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jueves, 28 de febrero de 2013

Capitulo 185: Al llegar el alba, part 4



Calles de Madrid…

Logré abrir un agujero lo bastante grande como para meter medio cuerpo y poder visualizar las armas que habían acabado en el fondo. El ruido que había organizado había comenzado a atraer  a los infectados, los cuales veíamos ya al final de la avenida en la que nos encontrábamos. Patricia llevaba rato avisándome, pero yo estaba cegado con conseguir las armas. Me deslicé un poco más y agarré el fusil por la correa, luego comencé a sacar un arma detrás de otra, cuando ya tenía bastantes fuera me giré hacia Patricia.
-Coge un par. Una pistola y un fusil. ¡¡Vamos!!-
-Se están acercando- respondió Patricia. –Y no…-
-Espero que sepas usar esto. No es difícil- le dije al tiempo que le ponía en las manos una pistola. –Simplemente apunta con ella a la cabeza y respira hondo, trata de no perder los nervios. Deja que se acerquen si es necesario… será mucho más sencillo acertarles, solo tendrás que poner el cañón en su frente y apretar el gatillo-
-¿Estas loco?-
-Puede que un poco. ¡¡¡Vamos!!!-
Ambos salimos del autobús accidentado y comenzamos a correr por la calle. Aun estábamos lejos de la urbanización, pero necesitaríamos las armas y nuestro ingenio para llegar vivos. En algunas ocasiones tuve que disparar a unos infectados de cerca solo para demostrarle a Patricia que podíamos vencerlos sin demasiados problemas.
Las calles de Madrid se estaban convirtiendo en un hervidero de No Muertos a nuestras espaldas, los cuales estaban totalmente excitados con nuestra presencia. Doblamos una esquina tan rápido que Patricia chocó de bruces con un infectado, cuyo movimiento para tratar de morderle fue instantáneo. Patricia repentinamente puso la pistola debajo de la barbilla del No Muerto y apretó el gatillo.
-Bien hecho- le dije con una sonrisa que no tardó en desvanecerse cuando vi algo que me alarmó.
Había varias personas observándonos desde lo alto de un edificio semiderruido, los cuales tras vernos pasar comenzaron a lanzarse a la calle. No tenía ni idea de quienes eran exactamente, pero no eran amigos, eso desde luego.
Me sorprendió gratamente que estos no dispararan contra nosotros en ningún momento, eso era lo bueno, lo malo era que parecía ser que nos querían vivos. Mientras nos perseguían por la calle me pude fijar en sus ropas. Sus ropas pertenecían al ejercito Español, y sus gritos me lo acabaron de aclarar.
Patricia y yo llegamos a un callejón sin salida, tratamos de dar la vuelta y seguir corriendo, pero nos encontramos con algunos de los militares apuntándonos directamente a la cabeza mientras los demás mantenían a raya a los infectados que iban llegando por la calle.
-Dejad que nos vayamos- dije levantando el fusil que llevaba y que aun no había utilizado hacia ellos. –No buscamos problemas, solo tratamos de sobrevivir igual que vosotros-
Tenía que tratar de convencerles omitiendo por supuesto la existencia de los demás. Delatarles solo podía significar el final de todo, Patricia que estaba a mi lado dejó caer el arma y levantó los brazos en señal de rendición.
-Tira las armas tu también o te juro que lo lamentaras- me amenazó uno de los soldados mientras dos de ellos se adelantaban y comenzaban a abrir una alcantarilla, otro cogía las armas que Patricia había dejado caer.
No tenía más remedio que hacer lo que decían, me sentía frustrado y el hombre con más mala suerte del mundo, no acababa de salir de una cuando me había metido de lleno en otra todavía peor. Miré otra vez a Patricia y vi como la obligaban a tirarse al suelo, luego se acercaron a mí y acabé rindiéndome. En esos momentos sentí que todo había terminado para mí. Esos tíos me matarían, por lo menos esperaba que fuera rápido.
-Es hora de irnos- dijo uno de los soldados que se acercó al que me apuntaba.
-Ya has oído, creo que tenéis que acompañarnos- dijo el soldado antes de asestarme un golpe en la cara.

Lo siguiente que vi después del golpe, fue el suelo mugriento de las alcantarillas pasando debajo de mis pies como si fuera una cinta transportadora. A mis lados había dos soldados que me llevaban a cuestas. Nada más despertarme comencé a notar el olor nauseabundo de las cloacas y el sudor de nuestros nuevos “Amigos”. No sabía cuanto tiempo había estado inconsciente, pero se me antojaba que no mucho, mientras me transportaban escuchaba a esos soldados bromear y reír, incluso los escuché decirle obscenidades a Patricia, eso si que me ponía la piel de gallina, temía que le hicieran algo y a mi me obligaran a presenciarlo sin poder hacer nada, pero afortunadamente eso no ocurrió.
Finalmente llegamos a lo que parecía un agujero en la pared y comenzamos a recorrer un pasillo de color blanco, pasamos por lo que parecía que había sido un laboratorio, salimos a otro pasillo y llegamos a una bifurcación en forma de T, donde un militar que parecía de alto rango nos recibió, este se acercó a mi y me agarró del pelo para mirarme fijamente, cuando mi mirada se cruzó con la suya quise morir.
-No me jodas…- murmuré.
-Yo también me alegro de verle Martínez, el mundo es un pañuelo… llevad a la chica a la celda de aislamiento y a este a la enfermería. A la chica no quiero que la toquéis-
Ese hombre que tenía delante era Roger Beltrán, alias “Terminator”, aquel maldito loco al que echaron del ejército.
Nos separaron en aquel pasillo, traté de soltarme varias veces para intentar llegar hasta Patricia, pero los dos soldados que me llevaban a cuestas eran más fuertes, a ello le sumábamos que me sentía como mareado, quizás me habían inyectado algo mientras estaba inconsciente. Cuando llegamos a la enfermería me tumbaron sobre una camilla de mugrientas sabanas donde me amarraron muñecas y tobillos, un de ellos me rasgó la camisa con su cuchillo y luego comenzó a pasarlo por mi pecho y mi vientre, por la cara que ponía, parecía que estaba deseando destriparme como a un cerdo allí mismo, pero no ocurrió nada, simplemente se dieron la vuelta y se marcharon, dejándome solo, con la puerta cerrada y a oscuras, la única luz que se veía era la poca que se filtraba a través del cristal que tenía al lado.
Traté de liberarme varias veces forcejeando en la camilla, pero aquellos soldados me habían amarrado a conciencia, no iban a permitir que me escapara. Finalmente me rendí, me quedé allí quieto, mirando al techo mientras las lagrimas comenzaron a brotar de mis ojos, no podía evitar pensar que me habían vencido, en varias ocasiones se me pasó por la cabeza morderme la lengua tan fuerte que la sangre me hiciera ahogarme, pero la idea de morir y regresar me aterraba, no quería ser uno de esos seres, y el solo hecho de suicidarme me traería esas consecuencias. Nuevamente estaba perdido, mientras me lamentaba me sentí como si alguien me observara, miré a mi alrededor y a duras penas vi una silueta entre las sombras, cuando por fin reparé en ella, la silueta comenzó a moverse y avanzó hacia mi dejando ver su cadavérico rostro, fue entonces cuando vi al sargento Molano, pero su aspecto era muy diferente, le faltaban trozos de carne en la cara y en el cuello, tenía el mismo aspecto que la vez que acabe con el cuando era un No Muerto.
-Martínez… ¿Quién le ha visto y quien le ve?... nuevamente completamente jodido…- Molano se paseó por la sala hasta que cogió un taburete y se sentó a mi lado, luego deslizó su mano hasta mi hombro y me dio unas palmadas. –No se apure, esto pasara pronto… Beltrán no es de esos que se andan con tonterías…-
-No estas aquí- respondí cerrando los ojos y tratando de negar aquella presencia que no era la única vez que me atormentaba.
-Cállate por favor… tengo que hablar contigo y tu me vas a escuchar, a menos que puedas taparte los oídos- Molano miró los brazaletes que apresaban mis muñecas y sonrió. –Mira tu por donde… lo de taparte los oídos no te será posible… estoy aquí para repetirte lo de siempre… ¿Por qué coño diriges a un grupo sin estar capacitado para ello? Solo hacen que morir a tu alrededor, lo que me sorprende es que sigas vivo tu… eso es lo que más me chirria muchacho-
-Tu no estas aquí…-
-Claro que estoy aquí, siempre estaré ahí para recordarte lo lamentable que es tu existencia y lo lamentable que es tu forma de liderar, llegaste a Madrid persiguiendo una quimera, poniendo a los demás en peligro a lo largo de más de 300 kilómetros…¿Y todo para que? ¿Para morir? Porque eso es lo único que harán… morir-
-Calla…-
-¿Esperabas ser un héroe y escapar de aquí para ir a la tierra prometida? Desengáñate hijo, tú no eres Moisés. Solo eres un criador de cerdos que ha llevado a los cerdos al matadero-
La voz de Molano iba cambiando, se iba volviendo más gutural, casi inhumana. Se volvió a levantar y se fue paseando por la habitación mientras hablaba sin parar de la vida y la muerte, en ocasiones llegaba a desaparecer de mi campo de visión, cuando volvió a aparecer era como si hablaran dos personas a la vez.
-Al final… todos acabamos igual-
En ese momento que lo volví a mirar mi corazón casi se paró, ya no era Molano, se trataba de mi mismo, pero tenía el aspecto cadavérico de un No Muerto.
-Todos acabamos igual…-
Grité con todas mis fuerzas mientras cerraba los ojos, justo unos segundos después abrí los ojos al escuchar el chasquido de la puerta, mi otro yo había desaparecido y en su lugar se encontraban dos soldados, justo detrás de ellos entró Beltrán, el cual se puso a mi lado.
-Llegó la hora de que cantes como un pajarito-
-No te diré una mierda. Mátame si te da la gana, ya me da igual todo- respondí tratando de parecer desafiante, pero estaba realmente atemorizado. –No se que coño quieres que te diga-
-Todo… Quiero que me lo digas todo- dijo Beltrán mientras sacaba una jeringuilla. -¿Sabes lo que es esto? Es Pentotal Sódico… o en otras palabras… el suero de la verdad, con esto solo podrás decirme la verdad de todo lo que amablemente te preguntare, puede que pienses que te estoy tomando el pelo, pero cuando te inyecte esto serás el más sincero de la tierra… ¿Lo pillas?- Beltrán rió tras soltar ese ingenioso chiste y justamente luego comenzó a inyectármelo. –Con esto, hasta los mentirosos compulsivos que se creen sus propias mentiras largan toda la verdad. Es infalible…-
Pasaron un par de minutos y comencé a sentirme raro, era el hecho más que evidente de que el Pentotal estaba haciendo su efecto, Beltrán me observó y sonrió complacido.
-Muy bien Martínez… ahí va la primera pregunta-

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