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miércoles, 21 de agosto de 2013

NECROWORLD Capitulo 2



No tardé ni un microsegundo en lanzarme a nadar en dirección a la avioneta que se acababa de estrellar contra el agua. El impacto había sido brutal y me imaginaba que la parte delantera había quedado destrozada y muy probablemente, Cesar y Vanesa habían quedado heridos o habían muerto. Enseguida escuché como alguien más se lanzaba al agua para seguirme, miré por el rabillo del ojo y descubrí a Eva nadando detrás de mí.
Seguidamente ambos nos zambullimos cuando estábamos cerca de la avioneta mientras esta se hundía, teníamos que darnos prisa en sacar a nuestros amigos de ahí.
Los buscaba bajo el agua y no los veía, intenté meterme dentro de la avioneta para buscarles, pero rápidamente Eva tiró de mi y me lo impidió, seguidamente me arrastró hacia la superficie.
—¿Qué coño haces?— pregunté tratando de sumergirme de nuevo, pero ella de nuevo me lo impidió.
—Si te metes dentro del avión podrías quedar atrapado tú también. ¿No te das cuenta? ¿Cuántas veces vas a comportarte como un suicida que no piensa las cosas antes de hacerlas?
—Soy el líder y debo protegeros. Si me mato yo solo es asunto mío.
Eva me agarró del brazo y tiró de mí. –No dejaré que lo hagas.
—Suéltame— dije dando un tirón para soltarme de su agarre.
En ese momento vi surgir a la superficie dos siluetas a dos metros de nosotros. Se trataba de Cesar y de Vanesa, podía ver como a diferencia de Vanesa, Cesar estaba inconsciente. Rápidamente nadé hacia ellos y ayude a Vanesa con el joven bombero.
—¿Qué ha pasado?.
—Tratamos de salir, pero no nos dio tiempo— respondió Vanesa.
Miré el cuerpo magullado de Cesar, seguía vivo, pero tenía un hierro clavado en el abdomen y comenzaba a sangrar abundantemente. Rápidamente comencé a hacer señas al bote salvavidas para que se acercara a recogernos. Una vez lo tuvimos cerca subimos a Cesar con cuidado. Una vez sobre el bote salvavidas traté de ver bien la herida de Cesar. Este tenía el hierro debajo del esternón y con toda probabilidad le había atravesado el pulmón. La cosa pintaba mal, si se lo sacábamos corríamos peligro de provocarle más daños.
Me levanté y miré a mi alrededor, solo había mar por todas partes, nada de tierra. Estábamos en medio del océano, sin apenas comida, con algunas armas y munición. Podríamos estar días, semanas o incluso meses a la deriva. Éramos muchos allí como para tener comida y agua para todos, no duraríamos mucho en esa situación.
Me sentía totalmente abatido y derrotado, habíamos logrado salir de Madrid después de pasar un autentico infierno, y cuando parecía que todo parecía ir mejor, nos habíamos vuelto a meter de lleno en el averno, esta vez rodeados de agua. Miraba a todos lados buscando un indicio de salvación para nosotros, pero no encontraba nada, me dejé caer de nuevo y me quedé quieto, alcé la vista y me encontré con la mirada de todos salvo la de Vanesa, la cual se estaba ocupando de mantener vivo a Cesar.
—¿Qué hacemos?— preguntó Alicia.
—No lo se— respondí pasándome la mano por la cabeza.
—Pero debe haber algo que puedas hacer, se supone que eres el líder y deberías…
—¡¡¡¡Pues no se que hacer!!!! ¿Vale? No tengo ni puta idea de que hacer— contesté cortando la frase de Alicia. Esta se quedó totalmente callada y no volvió a hablar.
Todos nos quedamos allí sin movernos, flotando a la deriva mientras las horas pasaban y la noche nos caía encima. En esos momentos ya lo daba todo por perdido, íbamos a morir irremediablemente.
******
Día 21 de Julio de 2009
Día 403 del Apocalipsis.

Yuriko se encontraba en la cubierta del barco escribiendo en su diario como hacia habitualmente desde que el mundo había caído en el infierno. Su historia, como la de tantos otros había sido de terror y supervivencia. En esos días, cuatrocientos tres días después desde que comenzó todo, aun se sorprendía de que hubiese sobrevivido a todo ese desastre. Había perdido a toda su familia y amigos.
Yuriko estaba viviendo en España cuando todo comenzó a suceder, allí era copiloto y mecánico de helicóptero junto a su compañera Vanesa, la cual ya no había vuelto a ver desde que ella decidió volver a Japón. Un viaje que consiguió casi de milagro. Llegó a Japón, paso unos días normales y finalmente todo se fue al infierno, los Yatshura como allí los llamaban se habían impuesto a la raza humana.
Los Yatshura parecían salidos de una película de terror, mataban y despedazaban a las personas como animales salvajes. Primero lo comenzó a ver por televisión y realmente no se lo creyó hasta que lo vio desde la ventana de su habitación, cuando lo vio por primera vez, su mundo se vino abajo, sobrevivió como perfectamente pudo hasta que fue rescatada y llevada a Manhattan, donde más tarde comenzó a formar parte del grupo de rescate que iba a bordo del barco, ella se encargaba de mantener los helicópteros apunto.
En esos momentos sintió como una punzada en el corazón. Tenía la sensación de que iba a pasar algo, y no sabía si era bueno o malo. Solo estaba inquieta.
—Bonita noche.— La voz de Carlos Martínez sonó a sus espaldas. Yuriko se dio la vuelta y se encontró con su compañero.
—Hola— dijo ella apartándose el pelo del rostro. —¿Qué tal?
—Venía a buscarte porque hay reunión. Es por lo del tipo ese que recogimos en Esplugas, las pruebas han dado positivo.
—¿En serio? Eso nos hace estar más cerca de la cura. Nos vamos a salvar— dijo Yuriko con una sonrisa.
—Si, vamos— dijo Carlos haciéndolo un gesto para que lo siguiera.
Ambos entraron en el interior del barco y caminaron hacia la sala donde se celebraban todas las reuniones. Allí estaban los altos cargos del barco y los que tenían mayor rango o una función especial dentro del equipo, en ese momento el de Yuriko era el de copiloto reserva y mecánico.
—Bueno, estamos todos. Ya podemos comenzar la reunión— dijo Cooper dejando unos papeles sobre la mesa.
—¿Son las pruebas?— preguntó Carlos mientras se sentaba, Yuriko también se sentó. Cuando estuvieron sentados, Carlos alargó la mano y cogió los papeles para ojearlos. Cuando los leyó un poco se los devolvió a Cooper.
—Vale, es invisible para ellos. Eso esta confirmado… pero ¿Nos garantiza eso que gracias a su sangre podamos sintetizar una vacuna?
—Aun no lo sabemos, pero es un paso importante para el “Proyecto Renacimiento”. Los científicos están deseando ponerle las manos encima.
—¿Van a experimentar con un ser humano? Eso no podemos hacerlo, no nos diferenciaría mucho de esos monstruos— dijo Yuriko mostrando indignación. Estuvo apunto de mencionar el trato que se les daba a los que habitaban bajo la ciudad, pero hacerlo le costaría caro. Las cosas estaban tan caldeadas con ese asunto que cualquier muestra de apoyo a los que ellos llamaban escorias, sería considerado traición y podría acabar con la horca o el encarcelamiento.
—El se ha prestado. Hará lo que nosotros le digamos— respondió Cooper. –Esta por surgir un nuevo orden mundial y no podemos dejar que otras naciones nos invadan.
—El solo hecho de que tengamos en nuestro poder a este hombre nos convierte en blancos para otros, incluidos los escorias que viven bajo nuestros pies. Deberíamos mantenerlo en secreto, al menos de momento.
—Es muy probable que ya lo sepan— dijo Rex metiéndose en la conversación. –Sabemos que hay infiltrados en nuestras filas. Cualquier cosa que hablamos llega hasta sus oídos, esos cabrones podrían vender esa información. Podrían estar preparando ya su ataque.
—Si nos atacan estamos preparados. Ahora lo importante es que el paquete este bien vigilado las veinticuatro horas del día hasta que lleguemos a Manhattan. La reunión es para eso.
—¿Y como se supone que vamos ha decidir quienes son los que se encargan de la vigilancia? Si nos equivocamos podríamos hacer que uno de los infiltrados lo vigilara, con lo cual se lo pondríamos en bandeja de plata— preguntó uno de los presentes, se trataba de un hombre mayor de unos sesenta años que había sido sargento mayor hacia años y que debido a su experiencia militar había sido reclutado de nuevo. –Incluso alguno de esos traidores podría estar sentado en esta mesa en estos momentos.
—Contábamos con eso, pero tenemos la completa certeza de que aquí en la reunión no hay traidores— afirmó Cooper quitándose la gorra para rascarse la cabeza.
—¿Y como estamos tan seguros? ¿Hubiese sonado una alarma si uno de ellos entra aquí? Si están infiltrados no podemos confiar en nadie, podrían surgir de repente y pillarnos a todos, disculpe sargento, pero no comparto su opinión. Lo que llevamos a bordo quizás sea el arma más codiciada del mundo, y esta servida en bandeja de plata para todos y cada uno de los que están en este navío. Si van a ir a por el, es solo cuestión de tiempo— dijo Carlos mirando a todos los miembros del consejo de abordo que estaban presentes. El confiaba en todos, especialmente en Yuriko, por la cual pondría siempre la mano en el fuego. –Yo propongo que dejemos que se acerquen a el y cuando estén ahí atraparles, les interrogaremos y les sacaremos información.
—Carlos eso…— murmuró Cooper, pero rápidamente Carlos le cortó.
—Es completamente cierto sargento. Ahora mismo aquí yo mismo podría ser uno de esos infiltrados y estar enterándome de todo, con lo cual la vigilancia de veinticuatro horas no serviría de nada, si yo fuera un infiltrado y me ponen a vigilar al objetivo… ese sería el momento perfecto para largarme con el, coger un helicóptero y salir de aquí rumbo a Manhattan con mis demás escorias.
—El helicóptero sería derribado antes de que…— dijo otro militar de alto rango, pero Carlos volvió a cortar la frase para hablar el.
—Obviamente no sería tan estúpido de largarme de buenas a primeras sabiendo que me pueden derribar. Me ocuparía antes de crear una distracción, quizás me cargara a unos cuantos sin dañarles el cerebro, así se reanimarían y sembrarían el caos aquí dentro, en menos de tres minutos esto se llenaría de infectados mientras los demás tratan de mantenerlos a raya yo escaparía en helicóptero. Nadie daría el aviso de lo que ha pasado.
Todos contemplaban a Carlos por la forma que había tenido de exponer el caso al que se podían enfrentar si un infiltrado actuaba, era obvio que actuaria así. Escaparía mientras el caos estallaba en el barco. Para los allí presentes, Carlos era inteligente y calculador, había desmontado la idea de la vigilancia enseguida.
—¿Qué propones entonces?— preguntó Cooper mirando a Carlos.
—La vigilancia sería una buena opción, pero tendríamos el problema que he dicho. Propongo no hacer nada, que lo intenten si quieren. Para llegar a la zona donde esta el paquete deben recorrer el carguero entero, tenemos cámaras.
—A menos que las anulen— respondió Rex.
—Eso solo podría hacerse si hubiese más de un infiltrado, ya sabemos que no trabajan solos. Haremos lo siguiente, yo me voy a su celda, allí los esperaré si deciden aparecer— dijo Carlos poniéndose de pie.
—Muy bien, idea aceptada. Te vas a su celda— dijo Cooper mirando a Carlos.
Carlos se puso en pie y miró a Rex, el cual parecía que se había puesto tenso. Era lo que buscaba.
*****

Manhattan…
Bajo sus calles…

Mouse era un hombre de baja estatura y delgado, cosa que le había servido para ser apodado como Mouse. Su verdadero nombre era John Villalva, era de origen Mexicano y había llegado a Manhattan tras el apocalipsis y al llegar vio como eran las cosas, trató de conseguir cosas, pero por circunstancias fue obligado a unirse a la guerrilla y vivir o al menos tratar de vivir bajo las calles de la ciudad con los demás miembros de la guerrilla a los que los de arriba llamaban escorias.
A todos los miembros de la guerrilla los condenaban a la horca o al encarcelamiento. Lo peor de todo era que allí abajo se estaban muriendo de hambre. Los que peor lo estaban pasando allí abajo eran las mujeres y los niños, había enfermedades y muchas veces cuando alguien moría debían actuar deprisa para que este no se reanimara. Eso había llevado a que muchas veces, hombres y mujeres de la guerrilla tuvieran que salir de la seguridad de los túneles de metro y alcantarillas, cruzar las vallas y dejar atrás la ciudad para ir a otros lugares a cazar o recolectar comida.
Allí abajo había mandos que llevaban la convivencia y las leyes de allí abajo a raja tabla, muchos opinaban que la vida allí era mucho mejor que la de la superficie. Sobre los mandos de allí abajo había un hombre que mandaba sobre todos, un Haitiano que se hacía llamar Papa Angelito, cuya existencia no era conocida por los de arriba.
Otro punto a favor que tenían los habitantes de ese inframundo eran los infiltrados que tenían arriba y los cuales les pasaban información y les daban, comida, armas y munición. También habían logrado comprar a varios de los soldados de la superficie que les intercambiaban armas y munición por joyas, era una especie de mercado negro.
Las joyas se conseguían fácilmente gracias al equipo de saqueadores conocidos como “Arponeros”, estos se dedicaban a entrar en barrios ricos, como no podían saquear las casas tenían que arriesgarse más. Su procedimiento consistía en una jaula para tiburones con un cebo dentro que atraía la atención de los No Muertos del lugar mientras los demás lo controlaban con la ayuda de una grúa que haría subir la jaula cuando el trabajo estuviese hecho. Cuando los No Muertos cargados de joyas se acercaban en busca de carne, el cebo identificaba  a los más cargados y entonces entraban en acción los arponeros, los cuales lanzaban los arpones y cazaban al elegido por el cebo, tiraban de el y cuando acababan con el lo desvalijaban. Ese modo de conseguir joyas era arriesgado y habían perdido a varios, pero era la mejor manera que tenían para vivir, no siempre los infiltrados podían conseguirles víveres ni información.
Mouse llegó hasta la zona donde tenían las radios, eso les había llevado mucho tiempo conseguirlo, no era fácil que los de arriba no detectaran sus transmisiones, pero lo habían conseguido. En realidad habían conseguido muchas cosas allí abajo.
—¿Qué tenemos?— preguntó Mouse.
—Nos transmiten desde el barco de rescate, tienen el paquete, pero se imaginan que pretendemos conseguirlo, estará fuertemente vigilado— dijo uno de los chicos que había allí. Un chico pelirrojo llamado Ralph.
—No nos será fácil sacarlo de allí, ahora están a nueve días de nosotros. Tomaran la misma ruta marina de siempre, que nuestros hombres los esperen donde siempre. Allí les asaltaran y sacaran a ese hombre de allí. La existencia de ese tipo es todo un descubrimiento desde hace tiempo— dijo Mouse.
—Podríamos perder a muchos— dijo Ralph mirando a Mouse.
—Esto es una guerra y en las guerras hay bajas.
Mouse dejó las radios y decidió volver a donde vivía. En aquellos túneles abandonados había múltiples vagones de metro abandonados y múltiples estancias antiguas que ellos mismos habían remodelado para poder vivir. Quizás no era la vida que merecían, pero era al menos una vida sin las leyes que los de arriba tenían.

*****
En algún lugar del mar…

Seguíamos a la deriva en el bote salvavidas. Cesar seguía inconsciente y no parecía que fuera a volver en si por el momento. El bebé dormía en los brazos de Alicia, también ella se había dormido. En ocasiones Yako se paseaba por la balsa y yo no podía dormirme, todos dormían salvo Luci, David y yo. La noche estaba sobre nosotros y solo escuchábamos el sonido del mar y algún que otro sonido de alguna ballena lejana.
—¿No os parece increíble?— preguntó en ese momento David. Aunque no podía verlo sabia que era el, era el único chico además de mi en el bote salvavidas que no estaba inconsciente.
—¿El que es increíble? ¿El que estemos aquí apunto de morir? Hemos sobrevivido a hordas de putos cadáveres andantes y tipos cabrones. Ahora moriremos de hambre y deshidratación a la deriva— dijo Luci.
—Lo siento— comencé a decir. –Logré sacaros de Madrid aun perdiendo a unos cuantos y os arrastré conmigo para tratar de salvarnos, pero solo he conseguido complicar las cosas.
—No es culpa tuya— dijo Luci –Has hecho ya demasiado, no se te puede pedir más.
—Pero aun así… siento que no he hecho más que joderlo todo.
En ese momento vi algo que parecía una luz, pero esta era tenue. Me incorporé un poco y espere mientras les pedía silencio a David y a Luci.
—¿Qué ocurre?— preguntó David.
—Me ha parecido ver una luz— dije poniéndome de pie.
—Te lo habrás imaginado— respondió Luci. – Es imposible que aquí haya una luz y…
—Ahí esta otra vez— dije señalando hacia delante, aunque nadie podía verme.
—Yo también la he visto— dijo David.
De nuevo vi la luz, esta parecía estar detrás de una montaña y parecía estar dando vueltas, y solo se me ocurría un origen para esa luz, había un faro cerca, y los faros siempre están en islas.
—Debe ser un faro. Eso es que estamos cerca de una isla o algo. No puede ser otra cosa— dije mientras miraba a Luci que encendía una bengala de las que llevábamos.
Luci lanzó la bengala y vimos una silueta, realmente teníamos algo delante, y a decir verdad estábamos escuchando el romper de las olas.
—¡¡¡Todo el mundo en pie!!!— grité.
Todos se fueron levantando sobresaltados, poco a poco comenzamos a ver la isla, si no nos hubiésemos dado cuenta a tiempo podríamos haber muerto al chocar contra las rocas de la isla. Rápidamente cogimos los remos y Luci y yo comenzamos a remar rápidamente mientras David alumbraba por delante.
—Tenemos una playa justo en frente— dije al tiempo que me lanzaba al agua y notaba como mis pies tocaban el fondo. Eso significaba que estábamos cerca de la orilla, solo nos quedaba dirigir el bote salvavidas. Luci y Eva también saltaron al agua.
Finalmente tras avanzar hacia delante unos diez metros, llegamos a la playa. Nada más llegar cogimos a Cesar y lo tumbamos sobre la arena, era el momento de practicarle unos primeros auxilios, aunque en mi opinión no tenía buena pinta la herida, tampoco teníamos demasiada luz.
—No podemos hacer nada con la poca luz que tenemos— dijo Vanesa señalándome las linternas y el farolillo que habíamos usado para guiarnos mejor.
—En el faro hay luz, quizás haya alguien— dijo Alicia haciendo que todos nos giráramos para mirarla. La idea que acababa de tener era la más acertada, debíamos avanzar por la playa hasta el faro que estaba emitiendo la luz y que desde nuestra posición parecía estar lejos.
—Puede que no sobreviva al traslado. Ya sabéis que pasara si se muere— dijo David dando a entender que se reanimaría y tendríamos que acabar con el.
—No pienso perder a uno de mis hombres— dije poniéndome de pie. –Necesito que alguien me ayude con el.
Enseguida Luci se prestó y se puso a uno de los lados de Cesar. –Démonos prisa antes de que pase algo.
Luci y yo comenzamos a caminar con Cesar a cuestas hacia el faro, Vanesa nos seguía, ella era quien iba a tratar de salvarle la vida. No solo llevábamos a nuestro compañero herido, también llevábamos las armas preparadas. No sabíamos lo que nos íbamos a encontrar, tampoco sabíamos donde nos encontrábamos exactamente.
Pronto, antes de lo esperado llegamos a los pies de un acantilado sobre el que estaba situado el faro.
La luz del faro estaba encendida y era necesario que hubiese alguien controlándola. Rápidamente enfoqué con mi linterna hacia mi izquierda y vi una senda que nos llevaría hasta el faro, aunque el ascenso no sería fácil con un cuerpo a cuestas, pero teníamos que intentarlo, en ello iba la vida de nuestro amigo.
Sin pensárnoslo demasiado comenzamos el ascenso, íbamos con cuidado, si Cesar se nos caía, podría ser fatal.
Con muchos problemas logramos llegar a lo alto de la senda, luego comenzamos a avanzar hacia las puertas del faro. Estas estaban abiertas y el viento las hacia abrirse y cerrarse dando golpes.
—Esta abierto— murmuré mirando a Luci que en esos momentos desenvainaba la katana.
—Por si acaso— respondió ella mirándome.
Con una mano empujé la puerta y esta se abrió chirriando. Una vez la puerta quedó abierta nos encontramos ante unas oscuras escaleras que nos llevaban hacia los pisos superiores. También nos llegó el olor, el mismo olor que estaba esforzándome por olvidar, era el aroma de la muerte.
En ese momento, Vanesa que siempre había ido detrás se adelantó a nosotros y preparó el fusil. –Con Cesar a cuestas no podréis defenderos bien de un ataque. Dejad que yo os cubra.
Entramos en el interior del faro y cerré la puerta. Luego comenzamos a subir las escaleras de caracol que nos llevarían hasta lo más alto, aunque entre nosotros y el último piso aun habían otros dos. Llegamos al primer piso y vimos un montón de muebles a modo de barricada bloqueando el acceso a las escaleras. El suelo estaba sembrado de cadáveres que enseguida nos imaginamos que eran No Muertos, o mejor dicho, habían sido. Ahora estaban muertos del todo.
—Tenemos que quitar todo eso de ahí si queremos avanzar— dijo Vanesa mirándome a mi.
El olor allí era insoportable y mientras Luci vigilaba a Cesar. Vanesa y yo apartábamos muebles provocando un ruido casi atronador, eso nos estaba sirviendo también para averiguar que no había infectados en el interior del faro, de haberlos ya los tendríamos encima. También nos estábamos dando cuenta de que no había nadie más salvo nosotros en aquel lugar. Eso me llevaba a pensar que la escena que teníamos a nuestro alrededor no haría ni un día que había ocurrido, quizás unas horas antes de que llegáramos.
Cuando Vanesa y yo abrimos camino me dirigi hacia Luci y Cesar, pero antes de llegar Luci me miró con una expresión que no me gustó nada. Aceleré el paso y tomé el pulso de Cesar, nada.
—A muerto— dijo Luci.
Como con un arrebato de rabia me levanté de golpe y comencé a dar puñetazos y patadas a las paredes y a los muebles que me encontraba a mi paso, finalmente me centré en uno de los cuerpos que había allí, comencé a propinarle violentas patadas y pisotones, haciéndole crujir todos los huesos. Siempre había odiado a esos seres, pero en esos momentos el odio había alcanzado un nivel casi enfermizo.
—Todo nos sale mal, no he hecho nada que sirviera para algo. Solo he cometido errores, uno detrás de otro, os saqué de Madrid y mirad donde os he metido. No tenemos ni puta idea de donde estamos, no sabemos si estamos en una isla o en las costas de algún país, no sabemos cuanto nos arrastró la corriente.
—Todos formamos parte de esto. No eres el único en esto. Si alguien tiene culpa de algo somos nosotros, no podemos dejar que seas tu siempre quien nos saque las castañas del fuego en todo— dijo Vanesa poniéndome la mano en el hombro.
—Tiene razón— dijo Luci.
En ese momento escuchamos un gemido y enseguida los tres miramos a Cesar. Luci se retiró unos metros y se quedó contemplando como Cesar regresaba de la muerte.
*****

Yako parecía inquieto, no hacía más que ladrar a la frondosa selva que había detrás de ellos, podría estar viendo cualquier cosa. Podría ser cualquier tipo de animal o estaba notando la presencia de algún No Muerto. Ninguno sabía muy bien donde estaban, lo único que tenían claro era que estaban en una playa con una selva detrás de ellos, y que también había un faro. Con la oscuridad de la noche no podían saber nada seguro, tendrían que explorar el lugar al amanecer, quizás así lograrían saber donde estaban.
—Yako por favor, cállate— decía Sandra dando tirones de la correa de su perro.
—Déjame una de las linternas, me gustaría saber donde estamos— dijo David poniéndose de pie. Rápidamente Alicia le pasó una linterna de la bolsa y un arma.
—Eva. ¿Te puedes quedar con el bebé? Acompañaré a David. Estoy harta de estar parada— dijo Alicia.
—Muy bien, pero tened cuidado— respondió Eva.

David y Alicia se adentraron en la selva alumbrando con sus linternas en todas direcciones. Estaban alerta por si ocurría algo de repente, aunque fuese lo que fuese lo oirían llegar y les daría tiempo a actuar. Una vez se alejaron de la playa, Alicia no pudo evitar comenzar a hacer preguntas.
—¿Cómo llevas lo de Andrea? Te conozco desde hace tiempo y no has sido el mismo desde que murió.
—Lo llevo de la única manera que se puede llevar. Llorar no me la devolverá. La echo de menos, pero ambos sabemos ya como es este mundo, cuando menos te lo esperas. Algún ser querido o tu mismo, acabas muerto— respondió David parándose de golpe y dándose la vuelta. —¿Cómo llevas tu lo de Toni?.
—Es distinto, el y yo ya no estábamos juntos cuando murió, pero le echo de menos, el cariño seguía ahí. Solo que estaba muy pendiente del bebé, hundirme tras su muerte no sería bueno para Cristian. Soy lo único que le queda, además, le hice esa promesa a Ana. Puede que no sea mi hijo, pero pienso criarlo como tal. Aunque hay veces que me siento sola.
—No estas sola. Nos tienes a nosotros.
En ese momento escucharon un disparo, este parecía venir del faro hacia el que se habían ido los demás.
—¿Qué crees que ha pasado?— preguntó Alicia.
—Infectados… o que Cesar ha muerto— respondió David mirando a Alicia. —¿Volvemos y dejamos esto para el día siguiente? No se ve nada y las linternas no son suficiente para alumbrar aquí. Regresemos, no me gusta caminar a ciegas. También quiero saber que ha ocurrido.
Ambos decidieron regresar a la playa.
*****  

Acababa de matar a Cesar, aunque realmente ya estaba muerto cuando me miró y trató de levantarse para abalanzarse sobre mí. Apunté directamente a su cabeza y apreté el gatillo, haciendo que la bala que salía del arma le atravesara la cabeza. Después de eso me dejé caer sentado sobre una de las sillas que Vanesa y yo habíamos apartado.
—Perdimos a uno más— dije mirando a mis compañeras mientras hacia descansar mis codos sobre mis pantorrillas.
Allí en medio de la oscuridad estábamos los tres, tratando de decidir si seguíamos subiendo o regresábamos a la playa junto a los demás, no parecía haber nadie en el faro, si lo hubiese ya lo habríamos visto u oído. Estábamos realmente solos.
—Deberíamos volver a la playa y descansar mientras montamos guardia. Mañana deberíamos ir a explorar este lugar, no sabemos si es una isla o que. Eso es lo primero de lo que debemos asegurarnos. También debemos ver si hay más habitantes en la isla, saber si hay supervivientes y saber si son hostiles o amistosos— explicó Luci paseándose por toda la estancia. –Además, debemos enterrar a Cesar.
—¿Y si no hay supervivientes? ¿Y si resulta que solo hay caminantes?— preguntó Vanesa señalando a los cuerpos inmóviles y putrefactos que había en el suelo.
—Si los hay debemos conocer su número y peinar la zona, si resulta que es una isla, el número no puede ser demasiado grande. No sabemos el tiempo que estaremos aquí. Por otro lado, si hay supervivientes y estos resulta que son hostiles deberíamos parlamentar y llegar a algún pacto de no agresión.
—¿En serio crees que aceptarían un pacto? Ya conoces cual es la forma de actuar de esa gentuza. Te la clavan por detrás a la primera ocasión, debemos ser cautos y estar preparados para lo que sea— dijo Luci. –Mañana veremos que ocurre. Ahora debemos reunirnos con los demás, regresaremos aquí y también inspeccionaremos el faro de arriba abajo.
—¿Y si dormimos aquí hoy?— preguntó Vanesa.
—No podemos. No sabemos cual es la situación exacta. Y además, están los cadáveres también, el olor es insoportable. Lo que deberíamos hacer es ni más ni menos que dormir al aire libre y mañana si es necesario hacer limpieza. También es importante conseguir comida, cazando, pescando o recogiendo fruta, no nos queda casi nada de lo que llevábamos— respondió Luci mirando a la piloto.
—Luci tiene razón. Este es un buen lugar para vivir, pero antes debemos limpiar y explorarlo a fondo. Lo haremos mañana, ahora regresemos a la playa— dije poniéndome de pie.
Los tres salimos del faro y regresamos a la playa con el cadáver de Cesar. Les contamos todo lo ocurrido y lo que habíamos descubierto, después enterramos a Cesar y por fin pudimos descansar. Aquella noche, Luci, Vanesa y yo nos turnamos para las guardias.
*****

En algún lugar del mar…

Carlos entró en la celda— habitación de aquel hombre que poseía aquel don tan codiciado y extraño. Carlos no podía evitar mirarle con cierta fascinación, ese hombre era capaz de caminar entre los muertos como si fuera uno de ellos, algo que les vendría a todos genial en aquella situación donde los muertos eran la especie dominante del planeta. Un vivo no podía adentrarse en una ciudad infestada sin ser visto y atacado por una horda de No Muertos, pero ese hombre… ese hombre era un caso especial, un verdadero tesoro.
Carlos avanzó hacia la mesa que le habían preparado para que se sentara a leer los libros que le habían facilitado o que simplemente comiera lo que le preparaban. Cuando Carlos se sentó, el hombre se lo quedó mirando.
—No he pedido compañía… y menos la de un tío— dijo con su acento americano.
—No es una opción, estoy aquí porque tienes que estar vigilado. La gente como tu sois muy codiciados. La guerrilla debe saber de tu existencia y deben estar deseosos de ponerte sus apestosas manos encima— dijo Carlos mientras ponía los pies sobre la mesa y se recostaba en la cómoda silla.
—¿Guerrilla?
—Así se les llama. Son una comunidad de inadaptados que no quieren seguir las normas y que se han metido bajo tierra llevando su propia sociedad, pero yo prefiero llamarles escorias.
—¿Por qué soy tan importante?
—¿Qué por que?... por tu don. Eso que tienes es un jodido don. Puedes caminar entre ellos sin ser visto, eso no es muy habitual ¿Sabes? A muchos nos gustaría ser como tu. Quizás tu sangre pueda ayudarnos con ello.
—Me queréis desangrar como a un cerdo, por eso me sacasteis de aquella pocilga.
—Te sacamos de aquella pocilga porque es nuestro trabajo. Aunque ese don tuyo fue un aliciente, digamos que un plus.
—Entonces no esperes que te de las gracias. Solo habéis actuado por interés, creía que estaba mal, pero ahora veo que estaba en el paraíso. Es ahora cuando he caído en el infierno.
En ese momento Carlos sacó una cartera y se la quedó mirando, se trataba de la cartera de aquel hombre. Allí estaba su pasaporte y un par de fotos.
—Richard Levine, treinta años. Eres el hombre del don. Una pieza valiosísima en esta guerra.
—¿Llamas a esto guerra? Esto es un puto apocalipsis.
—Esto es una guerra entre nosotros y los muertos. Y te diré algo, solo uno de los dos bandos saldrá victorioso, y te aseguro que ahora que te tenemos a ti, no serán ellos quienes ganen.
Richard Levine se dio cuenta desde ese preciso instante de que deseaba no haber sido rescatado.

2 comentarios:

  1. ¡Que emoción!
    No puedo esperar al siguiente capitulo.Para aclararme,¿tienes un día de la semana fijo para publicar o va a ser aleatorio?
    Muy buena historia, sigue así.

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