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viernes, 7 de septiembre de 2012

Capitulo 164: Autoestopistas, part 1



Aquel tipo que tenía delante parecía conocerme, también parecía conocer a Silverio. Aunque no entendía muy bien que ocurría allí. Miré a los otros dos que lo acompañaban, el tipo gordo estaba siendo encañonado por Abel. Los otros salieron del autobús y los vehículos y apuntaron al que había salido poco después. Al parecer y a menos que hubiesen más escondidos, solo había tres y estaban desarmados. El que tenía enfrente estaba muy tranquilo a pesar de que le apuntaba directo a la cabeza.
-Si dejas de apuntarme quizás podamos parlamentar tranquilamente. Ni Luther, ni Ulises ni yo estamos armados, aunque eso ya lo estáis deduciendo-
-Parlamenta lo que quieras, yo por mi parte no pienso dejar de apuntarte al melón. ¿No sabías que en este mundo uno no puede fiarse ni de su sombra?- le pregunté al que se había presentado como Arturo.
-Pero de mi te puedes fiar- respondió Arturo.
-No te ofendas, pero si fueras un asesino no creo que lo dijeras por las buenas-
-Si fuera un asesino os habría matado mientras dormíais-
Abel se acercó apuntando al tipo grueso, el tipo miró a Arturo y Abel comenzó a hablarme.-¿Qué hacemos con estos?-
-Llévate al gordo y al otro al furgón policial. Este quiere que hablemos, le sacaré información- respondí.
Cuando Abel se llevó a los otros dos yo conduje al tal Arturo hacia un gran árbol donde estaríamos protegidos de la lluvia. Una vez allí le pedí amablemente que se apoyara en el tronco mientras yo me sentaba sobre una piedra. Lo miraba de arriba abajo, por ciertos motivos no me creía nada de lo que había dicho e iba a interrogarlo. No quería que me la jugaran.
-Dime tu nombre-
-Ya te lo dije antes, es Arturo-
-¿Y de que me conoces? No intentes colarme eso de que me conoces por Silverio, eso no se lo cree nadie. Yo por lo menos, no-
Arturo se cruzó de brazos y comenzó a hablar.-Pues esa es la única explicación que hay, no hay otra, al igual que vosotros, nos dirigíamos al aeropuerto de Barajas para encontrarnos con Silverio y partir en su helicóptero. Conozco a Silverio desde hace tiempo y somos amigos. Íbamos en un coche, pero se nos caló hace un kilometro, todo el trayecto lo hemos hecho a pie. Cuando vimos vuestros vehículos en buen estado pensamos en buscar algo de comida, no caí en que erais vosotros hasta que saliste apuntándome con el arma-
Su historia parecía convincente, pero aun así había algo que no me cuadraba, me parecía demasiada casualidad que hubiese llegado casualmente hasta nosotros. No podía fiarme de el. Entonces decidí jugar el as en la manga, comencé a gritar el nombre de Vanesa para que acudiera hasta donde estaba yo.
-¿Qué ocurre?-
Le conté lo que me acababa de decir Arturo y Vanesa arrugó la nariz a medida que lo miraba fijamente, luego me miró a mí.
-¿Te suena este tipo del Nido 81? Si conoce a Silverio, solo puede ser de allí-
Vanesa negó con la cabeza, no le sonaba ni de vista. La expresión de la cara de Vanesa era lo que esperaba, no conocía a aquel que teníamos delante.
-Vale, sabemos que no eres del Nido 81- dije
-En ningún momento dije que fuera de ningún refugio…Si, se lo del refugio, eso lo saben todos, las radios no dejaban de ubicar refugios que luego obviamente se fueron a la mierda. Estaba probando comunicaciones en mi refugio y di por casualidad con la voz de Silverio. Hablamos y me contó que nos esperaba en el aeropuerto de Barajas y que había un grupo que se dirigía también hacia allí, ósea, vosotros-
Vanesa se me quedaba mirando constantemente con una expresión en la cara que señalaba una pregunta concreta. “¿Qué hacemos?”. En ese momento se me ocurrió la idea más acertada. Si alguien nos podía confirmar que Arturo decía la verdad, ese era Silverio.
-Pues bien, vamos a confirmarlo- miré a Vanesa en ese momento.-¿Podrías acercarme el teléfono vía satélite?-
Vanesa asintió dándose cuenta de la idea que acababa de tener, hablaríamos con Silverio y este nos aclararía si nos decían la verdad. Al poco rato volvió con el teléfono en la mano y entonces cuando lo cogí le lancé una mirada a Arturo. Esperaba que se tensara al ver que su engaño iba a descubrirse, pero no. Seguía totalmente sereno y tranquilo.
-Si nos Silverio no sabe quien eres será obvio que mientes y te mataré- le amenacé por ultima vez esperando que este se retractara de sus palabras, pero seguía muy tranquilo.
-Vas a patinar… por cierto, esa llamada podría joder todo el plan e indicarles la posición de Silverio al enemigo… no son pocos por cierto. Tu desconfianza conmigo perjudicara a los tuyos…¿En serio quieres eso?-
Lo que Arturo acababa de decirme  me había dejado tocado y hundido. Tenía razón, una llamada así podría fastidiar todo el plan. Eso me hizo dudar si debía o no debía hacer la llamada, podía confirmarnos si Arturo mentía o no, pero también podía jodernos vivos. Miré a Vanesa, la cual también había caído en lo mismo que yo, comenzábamos a tener dudas. Además, Arturo estaba muy tranquilo como para mentir, con una sonrisa comenzó entonces a incitarme a llamar. Mi plan acababa de irse al garete y ya no podía presionar como pretendía.
Abel llegó en ese momento para decirme que los otros dos estaban encerrados, también para interesarse por lo que habíamos descubierto, ante mi negativa le lanzó una mirada a Arturo y alzó los puños.
-Si quieres puedo convencerle de que nos diga la verdad. Yo lo puedo hacer cantar-
-Calma hombre montaña. Las cosas no son como vosotros creéis, soy de fiar- dijo Arturo.
Como no sabía que hacer me puse en pie y miré a Abel. –Llévate a este y enciérralo con sus amigos hasta que sepa lo que hacer. Podría estar diciendo la verdad-
-¿Entonces nos quedamos parados? Deberíamos seguir moviéndonos- replicó Abel.
El grandullón tenía razón, no había tiempo que perder y debíamos ponernos en marcha hacia Madrid. Me paré a pensar y di la orden de movernos, pensaría en lo que hacer mientras nos movíamos. Fue en ese momento cuando Arturo nos llamó la atención.
-Si seguís adelante os encontrareis con infinidad de atascos. Albacete a ardido hasta los cimientos y los podridos que lograron escapar de las llamas han formado un rebaño. Si seguís adelante os encontrareis un callejón sin salida, tendréis que dar la vuelta y perderéis más tiempo-
-Mejor cállate- respondí.
Abel cogió en ese momento a Arturo por el pescuezo y lo fue arrastrando de camino al furgón, una vez lo metió dentro de un empujón, cada uno se subió a su respectivo vehículo y seguimos el camino esquivando el avión estrellado. Mientras conducía no hacía más que darle vueltas al asunto. Necesitaba pensar con claridad para no meter la pata, no quería arriesgarme a estropearlo todo por la desconfianza…pero, ¿Qué otra cosa podía hacer?
*****
Madrid…

Reverte contemplaba satisfecho sus dominios. Ya lo eran desde la muerte de Torres, pero ahora lo eran todavía más. Antes debía dar explicaciones a esos políticos, pero ahora todos esos peces gordos habían ardido, algunos se habían escondido y creían estar a salvo, pero los chicos que estaban a sus ordenes eran muy eficientes en su trabajo, ya podían esconderse incluso debajo de las piedras, que sus chicos los sacaban a rastras y les vaciaban el cargador en la cara o les rajaban el cuello sin compasión. También habían pasado por las habitaciones de los científicos, cuando trataban de salir los metían de un empujón en el interior. El laboratorio era el objetivo de Reverte, allí los militares tenían el acceso restringido. Cuando Reverte y media docena de hombres entraron allí, los científicos trataron de detenerles, pero estos eran rápidamente encañonados por los soldados.
-¿Qué están haciendo aquí? ¿Han venido a matarnos también?- preguntó el Dr. Thorne cuando los vio entrar.
-No diga tonterías viejo, no vamos a mataros ni nada parecido. Os necesitamos vivos para seguir trabajando- dijo uno de los soldados apartando de un golpe al científico.-Pero tu tócame los huevos y te vacío el cargador en cada centímetro de tu cuerpo-
Abigail pensó en intervenir, pero otro de los científicos la agarró del brazo para que no cometiera el error de hacer enfadar a los militares.
-Que me escuche todo el mundo, no estamos aquí para hacerles ningún daño, quiero revisar estas instalaciones y comentarles que desde hoy, soy yo quien manda tanto en la zona de militares y políticos como en el laboratorio. Los peces gordos nos han dejado y todo lo que se haga aquí tendrá que serme informado-
La docena de científicos que trabajaba allí en esos momentos no tuvo más remedio que asentir y hacer lo que el jefe de los militares decía. No valía la pena arriesgarse haciéndolos enfadar, habían acabado con los que mandaban allí y cualquier acto de insubordinación podría acabar muy mal. La dictadura de Reverte estaba tomando forma.

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