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jueves, 4 de abril de 2013

Capitulo 190: Cuatro vientos, part 2



Patricia y yo habíamos llegado a un camino cortado por escombros de edificios derribados y vehículos abandonados. No habíamos contado con ello, solo teníamos dos opciones, pasar por encima o dar un rodeo y perder tiempo. Yo no me fiaba mucho de la estabilidad de ese lugar, podía haber desprendimientos o socavones.
-Deberíamos dar la vuelta- dije mirando a Patricia mientras esta subía por un lado.
-¿Por qué?- preguntó Patricia mirándome.
-No me fio de la estabilidad de este lugar, el suelo podría hundirse bajo nuestros pies o caernos algo encima. Baja de ahí, daremos la vuelta- le dije a Patricia haciéndole un gesto para que bajara.
Patricia bajó y se puso junto a mí mientras le daba un trago a su botella de agua. –Oye… lo de anoche…-
-Lo de anoche es cosa mía, eso solo me concierne a mí-
-Te recuerdo que el también me encerró a mi- respondió Patricia.
-Todo viene de antes- dije mirándola. –Bueno, no es momento para hablar, tenemos que llegar a Cuatro Vientos, ya ha pasado demasiado tiempo, lo único que quiero y necesito es ver a mi pequeña-
-Y la rubia- añadió Patricia, cuando yo la miré pareció dudar y luego volvió a añadir. –Me refiero a Eva, se que la quieres- yo iba a contestar, pero nuevamente me cortó. -No iras a decirme que no. ¿Verdad? Puedes negarlo si quieres, pero se que la quieres, os he estado observando desde que llegasteis a la Urbanización-
Ambos comenzamos a caminar mientras hablábamos, debido a nuestro camuflaje nos lo podíamos permitir, aparte de que esas calles estaban tranquilas. Tampoco parecía que los miembros de otros grupos estuvieran cerca.
-Sea lo que sea lo que sienta por Eva prefiero ignorarlo. Tengo a Lidia aun en mente y por respeto a ella no haré nada al respecto-
-Pero la besaste aquella vez- respondió Patricia cogiéndome por sorpresa.
-¿Cómo sabes…?- en ese momento volví a recordar que ella nos había estado observando.
-Escuché como se lo contaba a la de la katana una noche-
-Bueno… eso fue un hecho que se dio por la situación-
En ese momento dejamos de hablar cuando escuchamos un ruido detrás de unos contenedores que teníamos delante. Por el movimiento rápido que se escuchaba detrás no podía ser un No Muerto, tampoco me imaginaba a uno de los tipos de los otros grupos rebuscando entre la basura, tenía que ser otra cosa. Levanté la mano para que Patricia no se moviera ni emitiera ningún sonido, me imaginaba que podía ser un perro salvaje o algún animal que en su momento se escapó del zoo de Madrid. Recordé lo de los dos tigres en Valencia, no quería enfrentarme a esa situación. Preparé el fusil y lo levanté preparado para disparar antes de que fuese lo que fuese saltase sobre mí.
Con un movimiento rápido me asomé y sorprendí a un perro de tamaño medio de pelaje rojizo, este me miró y levantó las orejas, el perro y yo nos quedamos mirándonos y entonces nos reconocimos mutuamente, este agachó la cabeza y vino directo hacia mi moviendo el rabo.
-Dios mío… Yako- dije acariciando al animal.
Patricia se acercó corriendo y el perro pareció alertarse, pero enseguida lo tranquilicé. –Tranquilo chico. Ella esta de nuestro lado-
-¿De que conoces a ese perro?- preguntó Patricia mirándome fijamente.
-Es el perro de Sandra, se separó del grupo antes de lo de Barajas. Me sorprende que siga vivo, aunque es una suerte. Sandra estará contentísima cuando lo vea, es lo único que le queda, aparte de nosotros.- miré a Patricia y se lo expliqué mejor- Quiero decir que es el ultimo símbolo que le queda que la liga a su vida anterior. Voy a buscar algo con lo que atarlo, no quiero que se nos vuelva a perder. Quédate aquí con el-
Dejé a Patricia con Yako y comencé a recorrer las calles, necesitaba una cuerda o cadena que enganchar a su collar.
Me sentía contento por haber encontrado al animal, era como una nueva esperanza para todos el haberlo encontrado.
Desde mi posición vi el cartel de una tienda de animales, comencé a correr y llegué hasta la puerta. La persiana estaba levantada y me metí rápidamente en el comercio, allí vi varios sacos de comida para perros abiertos, seguramente Yako había sobrevivido comiendo por allí, era una explicación a lo de que el animal hubiese sobrevivido. Dentro de la tienda no había infectados, aunque el olor de la muerte estaba presente, entonces supe el porque, las jaulas de pájaros estaban llenas de cadáveres, también vi otros animales en sus jaulas, habían muerto de hambre allí encerrados. Pasé de largo de las jaulas y me fui hacia la zona donde colgaban los collares y las correas. Una vez allí encontré varios entre los que elegir, me alegraba que durante la evacuación los saqueadores no hubiesen arrasado la tienda, al fin y al cabo, una pajarería no era una prioridad en esos días. Finalmente encontré un collar y una correa acordes con el tamaño de Yako, los cogí y salí rápidamente, no tardé en llegar hasta Patricia.
-Muy bien, esto ya esta- decía mientras le ponía el collar al perro. Después miré a Patricia. –Es hora de seguir, espero poder estar dentro de nada en Cuatro Vientos, con el perro ya estamos todos y podremos irnos de aquí-
-¿Dónde iremos?- preguntó Patricia.
-En primer lugar al barco que nos dijo Silverio, y después de ello… donde sea, pero lejos de aquí-
-¿Y Jorge?- preguntó Patricia nuevamente.
-El ya no forma parte de nosotros, que se las apañe como pueda- respondí.
*****
Jorge ahogó un grito de dolor cuando se sacó uno de los cristales de la espalda. Se encontraba en los baños del restaurante mirándose a un espejo, estaba usando unas pinzas que había encontrado en el botiquín. El tener que quitarse el mismo los cristales y curarse las heridas estaba resultando complicado debido a las posturas que tenía que adoptar, los cuales a veces hacía que al moverse, los cristales rasgaran más piel y carne.
-Maldita sea-  murmuró dejando caer el trozo de cristal como un dedo de largo dentro de la pila de agua. Justo después humedeció un trapo y lo puso sobre el corte.
Los cortes habían vuelto a sangrar desde que había quitado los cristales, siguió quitándose cristales y cuando solo le quedaba por quitar uno, el cual estaba en el medio de la espalda. Alargó la mano armada con las pinzas y agarró el último trozo, seguidamente lo sacó de un tirón sintiendo una punzada de dolor que casi lo hizo perder el conocimiento, Jorge cayó de rodillas sobre los azulejos color azabache del baño y vomitó. Se quitó los restos de bilis de la boca y se fue poniendo de pie mientras se apoyaba en la pared con una mano.
Jorge estaba solo, con una pistola con un cargador de quince balas como única arma para defenderse, no era gran cosa si tenía que usarla contra una horda, aunque antes de salir a jugarse la vida nuevamente, tenía que terminar de curarse.
Cuando Jorge se hubo curado del todo se quedó sentado en el baño pensando en que haría. Sus compañeros ya no iban a quererle con ellos, y los otros grupos se lo rifaban para ejecutarlo lentamente bajo la atenta mirada de aquellos que buscaban diversión en las torturas, lo único que le quedaba era apañárselas solo y esperar hasta que le llegara la hora, ya no quedaba nada por lo que luchar, no al menos para el. Tampoco se mataria.

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