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jueves, 31 de enero de 2013

Capitulo 181: Camino hacia el Armaggedon, part 3



Abel y yo habíamos cubierto el cuerpo de Almudena con unas sabanas y luego la sacamos fuera para enterrarla. Nada más salir nos encontramos con los demás que venían de alguna parte de la urbanización. Estos se nos quedaron mirando sorprendidos por el bulto que llevábamos.
-¿Qué coño ha pasado?- preguntó Gorka acercándose a nosotros.
-Almudena se ha suicidado. ¿Dónde estabais vosotros?- pregunté sin dejar de caminar con el cuerpo de Almudena a cuestas.
-Estábamos inspeccionando el lugar para comprobar que no hay más infectados. La urbanización esta vacía de ellos. Estamos nosotros solos aquí-
Caminamos hacia uno de los jardines y allí dejamos el cuerpo, no tardamos en ir a buscar unas palas para poder enterrarla. No podía creerme que Almudena nos hubiese dejado, nuevamente comencé a culparme de lo ocurrido. Tenía que haber prestado más atención a los demás y saber en que pensaban.

Hace 7 días.

Habíamos asegurado el edificio y nos habíamos instalado en una de las viviendas. Habíamos pasado la noche bien, aunque notaba como los ánimos del grupo estaban por los suelos. Jorge y yo habíamos arreglado nuestras diferencias y había acabado permitiendo que se quedaran. Aunque aun no me fiaba de el por completo, aun había cosas que me chirriaban respecto a sus actos, pero al fin y al cabo había sido mi amigo y debía darle el beneficio de la duda. Pasé por delante del baño pequeño para ir al salón y me encontré a Almudena llorando sentada en el inodoro.
-¿Qué te ocurre?- pregunté entrando y plantándome delante de ella.
Almudena me miró en ese momento con los ojos llorosos, lo que me hizo ponerme en cuclillas para estar a su altura y que pudiera contarme que le ocurría.
-Ya no hay esperanza, vamos a morir todos. Pensé que lograríamos escapar en el helicóptero, pero no ha sido así. Y ahora que se que cuando muera me convertiré en uno de esos seres… no puedo asimilarlo, no puedo-
Yo no sabía que decirle, no tenía palabras que pudieran servirle en esos momentos. Simplemente me acerqué a ella y la abracé lo más fuerte que pude. Ella me rodeó con sus brazos y sentí sus labios en mi cuello, yo me fui apartando y la miré a los ojos, ella trató de acercarse a mí para besarme, pero yo me retiré rápidamente.
-Lo… lo siento. Esto no puedo hacerlo-
-No quiero morir sin sentirme amada- respondió Almudena posando sus manos en mis mejillas.
-No vas a morir. No permitiré que eso te ocurra. Sobreviviremos y encontraremos un lugar donde encontraras a alguien con quien vivir feliz y que te amará ante todo. ¿Lo entiendes?-
-Me siento muy sola aquí- respondió Almudena sin dejar de mirarme a los ojos. –Presiento que nuestra vida se esta acortando y que todos moriremos. Vamos de camino hacia el Armagedón, ya lo dijo el padre Lucas en una ocasión. El sabía que no había esperanzas para la humanidad, ni para los justos ni para los pecadores-
El padre Lucas era un buen hombre del que siempre había lamentado su muerte. Aquel hombre me enseñó a tener confianza en mi mismo y sabía escuchar. Cuando me enteré que había muerto no pude evitar sentirme mal. Las palabras de Almudena se iban volviendo cada vez más derrotistas.
-Ya no queda nada por lo que luchar. Yo nunca sabré lo que es llevar un bebé dentro de mí y quizás nunca vuelva a encontrar el amor. El mundo ha terminado Juanma, seguir luchando por sobrevivir es una estupidez. Ojala nunca hubiese salido de Tenerife, ojala hubiese muerto allí como todos los que la habitaban. Escúchame, ya no queda nada por lo que luchar. Todos, absolutamente todos vamos a morir. Ahora si no te importa, mejor déjame sola, no quiero que mi paranoia cambie tu forma de pensar-
Me retiré y salí del baño mientras le daba vueltas a todo ello, ella tenía razón. El Armagedón nos había alcanzado de forma brutal y contundente.

Día 7 de Julio de 2009
Día 389 del Apocalipsis.
Madrid…Urbanización el Pizarral.

Después de enterrar a Almudena volví al apartamento y me senté en uno de los sillones. Cogí la carta que había escrito Almudena antes de suicidarse y comencé a leerla para mi mismo.

“No os enfadéis conmigo por lo que acabo de hacer, prefiero que sea así antes que ser atrapada por esos seres. El mundo que conocíamos ha terminado para siempre y nada de lo que hagamos servirá de nada, no hay a donde ir, no hay esperanzas de ningún tipo. Por eso elijo irme ahora sin decir nada, cada uno es libre de elegir su propio destino y yo he elegido irme ya. Espero que me podáis perdonar, siento tener que hacerlo así, pero es la única salida de este mundo de mierda en el que me esta tocando vivir, llevo días pensándolo y esto es lo mejor. Aun así debéis saber que nunca me he arrepentido de conoceros, porque habéis sido mi familia desde que ocurrió este desastre. Os quiero mucho”

Arrugué la carta con las manos y me limpié las lágrimas de los ojos. ¿En que se había convertido mi vida? Esta no era perfecta, pero tampoco era un desastre. En todo momento conseguí lo que me propuse, había tenido relaciones tanto largas como cortas. Cuyas partes femeninas estarían con toda seguridad muertas. Había un alto índice de probabilidad que no hubiesen sobrevivido a lo que Almudena había llamado el Armagedón. Echaba de menos esa vida donde yo era un joven normal, un joven con preocupaciones normales y que pensaba en llegar a tener una vida normal, pero todo se había truncado de forma grotesca y ahora me encontraba sumido en ese mundo, aceptando un liderazgo que yo no había pedido, un liderazgo que me había llevado incluso a matar a otros seres humanos por sobrevivir, ni estando en el ejercito me imaginaba matando a nadie. Me imaginaba a mi mismo siendo padre de algunos niños, dos o tres. Al menos si era padre, aunque no era de mi sangre, tampoco la había adoptado legalmente, pero a los ojos de ambos éramos un padre y una hija.
Justamente en ese momento entró Vicky en el salón y se quedó mirándome con una expresión triste, la cual revelaba que se había enterado de la muerte de Almudena. La pequeña camino hacia mi y se sentó en mis rodillas, luego se abrazó a mi y apoyó su cabeza en mi hombro, fue entonces cuando le di el osito que había encontrado.
-No me gusta que llores papa- me dijo con delicadeza.
-Se me pasara- le respondí mientras le acariciaba el cabello.
En ese momento vi como la pequeña jugaba con lo que parecía una ampolla, yo me quedé sorprendido con aquello y le pregunté. -¿Qué es eso?-
La pequeña me lo tendió en la mano y yo me quedé mirando el líquido de su interior. Parecía agua, pero dudaba mucho de que lo fuera, entonces a mi mente vino una idea de lo que podía ser. Me puse en pie y fui a buscar a Vanesa. La encontré sentada en la cocina mientras se tomaba un café que parecía muy aguado.
-¿Quieres?- preguntó al verme.
-No… el café no es lo mío- le tendí la ampolla para que la viera.-¿Tienes idea de que es esto?-
Vanesa se quedó mirando la ampolla y sus ojos se abrieron de par en par. Luego me miró a mí. -¿De donde lo has sacado?-
-Esto lo llevaba Vicky en las manos. ¿Es lo que yo creo que es?- pregunté.
Vanesa se levantó de golpe y cerró la puerta de la cocina para que nadie nos escuchara hablar. Luego me miró a mí y comenzó a hablar rápidamente.
-Pensé que Abigail la científica se las había llevado todas en el helicóptero. En teoría fueron todas destruidas, pero aquí hay una ampolla de la cura en perfecto estado-
-¿Por qué estamos hablando en secreto?- pregunté. –Si esto es la cura todos tienen derecho a saberlo. No puedo ocultarles esto. Es demasiado importante-
-Escúchame bien. Debemos guardar de momento el secreto, esta vacuna no es del todo eficaz. Puedes inyectártela y eliminar el virus de tu organismo, pero Abi nos contó que no te libraría de una segunda infección. Si los demás se enteran de que la tenemos, alguno dejándose llevar por el miedo podría inyectársela. Si la usamos no podríamos llevársela a otras personas para que fabriquen más. Esto es algo importante, si se enteran de que hay una cura que no ha sido destruida podría estallar una guerra entre nosotros. Entiendo que sientas que debes contarlo, pero por favor, piénsalo y mantenlo en secreto. Tenemos oportunidades al alcance de nuestras manos. Debemos agarrarlas con fuerza para no dejarlas escapar-
-¿Me estas diciendo esto para ir hasta Portugal?- pregunté. –Ya te dije lo que pensaba de esa idea, me parece una absoluta estupidez. Creo que deberíamos quedarnos aquí hasta pensar algo mejor. Yo he visto ya demasiado y no se si quiero luchar más-

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