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jueves, 5 de septiembre de 2013

NECROWORLD Capitulo 4



Día 22 de Julio de 2009
Día 404 del Apocalipsis.
Manhattan… 3:14 de la madrugada.

Sheila se levantó de la cama de un salto cuando escuchó que llamaban frenéticamente a la puerta de su casa. Rápidamente sacó una pistola de su mesita de noche y salió de la habitación directa hacia la puerta de la entrada, miró a través de la mirilla y rápidamente abrió la puerta. Seguidamente pasaron dos hombres y una chica, se trataba de Wendy, Marco y Jesús, los tres eran venezolanos igual que ella. Aunque a ellos no los veía mucho últimamente, no desde que se mudaron a vivir bajo tierra con los demás miembros de la guerrilla, los llamados escoria.
—¿Qué ocurre?.— preguntó Sheila ajustándose las gafas y escondiéndose la pistola en la cintura.
—Tenemos problemas, Marco esta herido— respondió Jesús mirando a sus compañeros mientras Marco se sentaba en el suelo cogiéndose el brazo herido sobre el que ya se había hecho un torniquete, pero este necesitaba un medico urgentemente –Los del fénix nos descubrieron en el puerto y nos han perseguido, no tenemos noticias de los demás. Estaban asaltando el barco en alta mar, pero creo que están muertos.
—¿Y Rex?
—Ha fallado— respondió Wendy.
En ese momento escucharon un ruido en la calle y Sheila corrió a asomarse por la ventana, no tardó en ver como un vehículo militar se paraba y de el comenzaban a bajar hombres que comenzaban a tomar la calle, algunos comenzaban a entrar en el bloque de edificios donde vivía Sheila.
Sheila había sobrevivido en Venezuela cuando todo comenzó a ocurrir y tras tres meses había sido trasladada a Manhattan donde vio como se instauraba un nuevo orden. Una nueva civilización, así la llamaban a algunos, pero más bien ella lo veía como un dictadura encubierta. Su anterior trabajo como medico le había permitido tener algunos privilegios como una casa propia y trabajo, algo a lo que otros no podían optar y se quedaban prácticamente en la calle. Eso fue lo que les ocurrió a Marco, Jesús y Wendy. Los cuales ahora formaban parte de la guerrilla y eran perseguidos constantemente.
—Rápido a la cocina— indicó Sheila señalando en la dirección que tenían que ir.
Sheila cerró la puerta y corrió hacia la cocina para ver la herida de Marco, esta no tenía muy buena pinta, rápidamente miró a Jesús. —¿Cómo le ha pasado?.
—Estábamos en el puerto comunicándonos con los demás que partieron con la zodiac hace unos días cuando se enteraron de lo que venía en ese barco, pero deben estar muertos, porque no hemos vuelto a tener noticias suyas. Solo recibimos una señal de Rex, pero luego le dispararon. De repente aparecieron estos y nos persiguieron hasta aquí, queríamos tomar las alcantarillas, pero temíamos que no llegara con vida— explicó Jesús.
—Y me lo habéis traído a mí. ¿Sois conscientes de lo que supone esto? Si os encuentran aquí me fusilaran junto a vosotros, me acusaran por traición— replicó Sheila mientras inspeccionaba la herida de Marco.
En ese momento llamaron a la puerta repetidas veces, eso hizo que todos se sobresaltaran. Los soldados habían ido de apartamento en apartamento llamando en busca de los huidos, si los encontraban allí, también Sheila pasaría un mal rato.
—Por favor abra. Tenemos que hacerle unas preguntas— dijo uno de los soldados desde el otro lado de la puerta.
—¿Qué hacemos?— preguntó Wendy en voz baja.
—¿Cómo quieres que lo sepa? Esconderos o salid de aquí ahora mismo.
Rápidamente entre Wendy y Jesús agarraron a Marco y se escondieron dentro de un armario de la cocina mientras los soldados seguían llamando a la puerta de Sheila. Esta acudió rápidamente y les abrió la puerta, justo cuando la abría se encontró con el rostro de un joven soldado de origen americano al que ya había visto varias veces, recordaba que su nombre era Roice. Este clavó sus ojos marrones en ella, lo que hizo que Sheila se estremeciera pensando que iban a descubrirla.
—Disculpe que la molestemos a estas horas de la noche doctora, pero estamos persiguiendo a tres fugitivos y tenemos la certeza de que están en este edificio. ¿Podemos pasar?— preguntó Roice.
—Se supone que no pueden pasar sin una orden— respondió Sheila apartándose un mechón de pelo que le tapaba los ojos, casi deja ver que la mano le estaba temblando.
—En situaciones como esta no solemos necesitar ningún tipo de orden. Déjenos pasar, es solo echar un vistazo, si no están aquí no tiene nada de que preocuparse, veremos que esta todo en orden y nos marcharemos sin crearle ningún problema.
El problema era que si estaban allí refugiados y que cuando los descubrieran se habrían metido en un buen lio, y ella también.
—Estaba durmiendo— respondió Sheila intentando ganar tiempo, quería que se marcharan, aunque sabía que esos soldados no se irían de allí sin registrar la casa, eso hacia que la tensión creciera por momentos, Sheila estaba a un paso de sacarse la pistola de la cintura y ponerse a disparar como una loca, de todos modos si la descubrían iba a acabar así, moriría seguramente, pero lucharía.
En ese momento una chica soldado entró en la casa de Sheila empujándola a ella a un lado, eso hizo que Sheila se enfureciera y corriera detrás de la soldado, pero uno de los demás soldados la agarró por detrás y la inmovilizó contra la pared.
—¡¡¡¡Esto no es legal, maldita sea!!!!— gritó Sheila con todas sus fuerzas, pero los soldados que entraban en la casa, incluido Roice, hicieron caso omiso.
—Relájate preciosa, si no tienes nada que ocultar no tienes nada que temer— dijo el soldado calvo que la estaba inmovilizando. Este se acercó a su oído y comenzó a intentar lamerle la cara, pero entonces Roice hizo su aparición.
—Ted, suéltala. No le pongas ninguna de tus sucias manos encima, ya sabes lo que opino de tus manías.
—Vamos Roice. Nosotros somos la ley y somos quienes mandan, los ciudadanos siguen nuestra voluntad, además, esto no saldrá de aquí.
—Ted..— Roice levantó el arma apuntando a su compañero. –Como bien sabes no tolero esos comportamientos, ya te has ganado que informe sobre esto, no me hagas que informe de tu muerte. Sabes de sobra que esas cosas están en mi mano.
En ese momento Ted se alejó de Sheila levantando las manos mientras sonreía. –Lo siento Roice, ya sabes que las latinas me vuelven loco.
En ese momento los demás soldados aparecieron en el pasillo. La chica que había empujado a Sheila se dirigió a Roice. –Todo despejado, no están aquí. Hemos registrado la casa de arriba abajo y nada. No están. Vámonos de aquí.
Todos los soldados comenzaron a salir de la casa, hasta que solo quedó la chica, cuando esta pasó junto a Sheila le dio un golpe y ella retrocedió. Cuando Sheila cerró la puerta notó que la soldado le había dado algo. Se trataba de un papel, al abrirlo vio el siguiente mensaje:
“La guerrilla esta en deuda contigo otra vez, pronto serás recompensada. Jesús, Marco y Wendy están bien”.
La sorpresa de Sheila fue mayúscula al darse cuenta de que aquella soldado era de la guerrilla también y que esta de alguna manera al entrar le había salvado la vida, si no la hubiese apartado de un empujón, quizás se habría delatado. Sheila fue hasta la cocina y abrió el armario donde deberían estar Jesús, Marco y Wendy, pero no estaban. No entendía como habían escapado tan deprisa y como aquella soldado había elaborado la nota tan deprisa, entonces miró hacia la ventana del salón y la vio abierta, habían usado la escalera de incendios. También vio que el material de sutura y los antibióticos habían desaparecido.

Día 28 de Julio de 2009
Día 411 del Apocalipsis.
Isla…

El helicóptero iba directo hacia la aldea de pescadores donde los demás estaban tranquilamente. No teníamos ni idea de quienes eran los tripulantes de este, pero se iban a encontrar con nuestros compañeros. Rápidamente, Eva y yo salimos de nuestro escondite y comenzamos a correr a través de la selva. Ya no teníamos el helicóptero a la vista, por lo que podíamos deducir que estaría aterrizando.

David y Alicia fueron los primeros en ver el helicóptero, lo vieron desde el interior de la choza que habían escogido para vivir. Nada más verlo se ocultaron y esperaron mientras rezaban para que Vanesa, Sandra y Luci no salieran de donde quisiera que estuviesen.
El helicóptero tomó tierra en mitad de la aldea y rápidamente comenzaron a bajar personas, eran dos, un chico y una chica, entonces David reconoció al chico, por increíble que pareciera, ese chico le resultaba muy familiar, a la chica de origen japonés no la conocía.

Carlos alzó el arma al no ver señales de vida, lo normal hubiese sido que de haber alguien hubiese salido a recibirles. Eso le hacía pensar que no había nadie vivo y que probablemente la infección hubiese dado de lleno en aquella pequeña isla de pescadores, enseguida miró a Yuriko.
—Atenta.
—Ok— asintió Yuriko.
—Ten el motor encendido Gale… y la comunicación también, si este lugar esta infestado necesitaremos refuerzos— dijo Carlos mirando a sus dos compañeros del helicóptero.
—Vosotros no tardéis y punto— respondió Gale el fornido alemán.
Carlos y Yuriko comenzaron a caminar entre las chozas y entonces vieron salir a un perro de una de las chozas, este era de color rojo y parecía algún cruce con pastor alemán. El animal se paró delante de ellos y comenzó a ladrarles mientras erizaba el pelo de su lomo.
—No recuerdo que nadie de aquí tuviese un perro— dijo Yuriko mirando a Carlos.
De repente una chica desconocida apareció y agarró al perro, eso hizo que instintivamente Carlos y Yuriko alzaran las armas y le apuntaran directamente a la cabeza.
—Pero… ¿Quién coño eres? No te conozco— preguntó Carlos.
De repente Carlos sintió como el frio cañón de un arma de situaba en su nuca. Poco a poco se dio la vuelta y vio a una chica castaña y atlética detrás de el.
Yuriko quiso intervenir, pero entonces se detuvo al reconocer a la chica que apuntaba a Carlos —¿Vanesa?.
Entonces Yuriko también se vio sorprendida por la espalda por alguien que empuñaba una katana, fuesen quienes fuesen, les habían pillado por sorpresa. –Ni os mováis.

Eva y yo preparamos nuestras armas y corrimos hacia el helicóptero. Pillamos a sus dos ocupantes por sorpresa y rápidamente comencé a hacer preguntas.
—¿Quién cojones sois vosotros?
—¿Y vosotros?— preguntó el tipo grande que inevitablemente me recordó a Abel. —¿Dónde esta la gente de la isla?.
El otro ocupante quiso apuntarme con el arma, pero Eva fue más rápida. –Tú quieto, y pon las manos donde pueda verlas. ¿Queda claro? Si no te queda claro dímelo y rápidamente te aclaro las ideas.
—Estáis cometiendo un error chicos. La guerrilla no se saldrá con la suya, así que olvidadlo— dijo el grandote.
—No se de que guerrilla me hablas, el error lo cometéis vosotros— respondí sin dejar de apuntarles a ambos.
Mientras apuntaba a los dos desconocidos vi llegar a David corriendo seguido de Alicia, cuando llegó junto a mi pude ver la expresión de su cara.
—¿Qué ocurre?
—No te lo vas a creer— respondió el.

Luci y Vanesa se quedaron frente a frente con los que hasta ahora eran desconocidos, de repente sin que Luci se lo esperara, Vanesa y la chica japonesa se abrazaron. Eso hizo que aquel chico, Sandra y ella se quedaran estupefactos, Luci miró al chico y entonces le pareció reconocerlo, el también pareció reconocerla a ella.
—No me jodas. ¿Tú no eres el hermano de Juanma?
—Si… ¿Y tu no eres Luci?. ¿Qué coño haces aquí?
—Tu hermano esta aquí— respondió Luci ante el asombro de Carlos.
—¿Qué has dicho?— preguntó Carlos dándose la vuelta de golpe.

Manhattan…

Sheila salía del hospital después de una dura noche de trabajo, algunos pacientes habían muerto y habían tenido que deshacerse de los cuerpos de inmediato, antes de que regresaran. Cuando Sheila salió del hospital una figura le cortó el paso, se trataba de una chica de melena negra y ojos verdes, no tenía unos más de treinta años y vestía una gabardina negra. Lo cual era extraño debido a que hacia bastante calor.
—Acompáñame— dijo la chica.
Enseguida Sheila la reconoció, se trataba de la soldado que siete días antes había irrumpido en su casa y luego le había entregado una nota disimuladamente, la misma soldado que a su vez era miembro de la guerrilla.
—¿Qué haces tú aquí?— dijo Sheila en voz baja mientras se acercaba. –Si descubren que estamos con…— Sheila se cortó con la frase y miró a su alrededor. –Nos estamos jugando la vida.
—Te llevaré a otro sitio para que podamos a hablar tranquilamente. Vamos, tengo ahí el coche— dijo la soldado señalando un vehículo, se trataba de un coche deportivo rojo.
Ver un coche en las calles de Manhattan era algo extraño, ya que la mayoría de transporte se reducía a los helicópteros y a barcos que servían para que los equipos de rescate y abastecimiento pudieran salir de la ciudad. Por tierra solo transitaban carruajes tirados por caballos y bicicletas. Los coches eran solo para aquellos que tenían un alto status o eran soldados que velaban por la seguridad de los ciudadanos. El combustible era algo muy codiciado en aquella ciudad, con más valor incluso que el oro.
—Bueno ¿Vas a subir o no?— dijo de nuevo la soldado abriendo la puerta de su coche para que Sheila subiera.
Sheila entró en el vehículo y segundos después entró la soldado poniéndose al volante. Cuando la soldado puso en marcha el motor miró a Sheila. –Por cierto, me llamo Rachel Burton. Y como bien sabes, soy como tu, soy de la guerrilla. Después de lo de lo ocurrido en tu casa me he puesto en contacto contigo por que necesitaremos tu ayuda. Necesitamos que saques algunas cosas del hospital, tienen problemas ahí abajo.
—Bueno, es lo que siempre he hecho, he sacado medicamentos para los de ahí abajo muchas veces a cambio de joyas que luego vendo en el mercado.
—Esto es algo diferente. Sabemos que están desarrollando una vacuna que elimina por completo el virus.
—Es solo un rumor— respondió Sheila. –Esta noche han muerto pacientes a los que se les podría haber administrado y no lo hicieron, esa vacuna… no existe.
—Eran pacientes que no se iban a salvar y que ya estaban apunto de morir, no tenía sentido ponerles la vacuna. La vacuna tiene sentido ponérsela a personas en perfecto estado de salud pero que al igual que nosotros tienen el virus latente desde hace un mes o así.
—¿Quién da la orden?— preguntó Sheila
—¿Quién crees tu? Se trata de Papa Angelito, ni más ni menos que de el.
—Eso es peligroso para el, si se deja ver se lo cargaran. No existe ninguna vacuna, no por el momento. Si dicen eso es para hacerle salir.
—De todas formas necesitamos que investigues el caso. Por otro lado hay algo más ¿Sabes que estaban esperando Wendy, Jesús y Marco? Estaban esperando a que otros de la guerrilla regresaran con un paquete importante. Esperaban a que llegara un tipo con el don de caminar entre los muertos. Era lo que buscaban, en teoría llegaran a puerto dentro de dos días. Este será rápidamente trasladado al hospital donde comenzarían a hacerle pruebas, y entonces si, es posible que si haya vacuna. Mientras investiga si la hay— decía Rachel mientras conducía por las calles de Manhattan.
—Esto podría traernos complicaciones— respondió Sheila.
—Si, por eso quiero que extrememos las precauciones. Desde hoy somos compañeras, nos pondremos en contacto una vez a la semana y espero que podamos tener información. Por cierto…— Rachel abrió la guantera y sacó una pistola, luego se la entregó a Sheila.
—Ya tengo la mía.
—A partir de ahora usaras esta. Si tienes que matar a alguien no puedes usar tu arma reglamentaria o te pillarían.
—No voy a matar a nadie— respondió Sheila rechazando el arma.
—Créeme que lo harás. Si no tienes más remedio, quédatela— Rachel le dejó la pistola en el regazo y luego le entregó una mochila llena de munición.
—¿Esta es mi recompensa?
—Tu recompensa ha sido ser ascendida dentro de la guerrilla. Escucha, si esto sale bien, probablemente acabemos con esta dictadura y podamos salir de bajo tierra. No somos los malos después de todo.
—Si mueren inocentes no seremos buenos tampoco. No se si quiero participar en esto— dijo Sheila. –No quiero matar a nadie.
—Yo tampoco querría, pero las cosas son así ahora.
Rachel detuvo el coche y Sheila se bajó de el. —¿Cuándo nos reuniremos otra vez?
—El próximo Miércoles— respondió Rachel mientras pisaba el acelerador para alejarse.
Sheila se dio la vuelta y vio que estaba frente al edificio donde vivía. Todavía no se creía lo que le habían dicho, desde ese momento supo que las cosas se iban a poner más difíciles de lo que había creído en un principio, la guerrilla estaba planeando algo a gran escala.
Isla…

Me encontraba apuntando a los dos desconocidos del helicóptero cuando escuché el estruendo de más helicópteros. Pronto sobre nosotros comenzaron a sobrevolarnos tres helicópteros más. Volví a mirar a uno de los ocupantes del helicóptero y vi como el de menor tamaño y Español sonreía satisfecho. Rápidamente comenzaron a descender soldados en cuerdas. Nada más tocar tierra nos apuntaron y Eva y yo nos vimos obligados a tirar nuestras armas al mismo tiempo que Vicky salía de una de las chozas corriendo hacia mi.
—Vicky ¡¡¡No te acerques!!!— le grité antes de sentir un fuerte golpe que me derribó.
Caí al suelo y me di cuenta de que todos llevaban el mismo uniforme con el fénix dibujado.
Vicky llegó hasta mi y se abrazó a mi al tiempo que multitud de soldados armados nos apuntaban. Cuando estuve desarmado vi como los dos tipos del primer helicóptero se bajaban y el más grande se acercaba haciendo crujir sus nudillos.
—Vamos Gale. Enséñale modales a este pendejo— dijo uno de los soldados de origen Mexicano.
Un par de soldados agarraron a Vicky y la alejaron de mí, entonces el tipo grande me propinó un fuerte puñetazo en la mandíbula. El dolor fue tan grande que estuve un rato viendo lucecitas. Seguidamente sentí una patada en la boca del estomago mientras escuchaba las suplicas de Eva y Vicky. También escuché el llanto de un bebé y las protestas de David y Alicia, escuchaba como David intentaba decirme algo, pero pronto lo silenciaron a golpes también.
—¡¡¡Basta!!! Estaros quietos todos— dijo en ese momento una voz que me resultaba tremendamente familiar, abrí los ojos y vi unas botas que se paraban junto a mí, las cuales habían llegado a la carrera.
—¿Qué ocurre Carlos? Solo le enseñaba modales a este cerdo. Nos ha apuntado a la cara— dijo el alemán.
Carlos… esa voz… No podía ser. Alcé la vista un poco y entonces mientras perdía el conocimiento me pareció ver a mi hermano mediano. Era imposible después perdí el sentido.

Abrí los ojos esperando encontrarme dentro de una de las chozas, miré al techo y allí no estaban las hojas de palmera que esperaba ver. En su lugar vi un techo de color blanco con una fuerte iluminación que me apuntaba directa a la cara. La mandíbula me dolía a consecuencia de los golpes del individuo alemán y también me dolía el estomago, justo en la zona donde me habían asestado la patada.
Me incorporé como pude y miré a mí alrededor, estaba solo en una habitación blanca, totalmente blanca. Me di cuenta que estaba en una camilla y que la ropa que llevaba no era la mía, llevaba un camisón de color blanco y en el pecho tenía dibujado el fénix.
Me puse de pie y comencé a llamar a gritos a todos mis amigos y a Vicky, pero ninguno respondió. Fue en ese momento cuando una puerta se abrió y entraron varias personas con trajes aislantes.
—¿Quién coño sois vosotros?
Los cuatro que entraron me rodearon y uno de ellos comenzó a hablarme mientras levantaba las manos. –Por favor, cálmese, si se sienta podremos hablar tranquilamente y explicarle su situación.
—¿Dónde están mis amigos y mi hija?— pregunté.
En ese momento vi como uno de ellos sacaba una jeringuilla con intención de pincharme con ella, pero yo fui más rápido y le asesté un golpe alejándolo de mí. Le arrebaté la jeringuilla y amenacé a los otros mientras retrocedía hacia la puerta. Cuando llegué a la puerta me di la vuelta y salí de la habitación corriendo. Me encontraba en un largo pasillo, no tenía ni la más remota idea de donde estaba. Mientras corría el corazón me latía fuertemente en el pecho. Cuando estaba apunto de doblar una esquina me di de bruces contra un grupo de soldados. Estos estaban tan sorprendidos como yo, pero cuando estuvieron apunto de atraparme, me zafé de ellos y logré quitarle a uno de ellos la pistola, seguidamente les apunté.
—¿Dónde estoy?
Los soldados no respondieron, se limitaron a tomar posiciones y a apuntarme. Eran más que yo y tenía las de perder.
—Tira el arma— dijo uno de los soldados. No queremos vernos obligados a disparar.
En ese momento sentí un golpe a mis espaldas, caí de bruces y noté como me inmovilizaban. Traté de librarme, pero me fue imposible, entonces me pusieron unas esposas.
—Ahora será mejor que te estés quietecito.
De nuevo la voz familiar de mi hermano, me di la vuelta todo lo que pude y allí lo vi, sobre mí inmovilizándome. Luego me obligó a levantarme.
—Yo me encargo de el. Vosotros seguid a la vuestra— dijo mi hermano mientras me quitaba el arma.
Mi hermano me llevó a empujones hasta una sala y allí me obligó a sentarme. Luego este se sentó frente a mí.
—Supongo que te ha sorprendido verme. Para mi también ha sido una sorpresa— dijo mi hermano dejando las llaves de las esposas sobre la mesa. Yo no tenía palabras para contestar a eso. Estaba completamente estupefacto.
—¿Qué haces tu aquí? Pensé que estabas muerto— respondí.
—Y yo pensé que lo estabas tú… esto es una historia muy larga. Veras, estas a bordo de un carguero que se dirige a Manhattan. Oh, tus amigos están bien, pero han sido puestos en cuarentena al igual que deberías estar tu. Te has referido a esa niña como tu hija. No lo es.
—Para mí si lo es. Y los que habéis encerrado son mi familia. Déjame ir con ellos, soltadles, soltadnos, dejadnos donde estábamos. Habíamos hecho planes para quedarnos en aquella isla.
—Esa isla es nuestra. Escucha, estarás en cuarentena como los demás mientras os hacemos pruebas. Ya sabemos que todos llevamos el virus dentro, pero aun así queremos asegurarnos de que no os morís y nos complicáis las cosas, antes de dejaros entrar en la ciudad necesitamos saber que estáis sanos y no lleváis ninguna enfermedad. Ahora mismo estoy corriendo grandes riesgos por estar aquí contigo.
—No tenemos ninguna enfermedad— respondí.
—Bueno, eso lo supongo, pero queremos estar seguros. Os haremos análisis de todo tipo antes de trasladaros a vuestra nueva casa. Una vez allí empezareis una nueva vida. También os harán varias preguntas, si te digo la verdad nadie sobrevive tanto tiempo ahí fuera. Es casi un milagro.
—Hay mucha gente ahí fuera— respondí.
—La mayoría son maleantes. Te aseguro que estaríais muertos si no llego a intervenir. ¿Cuánto tiempo hace que estabais en esa isla?— preguntó mi hermano.
—Siete días. Logramos salir de Madrid por los pelos, casi morimos en la explosión.
—Así que vosotros estabais involucrados… el sargento Cooper se va a pillar un buen cabreo— Carlos se levantó de la silla, cogió las llaves y me quitó las esposas. –Escucha, las cosas serán más fáciles a partir de ahora. Dentro de dos días llegaremos a Manhattan. Aunque a vosotros aun os quedan varios días de cuarentena, debéis ser pacientes.
Cuando estuve libre me comencé a frotar las muñecas, estas me dolían muchísimo. Cuando mi hermano volvió a su sitio, casi sin proponérmelo surgió de mi una pregunta que temía tanto formular como que me la respondiera mi hermano, una pregunta que surgió en mi mente desde el momento que lo vi.
—¿Qué ha pasado con papa, mama y Sergio? ¿Están en Manhattan también?.
La expresión de Carlos cambio de golpe y agachó la cabeza, algo que no me traía buenas vibraciones y sabía que me iba a arrepentir de conocer la respuesta, pero una vez hecha la pregunta ya no había vuelta atrás. Había pasado más de un año desde la última vez que los vi.
—Murieron— la respuesta de Carlos fue tajante, y aunque era la que me esperaba me sentó como un jarro de agua fría, no pude evitar que las lagrimas comenzasen a brotar.
—¿Cómo fue?— pregunté. Necesitaba conocer los detalles.
—Escucha, eso ya te lo contaré. Debo llevarte a tu celda donde debes esperar a que te hagan las pruebas. Les he dicho que eres mi hermano, así que tú y los tuyos estaréis bien atendidos. Es lo máximo que puedo hacer, trataré de pasar a verte habitualmente, pero no prometo nada. Las cosas están muy liadas aquí. Mientras esperas procura no montar ningún numerito como el de antes.
Carlos me llevó hasta la celda donde me desperté. Allí me senté en la cama que me habían preparado mientras me preguntaba que estaría pasando con los demás. Nos habían quitado las armas y nos iban a hacer análisis de sangre. Entonces caí en la cuenta de algo… ¿Qué pasaría cuando descubriesen que en el organismo de Vicky y Luci no había ni rastro del virus? Temía que eso significase más y terribles pruebas.
Antes de que Carlos saliera corrí hacia el y lo agarré. –Luci y la niña no tienen el virus, no quiero que ese hecho implique ningún tipo de prueba extraña, no quiero que les hagan daño ¿Entiendes?.
Carlos me miró estupefacto y luego se dio la vuelta, salió de la habitación y me miró a través del cristal. –Eso no depende de mí.
—Quiero hablar con quien este aquí al mando— dije dando un golpe a la puerta.
—Cuando sea posible— respondió Carlos antes de desaparecer.
Volví a sentarme en la cama mientras mis pensamientos iban a toda velocidad. Comencé a dudar en ese momento si habría hecho bien en contarle eso a mi hermano aunque con las pruebas iban a descubrirlo de todos modos.
—Así que ese es tu hermano… ¿Confías en el?
La repentina voz de un desconocido me hizo darme la vuelta y mirar a mí alrededor, pero en la habitación no había nadie más salvo yo. Entonces comencé a preguntar. —¿Quién es?
—Estoy aquí, en la habitación de al lado. No pude evitar escuchar esa conversación, estas paredes parecen de papel. Debajo de la cama hay una pequeña trampilla.
Siguiendo las indicaciones del desconocido me agaché y miré por la trampilla, a través de esta me llegaba la luz de otra habitación.
—¿Quién eres?
—Me llamo Richard Levine— se presentó la voz, la cual enseguida supe que debía ser americano. –No te preocupes por si están escuchándonos hablar, lo están haciendo, pero no les importa.
—¿Eres de su grupo?— pregunté.
—Pues en realidad no lo se. Tu hermano y sus chicos me invitaron gustosamente a unirme a la fiesta, solo se que nos dirigimos a Manhattan, por lo que he podido escuchar se trata de una de las ultimas ciudades humanas… puede que la ultima. Suena increíble ¿verdad?. Me ha resultado interesante eso que has dicho de la tal Luci y Vicky. ¿Cómo es posible?.
—Un antivirus— dije apoyándome en la pared mientras me sentaba en el suelo. –Es una historia bastante larga.
—Tenemos tiempo de sobras. Por cierto… no me has dicho tu nombre.
—Me llamo Juanma— respondí.
—Un placer, me encantaría estrecharte la mano, pero lo tengo un poco difícil. Te pregunté lo de esas dos porque por un momento pensé que eran como yo.
—¿Cómo tu? ¿A que te refieres?
—Tengo un don. Puedo caminar entre ellos como si fuese invisible. Por eso me llevan a Manhattan. Experimentaran conmigo como si fuese un jodido conejillo de indias… tu tendrás suerte y lo más seguro es que te reinserten en la maldita sociedad que tienen montada.
—Antes me preguntaste si confiaba en mi hermano. ¿Por qué?.
—Por que a mi no me inspira ninguna confianza. No hace mucho compartimos habitación, el me estaba vigilando porque según ellos… unos tipos de una especie de guerrilla querían cogerme. Tu hermano se cargó a un tipo que le había traicionado, era de los suyos y el se lo cargó a sangre fría. Este mundo cambia a la gente, puede que ese de ahí ya no sea el hermano que recuerdas.
—Tonterías— respondí
—¿De verdad crees que son tonterías?
—Me da igual ¿Entiendes? Además, ¿Por qué debería creerte? Yo aquí veo a mi hermano y se que nos llevan a algún lugar donde estaremos bien.
—No me entiendes, lo que trato de decir es…
—Me da igual lo que trates de decir. Nada me asegura que me digas la verdad, eres un completo desconocido para mi, tu no eres nadie y el es mi hermano. La única familia real que me queda.
Sin mediar más palabra me levanté del suelo y comencé a dar vueltas por la habitación. Habían pasado demasiadas cosas en las últimas horas y no sabía muy bien hacia donde nos llevaba esa nueva situación.
*****

Carlos llegó a la enfermería, al mirar a través del cristal vio a la niña sentada en una camilla y a uno de los médicos sacándole una muestra de sangre. La niña estaba tranquila, cuando Carlos iba a entrar la mano de Cooper se lo impidió agarrándolo del hombro.
—¿Dónde vas?
—Mi hermano se refiere a esa niña como su hija, eso la convierte en mi sobrina.
—Ya, esa es la segunda prueba que le hacemos.
—¿Salió mal la primera?— preguntó Carlos sin apartar la vista de la pequeña.
Cooper negó con la cabeza. –Todo lo contrario, pero su sangre… no hay señales del virus por ningún lado. No esta infectada… además. No solo su sangre presenta esa anomalía. Todos portan el virus dentro al igual que nosotros, todos salvo la cria y la chica que iba armada con una katana. No están infectadas, hemos interrogado a la chica y no nos ha dicho nada.
—¿Interrogado? Espero que no hayan usado la fuerza.
—Solo un poco, pero es un hueso duro. Vamos a probar otra cosa para ver si son como Levine. Si lo son, estaremos ante un gran hallazgo.

1 comentario:

  1. Pff, menudo reencuentro más "cálido"...Más que dos hermanos parecían Casillas y Diego López saludandose, una cosa así, muy cariñosa.

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