corriendo hacia el caballo donde había guardado su fusil con premeditación. Yo me quedé allí solo mientras cuatro templarios me rodeaban blandiendo sus espadas, yo también hice lo mismo, aunque lo cierto era que no tenía ni idea del combate con espada, las había usado en los entrenamientos, pero no tenía ni por asomo la misma capacidad que aquellos cuatro que en poco tiempo iban a hacerme pedazos. Blandí la espada en el aire y el metal de las espadas comenzó a chocar. Mientras, los sacerdotes tratando de ignorar mi lucha a muerte, seguían con el ritual.

Mi hermano llegó hasta los caballos y cogió el fusil. Cuando ya lo tuvo en sus manos quiso volver hasta el lugar del sacrificio, pero entonces se encontró de cara con uno de los tipos con lanzallamas. A Carlos le vino justo lanzarse a un lado para evitar la llamarada, podría haber disparado, pero sabía que las balas no iban a traspasar aquella armadura que portaba, solo le quedaba correr y buscar la oportunidad de disparar.

Los cuatro templarios trataban de alcanzarme con sus espadas. Yo me defendía blandiendo la mía para bloquear las suyas y luego les asestaba puñetazos que no tenían el más mínimo efecto. De repente sentí un golpe en la espalda, eso me hizo caer de bruces, intenté incorporarme rápidamente, pero los templarios me inmovilizaron. Luego entre los cuatro me levantaron y pude ver como los sacerdotes se acercaban, uno de ellos, un hombre con ojos verdes y cabellera blanca puso las manos en mi cabeza y me quitó el casco.
—¿Qué puede querer de nosotros un intruso? Te cuelas en nuestro ritual de purificación y tratas de echarlo a perder… eso solo significa una cosa. Eres un enviado del demonio. Has sido enviado para impedir la purificación.
—Por que es un ritual de locos. Lo que esta pasando en el mundo nada tiene que ver con dios o el demonio. Es un virus que al morir te reanima, lo de ahí fuera son muertos vivientes. No poseídos.
—Son poseídos y la gente como tu sois enviados por el diablo para detenernos a nosotros. Vosotros sois la versión negativa de los templarios. Sois como los perros del diablo.
—¿Qué hacemos con el padre Alexis?— preguntó uno de los templarios.
—Lo purificaremos en la cruz. Y como parece ser el líder… pues el será el primero en ser purificado. Quitadle la armadura y preparadle una cruz a el también.

Carlos había logrado escapar por los pasillos de la catedral, pero el tipo del lanzallamas seguía detrás de el. Lo sabía porque escuchaba sus pisadas detrás de el.
Los pasillos se iban tornando más oscuros debido a que fuera había estallado una tormenta de nieve, también estaba comenzando a anochecer, el tiempo allí se les estaba pasando volando.
Carlos escuchó en ese momento las pisadas de su perseguidor, y en la oscuridad del pasillo vio un resplandor naranja. Era el resplandor producido por el fuego del lanzallamas. Carlos se ocultó detrás de una mesa llena de candelabros que había en el pasillo, había tenido una idea, si las balas no traspasaban la armadura debía disparar al deposito de combustible que llevaba en la espalda, esa era la manera efectiva de acabar con ellos.
Carlos se agachó y esperó pacientemente a que el verdugo del lanzallamas pasara por su lado. Cuando este pasó y se alejó, Carlos saltó por encima del mueble y se situó justo detrás para usarlo como cobertura, seguidamente apuntó y antes de que el verdugo se diera la vuelta disparó.
La explosión iluminó todo el pasillo e hizo reventar los cristales de las ventanas. Cuando el fuego y el humo se disipó, Carlos vio los restos del verdugo. Este estaba calcinado por completó, la explosión había sido brutal.  Ahora Carlos debía volver al hall principal para ayudar a su hermano.
*****


Luci, Juan y Mike vieron la explosión desde su posición. Entonces vieron que algo había salido mal y que ya debían entrar en acción. Los tres salieron de su escondrijo y comenzaron a correr hasta la puerta principal, no había vigilancia de ningún tipo, así que colarse en el interior iba a ser fácil.
—¿Cómo lo hacemos? No podemos entrar disparando a lo loco. Lo lógico sería entrar poco a poco y…
Un grito interrumpió a Luci en esos momentos, entonces miró a sus dos compañeros y rápidamente supieron lo que tenían que hacer. Mike se puso delante y comenzó a empujar las puertas. Una vez dentro se encontraron con todo lo que estaba ocurriendo, aquello era un espectáculo macabro.

El primer martillazo al clavo me hizo sentir un fuerte dolor, entonces dejé escapar un fuerte grito de dolor al tiempo que veía la sangre fluir de la palma de mi mano izquierda. El templario me miraba con una sonrisa mientras alzaba la maza para volver a dar otro golpe. Iban a crucificarme igual que ha Sid, justo cuando iba a llegar el segundo golpe escuché un disparo y el templario cayó sobre mi al tiempo que su sangre me salpicaba. Todos los presentes miraron hacia el lugar y allí estaba Juan con el fusil en alto, era el quien me había salvado.
Rápidamente me quité al templario de encima y me arranqué el clavo de la mano. Después rodé sobre mi mismo y arrebaté la espada del cadáver del templario.
—Malditos enviados del demonio. No vais a detenernos, el bien triunfará sobre el mal y tu morirás— dijo uno de los sacerdotes sacando un puñal y abalanzándose sobre mí. Yo iba a recibirlo con un mandoble de la espada, pero un nuevo disparo sonó y se abrió un boquete en el pecho del sacerdote. Seguidamente este se desplomó. Entonces miré hacia arriba y vi a mi hermano en uno de los palcos, era el quien había disparado.
Los quemadores comenzaron a lanzar llamaradas en ese momento hacia mí, yo me había convertido en el principal objetivo de aquel atajo de locos, necesitaba un arma de fuego. Para esquivar las llamas me lancé detrás del altar, cuando pensaba que estaba atrapado apareció Luci a mi lado. Enseguida esta me pasó mi mochila y mis armas.
—Tu solo eres bueno con las armas de fuego. Las espadas déjamelas a mí— respondió esta a la vez que se desenvainaba la katana y volvía a desaparecer por encima del altar.
Yo me preparé en ese momento el fusil y salí de mi escondite disparando a uno de los quemadores, las balas no le hacían efecto, fue en ese momento cuando vi el punto débil de este. Lo rodeé rápidamente esquivando las llamas y apunté al tanque de combustible que llevaba a la espalda. La explosión no tardó en llegar, esta también alcanzó a uno de los sacerdotes. En el interior de la catedral se había montado una autentica batalla.
*****

Vanesa se miró el reloj y luego miró a Yuriko. La hora de despegue había llegado y no podían retrasarse más, a pesar de la tormenta de nieve que tenían encima. Vanesa se consideraba buena piloto, pero hacer algo así en esos momentos era prácticamente un suicidio, las posibilidades de estrellarse eran enormes, pero tenía que hacerlo.
—Muy bien Yuri. Será mejor que te agarres fuerte.
Yuriko tomó asiento junto a su amiga y se puso el cinturón y los cascos, seguidamente Vanesa puso en marcha el motor y el helicóptero comenzó a elevarse. Iban a ir a recoger al resto del grupo a la catedral, luego debían bajar en la casa blanca a recoger a Jill y a Marlon.
Enseguida que el helicóptero estuvo en el aire comenzaron a notar las ráfagas de viento que hacían que el helicóptero se moviese demasiado. Yuriko tenía que agarrarse con fuerza para no darse golpes con cada sacudida.
—Lo que me imaginaba. No será fácil volar con este temporal— dijo Vanesa con un gruñido.
—Yo confió en ti… y los demás también.
Justamente en esos momentos, Vanesa pareció lograr estabilizar el aparato y pudo volar hacia la catedral, mientras se iban acercando vio un destello naranja, algo así como un incendio en una de sus plantas superiores.
—¿Eso es un incendio?— preguntó Yuriko.
—Eso parece, seguro que los demás tienen algo que ver con ello. Me apostaría la cabeza— respondió Vanesa.
—En casos como este mejor no te la apuestes mucho— respondió Yuriko.
Cuando el helicóptero estaba apunto de tomar tierra vieron varias siluetas tambaleantes que surgían de portales cercanos a la catedral, todos avanzaban en dirección a esta. Eso hizo que tanto Yuriko como Vanesa comenzaran a sentir miedo. El jaleo que estaban armando en el interior de aquel lugar estaba atrayendo a los No Muertos, los cuales avanzaban pese al frio.
*****

El clavo no había traspasado la mano del todo, pero aun así sangraba mucho y me dolía a horrores. Tuve que romper uno de los manteles de tela del altar para poder taponar la herida. Entonces vi como uno de los sacerdotes, el que parecía el líder comenzaba a huir. Se suponía que ese era el que debía darnos todas las explicaciones que queríamos, no podía dejarle escapar. Antes de salir detrás de el miré a Luci y vi que se las estaba apañando muy bien con los templarios, ellos eran mejores que yo con la espada, pero no mejores que Luci. Esta sabía donde clavar la punta de la katana.
Enseguida comencé a perseguir a mi presa.

Luci se defendía con puñetazos, patadas y mandobles de katana. Primero derribó a uno de ellos mientras esquivaba a otro, seguidamente clavó la katana a través de la obertura de los ojos. Enseguida aquel templario dejó de moverse.
—Os toca
Los templarios se miraron los unos a los otros y salieron corriendo en dirección a la puerta principal de la catedral. Juan y Mike podrían haberlos detenido, pero no lo hicieron, aquellos cobardes ya no representaban una amenaza.
Cuando los tres templarios supervivientes llegaron a las puertas y las abrieron, no solo entró el frio, también lo hicieron varias siluetas tambaleantes que los engulleron al instante como si fueran una ola. Ni siquiera sus armaduras y espadas les sirvieron de nada contra aquel ejército de No Muertos.
Pronto el hall de la catedral comenzó a llenarse de No Muertos que al ver a Juan, Mike y Luci se excitaron. Habían descubierto en ellos el menú del día.
—Por aquí seguidme— dijo la chica que enseguida supieron que era Isabella.
Pero no podían irse de allí sin llevar con ellos al joven japonés que Mike había reconocido como Toshio y a Sid. Rápidamente los tres miembros del grupo comenzaron a sacar de las cruces a los prisioneros, tuvieron que hacer auténticos malabarismos para sacarles de allí. En ese momento Mike recibió una llamada de Vanesa desde el helicóptero.
—¿Qué ocurre?— preguntó Mike
—No puedo aterrizar ahí abajo. En un momento se han congregado demasiados infectados ahí abajo, pero veo un tejado en la catedral. Creo que puedo aterrizar allí. Deberéis moveros hasta allí, intentare estar esperándoos.
—Muy bien respondió Mike mientras bajaba a Sid de la cruz.
Mientras Luci y Mike hacían el trabajo, era Juan quien disparaba a los No Muertos que se iban acercando. Había muchísimos, entonces vio a su derecha como un sacerdote surgía de algún lugar, su cuerpo aun despedía humo. Enseguida este se lanzó sobre Juan intentando morderle. Mientras este impedía que el No Muerto le mordiese, un segundo sacerdote surgió también, este llevaba un enorme boquete en el pecho producto de un disparo.
Juan le dio un cabezazo al primero que lo había atacado y lo hizo perder el equilibrio, momento que aprovechó Juan para abatir al segundo de un tiro en la cabeza. Enseguida apareció Isabella blandiendo una de las espadas sobre la cabeza del que Juan había derribado, finalmente lo decapitó.
—Tenemos que ir hacia donde me ha dicho Vanesa— dijo Mike en ese momento mientras cargaba con Sid. —¿Dónde coño están Juanma y Carlos?.
—Pisos superiores— señaló Luci.
Isabella, Juan, Mike y Luci comenzaron a correr mientras cargaban con los heridos. Cruzaron una puerta de abajo y rápidamente Mike la bloqueó. No tardaron en comenzar a escuchar los golpes de aquellos seres. Lo que Mike había hecho no los mantendría a raya siempre, pero los retrasaría el bastante tiempo como para que ellos pudieran escapar. De momento estaban a salvo.
*****

Los pasillos eran oscuros y yo no tenía ninguna linterna a mano, tan solo contaba con mi fusil. El padre Calisto había pasado por allí en su huida y dudaba que pudiese haber ido hacia otro lado. Estaba sobre la pista buena, pero estaba sumido en la oscuridad. Entonces comencé a escuchar los rezos en latín de aquel sacerdote. Este parecía que estaba jugando conmigo, pronto comenzó a recitar rezos que yo si podía entender.
—El maligno esta detrás de mi, pero no lo temo porque dios esta conmigo. No soy débil, soy fuerte porque el camina a mi lado y el maligno ningún mal puede hacerme…
Me di la vuelta varias veces por si estaba detrás de mí, pero no estaba, entonces me di cuenta de donde salía la voz, esta salía de un altavoz. Eso me revelaba que estaba en la sala de radio. Lo malo era que no sabía donde estaba situada esta.
—El maligno trata de confundirnos adoptando muchas formas. Unas veces adopta un rostro humano y otras simplemente se muestra tal como es. Un ser podrido que desborda maldad, pero yo no le temo porque dios camina a mi lado…
Aquellos malditos rezos o lo que fueran me estaban poniendo de los nervios. Seguí caminando por el pasillo y llegué al final. Aquello era un pasillo en forma de “T”  y tenía dos caminos a seguir y al igual que aquel sacerdote tenía que escoger uno, de la suerte dependía escoger el correcto. Miré a mi izquierda y a mi derecha. Cuando iba a coger uno sentí una mano en mi hombro y me di la vuelta rápidamente dispuesto a disparar, entonces me encontré frente a frente con mi hermano.
—¡¡Eh tranquilo!! Soy yo.
—Pensé que eras ese jodido cura jugándomela. Cuando vayas a aparecer por detrás de alguien, mejor avisa primero. Podría haberte disparado. ¿Dónde están los demás?
—No lo se. Creo que siguen por los pisos inferiores— respondió mi hermano.
En ese momento a través de una de las ventanas vimos pasar el helicóptero pilotado por Vanesa, este se dirigía a la parte más alta de la catedral, donde suponía que nos iba a esperar a los demás para salir pitando de allí. Los demás suponía que también se dirigían allí, así que no tardaríamos en encontrarnos con ellos.
Nuevamente en esos momentos comenzamos a escuchar los rezos en latín. Eran justo los mismos que había escuchado unos momentos antes, luego volvían a repetirse los que yo entendía, seguimos así hasta que llegamos a una sala con un micro y junto a este había puesta una grabadora.
—Joder…— murmuró mi hermano.
—Ese cabrón nos ha engañado— dije yo cogiendo la grabadora y lanzándola contra el suelo. —¿Dónde cojones se ha metido?.
—Pues no tengo ni idea, pero no me gusta nada tener a ese cabronazo por aquí suelto— dijo mi hermano quitándole el seguro a su arma. Luego me miró y vio que tan solo llevaba mi uniforme. No llevaba puesto el abrigo. —¿No tienes frio?.
—Ahora tengo otras cosas de las que preocuparme. Como por ejemplo de coger a ese sacerdote.
Mi hermano y yo seguimos recorriendo el pasillo hasta que llegamos a unas escaleras. Estas nos llevaban seguramente a una de las partes más altas de la catedral.
*****

Vanesa acababa de tomar tierra y había dejado encendido el motor, contaba con que los demás no tardasen en llegar. Una vez llegaran levantaría el vuelo y regresarían al barco donde podrían regresar a Manhattan. Vanesa ya estaba harta de estar metida en aquella misión, aunque había los había visto desde lo alto, ya había visto más No Muertos de los que desearía, y para colmo había allí un grupo de tipos que pertenecían a una especie de secta religiosa. Eso le daba casi más miedo que los infectados.
Yuriko salió del helicóptero y comenzó a correr por la terraza, estaba esperando a los demás, lo malo era que no encontraba la puerta por la que debían salir a la terraza, entre la tormenta y la oscuridad era imposible. Entonces vio algo avanzar entre la tormenta.
—¡¡¡Estoy aquí!!!— dijo Yuriko alzando la mano y moviéndola. La silueta contestó al saludo y Yuriko corrió hacia ella. No se dio cuenta de su error hasta que no estuvo junto a la silueta.
Yuriko no se encontró con el rostro de ninguno de sus compañeros, si no que se encontró con la mirada de unos ojos verdes de un anciano sacerdote. Yuriko al verlo lanzó un grito y quiso disparar, pero el sacerdote fue más rápido, primero la golpeó y luego le quitó el fusil para acto seguido apuntarle.
Vanesa lo había visto todo, había tratado de avisar a Yuriko, pero esta no la escuchaba  a través de la tormenta. Cuando vio que aquel sacerdote golpeaba a Yuriko y luego le apuntaba mientras ella estaba en el suelo, no pudo evitar salir de un salto del helicóptero para acudir corriendo en ayuda de su amiga.
—Deja de apuntarle— ordenó Vanesa, pero el sacerdote no obedeció.
—Las rameras del diablo jamás deberían salir del infierno por impías. Dios os castigará con la muerte— respondió el sacerdote.
—Déjate de chorradas imbécil y déjala ir.
—Si quieres que la zorra viva tendrás que sacarme de aquí en ese helicóptero tuyo. Tienes menos de un minuto para decidirte. Si no, la mato.
Vanesa miró a su amiga y luego bajó el arma. –Muy bien. Haré lo que tú digas.
*****

Los No Muertos había logrado echar abajo la puerta y el obstáculo que les había puesto Mike. Enseguida como atraídos por el olor de la carne viva comenzaron a expandirse por los pasillos de la catedral. Cuando Mike los vio comenzó a disparar aun sabiendo que eso no serviría de mucho, solo para retrasarlos un poco, pero realmente nada podría detener su avance. Había muchos, tantos que estaban provocando un gran tapón en mitad del pasillo. Para Mike no era fácil avanzar, estaba cargando con el joven japonés y sentía que no llegaría muy lejos con el a cuestas.
De repente una puerta se abrió de golpe y apareció uno de los tres sacerdotes, era el que tenía un enorme boquete en el pecho, este se abalanzó sobre el e intento morderle, pero Mike fue más rápido y lo apartó de un golpe. Luci, Juan y Isabella iban unos metros por delante y no se habían dado cuenta de los problemas que estaba teniendo Mike. Solo cuando este gritó supieron que estaba atrapado.
Luci comenzó a correr y mandó a Juan y a Isabella que siguieran, ella iba a ayudar a Mike. Como un rayo, Luci recorrió el pasillo y llegó junto a Mike, enseguida comenzó a disparar a los infectados que habían rodeado al grandullón.
—Tenemos que seguir. Si nos quedamos aquí estamos muertos.
—Lo haría, pero cargar con el chico me resta tiempo y velocidad. No puedo manejarme bien con el a cuestas— respondió Mike dándole una patada a uno de los No Muertos en el pecho, cuando el infectado cayó provocó algo parecido al efecto dominó, pero aun así los No Muertos seguían llegando.
—Vamos, te ayudaré a cargar con el— dijo Luci agarrando ella también al joven japonés, pero cuando lo tocó se dio cuenta de que este ya no respiraba. Seguía vivo cuando lo habían bajado de la cruz, pero en esos momentos estaba muerto. Llevaría minutos muerto. Por lo menos no se había reanimado. La vacuna que habían sacado a partir de su sangre y de la de Vicky había servido para algo.— Mike, este chico esta muerto, tenemos que dejarlo atrás.
Mike miró a Luci y enseguida se quitó de encima al joven japonés. Le dolía hacer eso, pero si no lo hacía iban a morir. Cuando el joven japonés cayó al suelo algunos de los infectados se echaron sobre el como una jauría de hienas. Luci y Mike no miraron atrás, se limitaron a correr para alcanzar a Juan y a Isabella. Cuando los alcanzaron, Isabella les indicó que ya estaban llegando a la terraza. Estaban apunto de conseguirlo.
*****

Carlos y yo habíamos llegado a la terraza, desde allí vimos el helicóptero y a alguien caminando detrás de Vanesa en dirección a el. En un principio pensé que sería Yuriko o alguien de nuestro grupo, pero no, era el padre Calisto. Este había llegado antes que nosotros y ahora se dirigía hacia el helicóptero apuntando a Vanesa. Se iba a escapar.
De repente olvidé que quería llevarlo prisionero, simplemente alcé el arma y apunté, seguidamente apreté el gatillo.
La bala salió del fusil e impactó en una de las manos del sacerdote volándosela por completo, cuando eso ocurrió, Vanesa se lanzó al suelo y el sacerdote cayó de espaldas dando gritos de dolor y agarrándose el muñón donde antes había estado su mano. Enseguida mi hermano y yo acudimos corriendo, cuando llegamos me miró Vanesa. –Buen tiro.
—Que va, he fallado. Yo había apuntado a la cabeza— respondí.
En ese momento el sacerdote clavó su mirada en mí y comenzó a hablarme. –Los enviados del demonio como tu irán al infierno. Yo también estaré allí y te estaré esperando para torturarte toda la eternidad— en ese momento la expresión del sacerdote cambió y abrió boca y ojos de par en par, seguidamente lanzó un alarido de pánico. –Aléjate de mí, no te acerques a mí, aléjate. Yo te conozco, eres tu… eres Satanás.
Al ver a aquel sacerdote llamándome Satanás comencé a sentir lastima por el. No creí que fuera necesario matarle, ya no me lo podía llevar como prisionero, solo podíamos dejarle allí y que la muerte le llegara sola.
—Acaba con el. Es la oportunidad. Mátale— las palabras de mi hermano sonaron raras en ese momento. Yo no había matado a nadie más tras salir de Madrid y aunque por mi mente estaba pasando la idea de matar a aquel hombre con mis propias manos en esos momentos, por mi mente pasaba también la idea de que no podía hacerlo. Había luchado por dejar atrás esa parte de mí. No quería volver a matar.
—Acaba con el, ahórrale el sufrimiento, cóbrate la venganza por lo que ha hecho y por lo que ha estado apunto de hacerte. Iba a crucificarte. Si tanto alaba a dios mándalo con el.
Miré a mi hermano y vi que este ni siquiera me estaba mirando a mi, tenía su vista clavada cobre el sacerdote y en sus labios había una sonrisa sádica, estaba disfrutando de aquel momento, solo con verlo me pregunté varias veces si era mi hermano u otra persona suplantándole.
—No…— dije finalmente. –No puedo hacerlo. No quiero ser ningún animal.
—Pues si no lo matas tú lo haré yo— dijo mi hermano apuntando al sacerdote con su fusil.
De nuevo vi esa sonrisa sádica en su rostro. Puso el dedo en el gatillo, habría disparado si de repente no se hubiese abierto una puerta detrás de nosotros y hubiesen aparecido Luci, Mike, Juan y Isabella dando gritos. Justo detrás de ellos comenzaron a surgir No Muertos.
Al ver a la horda que irrumpía en la terraza comenzamos a correr detrás de Vanesa y Yuriko en dirección al helicóptero. Corrimos tan deprisa que no tardamos en alcanzarlo y subir.
—Nos vamos— dijo Vanesa poniéndose a los mandos mientras asegurábamos a Sid y nosotros ocupábamos los asientos. Enseguida comenzamos a despegar.
Cuando ya estábamos a unos cuatro metros de altura miré por la ventanilla y vi al sacerdote tratando de escapar de los No Muertos corriendo y agarrándose el muñón, pero había perdido mucha sangre y perdía el equilibrio. Finalmente cayó de rodillas en la nieve y la horda lo engulló. Ni siquiera llegamos a escuchar sus gritos, estos se los llevó la tormenta.
La gran mayoría de nuestro grupo había logrado sobrevivir, ahora solo nos quedaba hacer una última parada en la casa blanca para recoger a Marlon, Jill y Lazarus. Una vez los recogiésemos podríamos volver a casa.  Era algo que estaba esperando desde hacia tiempo, volver con Vicky y Eva.

No tardamos en ver la casa blanca, allí estaban Marlon y Jill haciéndonos señales con unas bengalas. Vanesa ni siquiera aterrizó, solo sobrevoló la zona y dejó caer una escalerilla, rápidamente Jill, Marlon y Lazarus subieron a bordo.
El encuentro de Lazarus e Isabella me hizo sentir ganas de ver a Eva. Se abrazaron y comenzaron a besar. Entonces Lazarus me miró y me estrechó la mano.
—Gracias. Te debo la vida. Nunca olvidaré esto. ¿Qué ha pasado con el padre Calisto y los otros?.
—Muertos— respondí.
No tardamos en llegar al barco, nada más aterrizar en cubierta tras alguna que otra sacudida salimos del helicóptero y trasladamos a Sid hasta la enfermería del barco, seguidamente el barco puso rumbo de vuelta a Manhattan. Pronto volvería a abrazar a mi familia.
Después de cenar y descansar un rato decidí que antes de irme a dormir debía pasar por la enfermería para ver a Sid. Me sentía culpable por lo que le había pasado y tenía que disculparme. Cuando entré en la enfermería me encontré con el medico.
—Necesita dormir. No le molestes mucho.
—Será solo un momento— respondí.
El medico me dio permiso para entrar y así lo hice. Cuando estuve dentro me senté en un taburete junto a la camilla. Sid estaba despierto y me miró. Lo cierto es que no había hablado mucho con el, no lo conocía apenas, pero sentía que como líder del equipo debía estar allí.
—¿Cómo estas?— le pregunté.
—Como si me hubieran crucificado. He escuchado que a ti también intentaron crucificarte. ¿Cómo lo llevas?.
—No es nada. Solo fue una mano y el calvo no me la atravesó del todo. Estoy bien, solo cansado.
—Lo que más me jode a mi es que he perdido mi ordenador. Lo cual es una putada… por cierto, mis recuerdos están algo vagos. ¿Manuel esta muerto?.
Yo asentí y Sid lanzó un soplido. –Bueno… no siempre podemos salir ilesos en este tipo de misiones. El mundo se ha vuelto peligroso.
—Dime algo que no sepa… Bueno, estoy aquí para disculparme y decirte que si hay algo que pueda hacer por ti no dudes en decírmelo. Mañana al amanecer llegaremos a Manhattan. Cuando estés mejor te invito a cenar a mi casa.
—Me mola el plan. Bueno, voy a dormir… y bueno, estas perdonado. Nadie es perfecto.
Yo me levanté del taburete y fui hacia la puerta, antes de salir me di la vuelta y miré a mi compañero herido. –No es cuestión de ser o no ser perfecto. Es cuestión de que como líder no debería dejar que ocurrieran estas cosas.
Finalmente salí de la enfermería y me dirigí a mi camarote donde me tumbé en la cama. Luego poco a poco fui cerrando los ojos dejándome llevar por el sueño. Entonces en medio de la oscuridad vi la cara de mi hermano con aquella sonrisa sádica que le había visto cuando teníamos al sacerdote a tiro. Lo cierto es que ese comportamiento no era suyo, había cambiado mucho desde la última vez que lo había visto… y la verdad es que me estaba empezando a dar miedo.

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